Por Hugo
Jara Goldenberg
En una entrega anterior se
abordaron las características técnicas del plastimodelismo y cómo el trabajo
silencioso en el taller regala un espacio incomparable de calma, concentración
e investigación histórica. Sin embargo, quedarse únicamente con la imagen del
maquetista solitario frente a su mesa de trabajo sería contar solo la mitad de
la historia. Alrededor de las maquetas, los pinceles y las pinturas existe una
dimensión humana, social y vocacional profundamente enriquecedora que explica
por qué quienes abrazan esta afición desde la niñez o juventud rara vez la
abandonan.
La cofradía del café:
amistades que superan el paso del tiempo
Aunque el armado de una maqueta
es una actividad íntima y personal, el modelismo posee la extraordinaria virtud
de tejer lazos de amistad indestructibles. En mi caso, la relación con mis
compañeros de afición se remonta a la época universitaria; toda una vida
compartiendo una misma pasión por la historia y la habilidad en el trabajo
minucioso y detallado que exige la construcción de cada modelo.
Esa camaradería se mantiene viva
a través de las inexcusables reuniones semanales en torno a la mesa de un café.
Son encuentros entrañables donde la conversación fluye sin prisas: primero nos
damos el gusto de analizar la contingencia y «resolver los grandes problemas
del mundo», para luego sumergirnos inevitablemente en lo que más nos apasiona.
Allí comentamos la aparición de nuevos moldes y modelos en el mercado
internacional, intercambiamos datos técnicos, compartimos hallazgos
bibliográficos y conversamos con entusiasmo sobre los nuevos proyectos
personales que cada uno tiene en carpeta. El café semanal es la demostración de
que las maquetas son, en el fondo, el pretexto perfecto para celebrar la
amistad.
El placer secreto de las cajas
por armar
En este hobby existe una
ley no escrita que todo plastimodelista conoce y acepta con una sonrisa
cómplice: siempre se adquieren nuevas maquetas a una velocidad mucho mayor a la
que humanamente es posible construir. Con el paso de los años, esto se traduce
en una inevitable acumulación de cajas pendientes en los estantes del taller.
Lejos de ser un motivo de agobio,
esta reserva de proyectos futuros constituye por sí misma una fuente inagotable
de disfrute. Hay un placer muy especial —que solo otro maquetista comprende en
toda su magnitud— en dedicar horas simplemente a revisar esas cajas sin ánimo
de construirlas aún. Abrirlas con cuidado, observar las matrices de plástico
todavía intactas, desplegar los planos de instrucciones, admirar las hojas de
calcas, revisar la historia del modelo e imaginar con lujo de detalles cómo
lucirá cada una de esas piezas el día en que finalmente sea construida, es una
forma maravillosa de viajar con la mente. Cada caja guardada en el estante no
es un plástico inerte; es una promesa de felicidad futura esperando su turno.
El encuentro con la comunidad:
la alegría de las exposiciones
Para intentar compartir las
bondades de este pasatiempo en la sociedad y sacar a nuestros modelos del
ámbito privado, una de las actividades más gratificantes que realizamos los
maquetistas es la organización, un par de veces al año, de exposiciones de modelos
abiertas al público.
Preparar estas muestras,
trasladar cuidadosamente las piezas y montar las vitrinas temáticas requiere un
esfuerzo importante, pero la recompensa es inmensa. Estas exposiciones son
siempre recibidas con enorme calidez y curiosidad por la comunidad. Resulta
sumamente reconfortante contemplar a familias completas observando las vitrinas
y ver el asombro de los visitantes ante el nivel de detalle de un diorama o una
embarcación a escala. En esos días de exposición, el trabajo silencioso de
meses o años cobra un sentido colectivo y pedagógico invaluable.
¿Qué ocurrirá en el futuro con
este pasatiempo y con nuestros modelos?
