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31 de diciembre de 2006

Las raíces del mal en la historia del Hombre

El ser humano es una criatura paradójica y compleja, que alberga en su individualidad la capacidad de hacer bien, pero que al mismo tiempo es propenso a cometer actos de maldad. Las razones que explican esta dualidad constituyen un tema de permanente actualidad.

Por Hugo Jara Goldenberg

Publicado en el diario El Sur, el 31 de diciembre de 2006.
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En cada uno de nosotros subyace una faceta benigna, desde donde surgen los ideales asociados a la bondad y un lado oscuro, de naturaleza opuesta, que justifica los actos violentos e injustos. Esta dualidad parece ser propia de la naturaleza humana y resulta curioso que, sin darnos cuenta, pasamos por la vida equilibrando, cada uno a su manera, estos polos opuestos que constituyen el bien y el mal.

Estos conceptos antagónicos han sido estudiados en profundidad desde diferentes puntos de vista. Así, tanto la filosofía como la psicología y por supuesto la religión, han aportado lo suyo en el intento de encontrar sentido a ese actuar complejo y contradictorio. Y aunque existen definiciones formales para el bien y el mal, finalmente tanto su interpretación individual, como el límite que los separa, es subjetivo y difuso.

Por otra parte, la mayoría de los seres humanos tiende a pensar que la práctica del mal es una conducta que sólo ejercen los demás. En lo profundo de su individualidad, cada uno de nosotros justifica su actuar cotidiano y tranquiliza su conciencia auto convenciéndose de transitar por la vida en la vereda del “bien”.

Motivación, daño, exceso

Pero, ¿qué es en definitiva el “mal”?, ¿es posible aspirar a una definición objetiva de un concepto que, de manera inevitable, arrastra una fuerte carga peyorativa? Grandes pensadores como Platón, San Agustín, Santo Tomás de Aquino, Leibniz, Spinoza, Kant y Freud, en su momento se preguntaron por la causa del mal. Y a la misma tarea, pero apostando por una interpretación renovada, se abocó el filósofo y escritor John Kekes, quien recientemente ha publicado el libro “Las raíces del mal” (Editorial El Ateneo, 2006).

El autor inicia su obra señalando que “el mal es un problema moral, tal vez el problema moral más básico y más serio, y que constituye una amenaza permanente para el bienestar humano”. Ante la pregunta específica ¿qué es el mal?, explica y define las condiciones que se deben cumplir para estar en presencia de un acto malvado. Kakes señala en primer lugar, que el mal sólo tiene sentido cuando el daño que acarrea es provocado por seres humanos en contra de sus semejantes. También es interesante la explicación que “la maldad de una acción consiste en la combinación de tres componentes: la motivación malévola de los hacedores del mal; el daño serio y excesivo causado por las acciones, y la falta de una excusa moralmente aceptable para ellas”. Estas tres condiciones deben estar necesariamente presentes para atribuir a una acción la calificación de “malvada”.

Un poco de luz

El autor analiza en forma detallada seis episodios históricos en donde se presentaron las condiciones que configuran los actos de maldad. Se repasan los antecedentes de la cruzada albigense emprendida por el Papa Inocencio III en contra de los cátaros (siglo XIII); la fase del terror de la Revolución francesa, a manos de Robespierre; los campos de concentración de la Alemania nazi; los asesinatos colectivos cometidos por el clan Manson en California; el terrorismo de Estado y la represión ejercida por la dictadura militar argentina en la “guerra sucia” de la década del 70 y por último, la vida del criminal norteamericano John Allen.

Aunque todos los ejemplos corresponden a casos evidentes de maldad, el contexto histórico en que se desarrollaron y las motivaciones y actitudes de los protagonistas fueron tan diferentes que no es fácil encontrar un elemento integrador. A esa búsqueda el autor dedica una buena parte de la obra, y después de analizar y correlacionar todos estos casos de inhumanidad extrema, llega a una conclusión que, aunque discutible, intenta hacer luz sobre la oscura naturaleza del mal.

En la última parte del libro, el autor se arriesga en una teoría personal que intenta dar con las razones por las cuales las personas son propensas a hacer el mal, partiendo del supuesto de que las interpretaciones tradicionales son incompletas o inadecuadas. Las conclusiones a las que llega Kekes, junto con explicar de manera convincente las causas del mal, nos obligan a asumir que esas razones residen en nosotros mismos. Y por el hecho de ser parte de nuestra naturaleza, debemos aceptar que la maldad estará siempre ahí, al acecho, en espera que las motivaciones humanas o los avatares de la vida le den la oportunidad de manifestarse.

24 de diciembre de 2006

Ciencia y literatura de Carl Sagan (24 diciembre 2006)

El pasado 20 de diciembre se cumplieron 10 años de la muerte del recordado astrónomo y escritor norteamericano que dedicó su vida a transmitir el conocimiento científico al ciudadano común. Para cumplir su objetivo recurrió a todos los medios de difusión disponibles, pero es a través de los libros que su legado ha perdurado y puede ser conocido de mejor forma por las nuevas generaciones.

Por Hugo Jara Goldenberg
Publicado en el diario El Sur, el 24 de diciembre de 2006. Ver artículo....

Existe consenso en que la ciencia, junto con estudiar y comprender el funcionamiento de la naturaleza, es responsable de transmitir a la ciudadanía el resultado de sus descubrimientos. Sin embargo, esta comunicación no siempre ocurre y muchas veces vemos que existe un evidente divorcio entre quienes exploran la frontera del conocimiento y las personas comunes y corrientes. Esta situación se produce a pesar de que vivimos en una sociedad dominada por la tecnología, en la cual la cultura científica es importante para que las personas puedan desenvolverse adecuadamente y tomar las mejores decisiones.

Generalmente los científicos de primer nivel, absortos en su trabajo, no tienen el tiempo, y muchas veces tampoco la habilidad, para hacer partícipe de su quehacer al resto de la sociedad. Pero hay excepciones, y algunos investigadores sí valoran la importancia social de la divulgación de la ciencia. Uno de estos destacados comunicadores del saber fue Carl Sagan (1934-1996), un doctor en astronomía y astrofísica norteamericano que adquirió fama por sus múltiples iniciativas educativas que incluían conferencias, artículos de prensa, series de televisión y por sobre todo, los muchos libros que publicó.

Sagan era conciente de la trascendencia de la labor de divulgación, y por dedicarse a ella, en cierta forma sacrificó algo de su carrera científica. Aun así, hizo importantes aportes al desarrollo de las ciencias planetarias y a la búsqueda, desde la perspectiva de la ciencia, de inteligencia extraterrestre. También participó activamente en el programa espacial norteamericano en donde, entre otras actividades, ayudó a diseñar los mensajes con información sobre la vida en la Tierra, que viajan hacia las estrellas en las sondas interplanetarias Pioneer y Vogager. Pero, por sobre todos sus aportes académicos, es inevitable que se le recuerde principalmente por sus esfuerzos en llevar el conocimiento científico y tecnológico al ciudadano común.

Contra las seudociencias

Su interés se diversificaba en diferentes ámbitos del saber, algunos de ellos ajenos a la astronomía, y es que Carl Sagan, más allá del científico, fue un humanista que concentró su esfuerzo intelectual en buscar respuestas racionales a preguntas trascendentales que desde la noche de los tiempos han acompañado a la especie humana, interrogantes tales como: quiénes somos, de dónde venimos y cuál será nuestro destino. Y en esa búsqueda, su camino se cruzaba con otras temáticas, que aunque más terrenales, son igualmente relevantes para el presente y el futuro de la humanidad: la relación de la ciencia con el poder, la amenaza nuclear, el deterioro del medio ambiente, el cambio climático global, el adelgazamiento de la capa de ozono y tantas otras, que al paso de una década siguen plenamente vigentes, y por lo mismo confieren permanente actualidad a su obra y pensamiento.