En nuestras tertulias surge a
menudo una inquietud inevitable al observar el paso del tiempo: ¿qué destino le
espera al modelismo clásico en las próximas décadas? La experiencia nos muestra
que las nuevas generaciones, nacidas bajo el signo de las pantallas y la
inmediatez digital, ya no sienten el mismo entusiasmo natural que teníamos los
maquetistas veteranos por el modelismo tradicional de carácter histórico, naval
o militar.
Mientras nosotros crecimos
fascinados por las grandes gestas de la aviación, los navíos de exploración o
los blindados históricos, los jóvenes de hoy habitan otros imaginarios
visuales, más cercanos a la ciencia ficción, los videojuegos o el entretenimiento
instantáneo, y rara vez están dispuestos a invertir meses de paciente labor
artesanal en la fidelidad histórica de una réplica.
Aunque el modelismo se ha ido ampliando hacia nuevas temáticas y tecnologías como juegos tipo Warhammer o la impresión 3D, cabe preguntarse quiénes tomarán el relevo del plastimodelismo clásico. Tal vez su destino sea convertirse en un arte de nicho aún más reducido, custodiado por quienes valoramos la memoria histórica y el oficio manual frente a la fugacidad del mundo virtual.
Con respecto al futuro, hay otro
aspecto que solemos comentar y que a muchos nos quita el sueño: ¿qué sucederá
con nuestras maquetas cuando ya no estemos? Para los maquetistas los modelos
son su mayor tesoro, son un testimonio de paciencia, de estudio histórico y de
decenas de horas de trabajo, pero para quienes se quedan suelen ser solo
objetos frágiles que acumulan polvo y ocupan espacio. O peor aún: solo juguetes
para entregar a los niños.
Responder a la pregunta de qué
hacer para que estas colecciones —tan valiosas para nosotros— no terminen en la
basura es una inquietud que inevitablemente abruma a los plastimodelistas.
Al final del día, muchos
modelistas encuentran la paz aceptando una realidad: quizás el verdadero valor
del plastimodelismo está en el proceso, más que en el objeto. Las horas de
desconexión, la investigación histórica, el dominio de las técnicas de armado y
la satisfacción de ver la pieza terminada son propias y nadie las quitará. La
maqueta es solo el subproducto físico de esos momentos de felicidad.
De las maquetas al cielo real:
cuando el hobby impulsa los sueños
Más allá del relajo y la cultura
que aporta, el modelismo practicado desde una edad temprana tiene a veces el
poder silencioso de moldear vocaciones y complementar los grandes sueños de
realización personal y profesional. Puedo dar fe de ello a través de mi propia
historia de vida.
Cuando era niño, mi mayor anhelo
era volar. Pero mucho antes de poder subirme a una cabina real, fue
precisamente el maquetismo la puerta que me permitió introducirme por primera
vez en el fascinante mundo de la aviación. Armando aviones a escala desde mi
infancia y adolescencia, aprendí a reconocer perfiles aerodinámicos, a
distinguir la función de alerones, timones, flaps y hélices, a
familiarizarme con la historia aeronáutica y a alimentar cada día el deseo de
surcar los cielos. Con el tiempo, aquel sueño infantil se convirtió en
realidad: logré formarme como piloto aviador y tuve el privilegio de volar
durante mucho tiempo. Mirando hacia atrás, ahora comprendo que aquellas
primeras maquetas de plástico no eran simples modelos inertes; fueron el primer
peldaño tangible que me llevó a hacer realidad el sueño de volar entre las
nubes.
Reflexión final
Como conclusión, puedo señalar
que el plastimodelismo es mucho más que ensamblar piezas a escala. Es el café
compartido con los amigos de toda la vida, es la ilusión intacta frente a una
caja recién abierta, es la satisfacción de observar una pieza terminada lucir
radiante en una vitrina, es el orgullo de mostrar nuestro trabajo a la
comunidad y, muchas veces, es la chispa inicial que enciende nuestras mayores
pasiones. Es, en definitiva, una afición noble y generosa que nos acompaña a lo
largo de toda la vida, regalándonos miles de horas de paz y felicidad, y
recordándonos permanentemente que nunca se deja de aprender, de compartir ni de
soñar.


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