Aunque Sagan utilizó todos los medios de comunicación disponibles para cumplir su objetivo educador, el mayor impacto divulgativo lo logró a través de sus libros, algunos de los cuales se continúan editando, con gran éxito de ventas. En el año 1978 recibió el premio Pulitzer por “Los dragones del Edén, especulaciones sobre la evolución de la inteligencia humana”. En 1980 publicó “Cosmos”, la versión impresa de su exitosa serie de televisión. Otros títulos de gran acogida fueron “Vida inteligente en el Universo”, escrito en colaboración con el ruso I.S. Shklovskii; “La conexión cósmica”; “El cerebro de Broca”; “El cometa”; “Sombras de antepasados olvidados”, un relato conmovedor sobre el origen y el destino de nuestra especie y “Un punto azul pálido”, considerado la continuación de “Cosmos”, en el que nos habla del futuro del hombre en el espacio. También escribió una novela: “Contacto”, en la cual planteó la posibilidad de establecer comunicación con una civilización extraterrestre, más avanzada que la nuestra. Esta obra fue llevada al cine en el año 1997.

A principios de 1995 se le diagnosticó un mal incurable (mielodisplasia), enfermedad contra la cual luchó con entereza y optimismo. Después de casi dos años de dura batalla, finalmente falleció el día 20 de diciembre de 1996. De este período es el libro: “El mundo y sus demonios”, en donde hace una fuerte crítica a las seudo-ciencias. En enero 1997, se publica en forma póstuma “Miles de millones, pensamientos de vida y muerte en la antesala del milenio”, una serie de ensayos en donde reflexiona sobre diversos temas, tanto científicos como de contingencia social y política. En esta última obra, Ann Druyan, su viuda (quien fue coautora de algunas de sus libros) escribió un epílogo muy emotivo, que nos permite conocer la valentía con la cual el científico enfrentó los días postreros de su existencia.

Aunque hace ya un decenio que Carl Sagan no está físicamente entre nosotros, su pensamiento sigue más vivo que nunca. Su obra continúa inspirando, ahora, a las nuevas generaciones, y muchos jóvenes deciden abrazar la causa de una ciencia más humana con la esperanza de ayudar a construir un mundo mejor.

18 de diciembre de 2006

El corazón cuántico de Jorge Luis Borges (17 diciembre 2006)

Aunque la literatura y la ciencia son percibidas como actividades intelectuales que poseen características y motivaciones muy diferentes, algunos de sus representantes más excelsos poseen la sorprendente habilidad para traspasar la tenue frontera que las separa.

Por Hugo Jara Goldenberg

Publicado en el diario El Sur, el 17 de diciembre de 2006.


Este artículo también fue publicado en la revista de ciencia ficción y divulgación científica TauZero Ver artículo aquí


De todos los conceptos revolucionarios que surgieron del terreno de la ciencia, en la primera mitad del siglo XX, hubo dos que modificaron de manera significativa la forma de interpretar la realidad. Se trata de la Relatividad y la Mecánica Cuántica, dos teorías que conforman lo que se conoce como Física Moderna, las cuales permitieron comprender el Cosmos de una forma renovada.

Por tratarse de conceptos a la vez complejos y perturbadores, no resulta extraño que no sean entendidos adecuadamente por la mayoría de población. E incluso, muchas veces se cree que su real comprensión está reservada sólo a los científicos más brillantes.

Sin embargo han existido algunas personas, alejadas de la ciencia, que de modo visionario han captado muchos de esos conceptos innovadores y los han incluido magistralmente en sus creaciones.

Uno de estos personajes es Jorge Luis Borges, el recordado escritor que en gran parte de su obra recurrió a metáforas para dar vida literaria a las ideas y conceptos que recién estaban tomado cuerpo en la nueva ciencia que se estaba fraguando en los inicios del siglo XX. Al evocar su extensa creación surgen a raudales referencias a las paradojas del tiempo, al infinito, la causalidad y el indeterminismo, entre muchos otros temas complejos y escurridizos.

Aunque desde hace mucho tiempo es conocida la estrecha conexión existente entre su obra y las matemáticas (son abundantes las citas que se hacen a Borges en textos científicos de primer nivel), pocos estudios han analizado en profundidad la forma como Borges supo ataviar a su vasta creación con las ideas que estaban surgiendo del territorio de la física moderna, y en particular de la paradójica mecánica cuántica.

Las otras realidades

Abriendo caminos en este territorio poco explorado, el autor Tito Matamala ha publicado el libro “El corazón cuántico de Jorge Luis Borges” (Editorial Universidad de Concepción, noviembre 2006), en el cual intenta poner en evidencia la forma cómo el famoso escritor plasmó en toda su obra, los conceptos que emanaban de la ciencia de la época.

Aunque toda la creación Borgeana está impregnada de ideas que embriagan la imaginación, hay una que ocupa un lugar destacado: la existencia de una realidad que incluye múltiples destinos, que no se anulan entre ellos y en la que todos se cumplen. Este concepto perturbador, que generalmente se interpreta como un recurso literario para dar al relato un carácter fantástico, pareciera ser posible y real cuando se analiza bajo el prisma de la física moderna.

La mecánica cuántica describe fenómenos que desafían al sentido común, y que por lo mismo son a veces difíciles de aceptar. Uno de ellos es el que postula que al producirse una observación a nivel de partículas, el universo entero se escinde en realidades alternativas; generando cada una de ellas un universo diferente. Pero aquí viene lo increíble: nosotros, observadores del mundo cotidiano, sólo podemos percibir uno de esos múltiples universos, el cual constituye “nuestra” realidad. Pero simultáneamente existen otras realidades que no nos incluyen, ya sea porque nunca existimos en ellas o porque ya morimos. Este fenómeno, que parece sacado de la ciencia ficción, en realidad posee un sustento científico y es notable como Borges lo utilizó en uno de sus cuentos más famosos (“El jardín de los senderos que se bifurcan”), mucho antes que el físico Hugh Everett lo planteara en su tesis doctoral.

En “El corazón cuántico de Jorge Luis Borges” se analiza en detalle la obra del escritor argentino, mostrándonos la forma como éste supo impregnar a su creación del espíritu que animaba a la ciencia de su época. Y de esta forma transformarse él mismo en un heraldo de las ideas que, entonces, surgían de la frontera del conocimiento.

El autor, Tito Matamala, es un conocido hombre de letras que en algún momento de su vida se aventuró también en el territorio cautivador de los números y las leyes físicas. Este conocimiento de ambos mundos, le da la autoridad para abocarse a la tarea de buscar al ente integrador que permite relacionar las modernas teorías que explican el funcionamiento del Universo con las seductoras metáforas que subyacen en la obra del inmortal ciego de Buenos Aires.


Y el esfuerzo valió la pena, ya que el resultado de su investigación se plasmó en este libro que, en forma amena, nos permite visualizar la creación de uno de los más grandes autores de todos los tiempos, desde una perspectiva diferente. Después de su lectura, de manera inevitable, se enaltece aún más la figura de Jorge Luis Borges, quien como un niño con su juguete más preciado, disfrutaba lúdicamente de los misterios que surgen del mundo cuántico. Aun cuando, ahora en una paradoja de su propia existencia, se reconocía a sí mismo como un absoluto desconocedor de la física.

10 de diciembre de 2006

El niño de Estambul (10 diciembre 2006)

Pocas ciudades del mundo resultan ser tan exóticas y exuberantes como la antigua Constantinopla. Ubicada en un punto estratégico del mapa geopolítico, ha sido protagonista de muchos de los hechos y conflictos que han marcado la historia de la humanidad.

Por Hugo Jara Goldenberg

Publicado en el diario El Sur, el 10 de diciembre de 2006.

Por su ubicación privilegiada, se suele considerar a la ciudad del Bósforo, como una urbe que es más que el puente que une a Europa con Asia, es en definitiva el nexo que comunica a Occidente con Oriente. Fundada por lo griegos como Bizancio, a partir del siglo IV d.C. fue rebautizada como Constantinopla y se transformó en la capital del Imperio Romano de Oriente. Cuando éste cayó, en el año 1453, la ciudad pasó a dominio turco y tomó el nombre de Estambul. La tolerancia de los sultanes permitió el establecimiento de comunidades étnicas de los más diversos orígenes. Barrios griegos, armenios, y judíos, entre muchos otros, daban a la ciudad un aspecto multirracial.

De entre todas estas comunidades se destacaban los sefardíes, que era un pueblo de ascendencia hebrea, procedente de la península hispánica, desde donde fueron deportados a fines del siglo XV. Cuando los Reyes Católicos completaron la reconquista, junto con expulsar a los moros, obligaron a los judíos a tomar una dramática decisión: convertirse al catolicismo o bien abandonar los territorios en los cuales habían vivido durante centurias. En ese contexto decenas de miles de sefardíes fueron forzados a emigrar, encontrando muchos de ellos refugio en el Imperio Otomano.

Utilizando como escenario a la milenaria ciudad de Estambul y de protagonista a este esforzado pueblo de origen hebreo, la escritora francesa Caroline Bongrand ha publicado “El niño de Estambul” (Editorial El Ateneo, 2006). Se trata de una novela histórica, cuya trama se desarrolla en pleno siglo XVII, cuando esta ciudad, bajo dominio otomano, atraviesa por un período diferente al que vive Europa. Mientras el viejo continente se encuentra transitando a paso firme hacia los tiempos modernos, la antigua ciudad ha perdido el protagonismo que antaño tuvo en el desarrollo de las ciencias y las artes. Aunque se encuentra bajo el control de un pueblo musulmán, la ciudad no abandona su sello cosmopolita y todos los grupos étnicos tienen un espacio para desarrollarse. El Sultán aprecia los servicios que el pueblo judío presta al Imperio. Miembros de esa comunidad cumplen importantes funciones en el gobierno, la medicina, el comercio y las artes.

Contexto histórico

Estamos en el año 1661 y acaba de nacer el hijo de un importante personaje griego ortodoxo. El primogénito de la familia Nikolaios es esperado con el anhelo propio de un joven matrimonio. Sin embargo un supuesto defecto físico de nacimiento altera los planes del ilusionado padre. Aunque el ambiente intercultural de la ciudad de Estambul propicia la tolerancia religiosa, no es suficiente para aplacar milenarios resentimientos de odio y rencor. Así, en una actitud incomprensible, el hasta hace unos minutos orgulloso progenitor, decide deshacerse de su hijo. Ordena a una sirvienta que lo abandone en un lugar lejano. Rechazado una y otra vez por su aparente origen étnico, el recién nacido finalmente es aceptado en el lugar que le corresponde: una sinagoga. Bautizado como Antilogus, es adoptado por un matrimonio de judíos sefardíes sin hijos.

Así comienza una historia que nos permitirá acompañar al pequeño, que al fin puede crecer al cuidado de una familia, la que no escatima esfuerzos en entregarle cariño y las máximas comodidades. Pero como en toda novela, que intenta ser un reflejo fiel de la realidad, a las situaciones ideales se le suceden acontecimientos trágicos que entretejen un relato cautivante que llevarán al protagonista a aventuras extremas. Antilogus volcará todos sus esfuerzos en la búsqueda de riquezas para retribuir el cariño y amor recibido del pueblo que lo adoptó.

Lo atractivo del libro es que, aunque se trata de una obra de ficción, la trama se desarrolla en un contexto histórico real. A través de una lectura subyugante podremos conocer un período relevante de la historia de la humanidad y acceder a detalles que revelan aspectos importantes de la vida de este pueblo semita de origen español, muchos de cuyos descendientes se establecieron también en nuestro país. Y aunque para muchos sea una sorpresa, apellidos tan comunes entre nosotros, como Pérez, Agüero, Castro, entre tantos otros, tienen sus raíces en ese pueblo milenario.

3 de diciembre de 2006

El asesinato de nuestro entorno natural (3 diciembre 2006)

El ser humano es una criatura compleja y contradictoria, qué duda cabe. Aunque está dotada del don de la inteligencia y por lo mismo se sitúa en un nivel superior al resto de los animales; a diferencia de éstos, no se cansa de tropezar una y otra vez con la misma piedra.

Por Hugo Jara Goldenberg

Publicado en el diario El Sur, el 3 de diciembre de 2006.

En una actitud que hace dudar de su racionalidad e inteligencia, el Hombre permanentemente ejecuta actos que van en contra de su propio bienestar. Una de las manifestaciones más dramáticas de ese actuar errático, es el deterioro al que somete a la naturaleza. La intervención y depredación de que es víctima el entorno natural, ha generando una situación que se está escapando de todo control y amenaza, incluso, la supervivencia de la humanidad.

A diario somos testigos, y aunque nos cueste reconocerlo muchas veces también participantes activos, del inexorable proceso de degradación que está alterando de manera irreversible al medio ambiente, y que provoca la extinción de miles de especies.

Cada vez se escuchan con más fuerza las voces de alarma que llaman a remediar esta situación. Pero esas advertencias no son consideradas, y en aras del progreso no se duda en destruir grandes extensiones de zonas silvestres, ricas en biodiversidad. Una gran cantidad de especies, muchas de ellas endémicas, son condenadas a la desaparición, a veces aún sin haber sido descubiertas. Aunque claro, tranquilizamos nuestra conciencia colectiva con eufemismos como “estudios de impacto ambiental” o “desarrollo sustentable”, los cuales finalmente justifican todas las intervenciones en el medio ambiente.

Aunque no lo parezca, muchas de las llamadas de alerta surgen del mundo de la ciencia y la tecnología, lo cual para algunos puede resultar paradójico, ya que es a ese sector al que se suele considerar como uno de los principales responsables de la crisis. Conferencias, foros de discusión, y abundante literatura, que surgen de centros de investigación alrededor del mundo, nos recuerdan la importancia y urgencia de este candente tema. En este contexto se ha publicado el libro “Ecocidio, breve historia de la extinción en masa de las especies” (Editorial Laetoli, S.L.) de Franz J. Broswimmer, quien es un sociólogo, que trabaja en el Centro de Investigación sobre la Globalización de la Universidad de Hawai.

Obligatorio para políticos y empresarios

Lo primero que hace el autor es explicar el concepto de “ecocidio”, y lo define como la acción humana que provoca la muerte de los ecosistemas. A continuación, en una sentida introducción se hace ver que la dramática realidad que estamos viviendo, no es un fenómeno reciente. Nos enteramos que estas prácticas predatorias se remontan a la prehistoria, cuando nuestros antepasados ya atentaban contra la biodiversidad, al quemar grandes extensiones de bosques y exterminar muchas especies de animales.

El aumento exponencial de la población mundial, que se traduce en una creciente presión por el acceso a fuentes de alimentos, agua dulce y energía; y los cambios en el clima provocados por el calentamiento global, han acelerado el problema y están provocando la desaparición de amplios hábitats y ocasionando la extinción masiva de especies.

Es tan dramático la situación, que el autor sugiere que en los noticieros diarios de la televisión se debería incluir un reporte ecológico, el cual podría ser una nota como la siguiente: “Hoy también se han extinguido una 100 especies de animales y vegetales y han desaparecido otras 50.000 hectáreas de selvas tropicales; los desiertos han avanzado 20.000 hectáreas; la economía mundial ha consumido el equivalente a 22 millones de toneladas de petróleo y, por tanto, durante estas 24 horas hemos liberado a la atmósfera otros 100 millones de toneladas de gases de efecto invernadero…”.

Lo interesante de esta obra, es el enfoque multidisciplinario con el cual se analiza el proceso histórico que ha llevado a esta encrucijada planetaria. De manera muy convincente el autor nos demuestra que la crisis por la que atraviesa nuestra civilización va más allá del problema ecológico. En un proceso sinergético, el drama del medio ambiente se entreteje y potencia con una serie de otras características de la vida moderna, como la violencia creciente entre los individuos, el aumento de la delincuencia, la aplicación de modelos económicos inhumanos, nuevas formas de imperialismo y muchas otras que conforman una realidad mundial que deja poco espacio para la esperanza.

El libro, que surgió de los estudios que el autor realizó para obtener su doctorado, ha tenido un impacto inmediato en los medios científicos y educativos. Ya es texto de lectura obligatoria en muchos programas lectivos en importantes universidades, y muchos sugieren que debería serlo también para los políticos y empresarios de todo el mundo.

La lectura reposada de esta obra, invita a una reflexión profunda acerca de la naturaleza humana y su hogar cósmico. La Tierra es el único lugar en el Universo en donde sabemos que ha surgido la vida, y de ella evolucionar seres inteligentes que tienen el don de observarse a sí mismos y de maravillarse con los misterios de la creación. ¿Somos tan irracionales como para permitir que este mundo único e irrepetible se acabe? Por supuesto que no y debemos demostrar nuestro intelecto y sensibilidad asumiendo la responsabilidad que nos asiste en revertir esta difícil situación y permitir, en definitiva, la sobrevivencia de nuestra propia especie. Estamos cerca del punto de no retorno, pero aún hay tiempo.

19 de noviembre de 2006

La maldición de Copérnico (19 noviembre 2006)

El nombre de este famoso clérigo y matemático polaco está asociado a una de las revoluciones científicas más trascendentales de la historia. Aquella que acabó con la visión geocéntrica del Universo, reemplazándola por un modelo en el cual la Tierra pasa a ocupar un lugar secundario en el concierto de los astros.

Por Hugo Jara Goldenberg

Publicado en el diario El Sur, el 19 de noviembre de 2006.
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A pesar de la trascendencia de la obra de Nicolás Copérnico, poco se conoce de aspectos importantes de su vida. También existen muchas incógnitas relacionadas con el proceso de génesis de la revolucionaria teoría, y de las dificultades que ésta debió sortear para finalmente establecerse como una verdad científica.

Copérnico nació en el año 1473, en Torun, Polonia. Por provenir de una familia acomodada pudo tener acceso a una educación esmerada. A los dieciocho años ingresa a al Universidad de Cracovia y después de cuatro años de estudios generales viaja a Italia a cursar derecho y medicina. Durante su estadía en la Universidad de Bolonia establece contacto con algunos matemáticos y comienza a interiorizarse en la disciplina que se transformaría en la pasión de su vida: la astronomía.

En al año 1503 regresó a Polonia y se dedicó a ejercer labores administrativas en el palacio episcopal, a las órdenes de su tío, el príncipe obispo de Ermland. Junto a sus tareas como canónico vitalicio, comienza a desarrollar una idea que ha encendido su imaginación durante muchos años: Que es la Tierra la que se mueve alrededor del Sol, y no es ella sino él, el centro del Universo. Tardó más de veinte años en elaborar un modelo matemático que explicaba de manera simple y precisa el funcionamiento del cosmos, y demorará diez años más en decidirse a publicar su trabajo. Algunos dicen que esta indecisión obedecía a que era un perfeccionista que nunca quedaba contento con sus cálculos. Otros ven en esa eterna postergación, el temor que sentía el astrónomo por las consecuencias que acarrearían sus ideas en el plano religioso y filosófico.

Nuevas ideas

Finalmente, su libro titulado “Sobre las revoluciones de las orbes celestes” fue publicado el mismo año de su muerte. Y cuenta la leyenda que, ya moribundo, recibió antes de expirar el primer ejemplar de su obra, recién salida de la imprenta. El desarrollo de su teoría fue una lucha entre la personalidad cautelosa y conservadora del religioso y el espíritu revolucionario del astrónomo y matemático. Copérnico vivió, en su propia persona, la confrontación que marcó a su época: las nuevas ideas del Renacimiento que comenzaba a desplazar una visión del mundo que después de un largo reinado estaba llegando a su fin.

A partir de la muerte del astrónomo, y durante casi sesenta años, su teoría estuvo restringida a un pequeño círculo de intelectuales. Incluso la Iglesia no la objetaba abiertamente al considerarla sólo como una hipótesis, y que en lo práctico simplificaba el cálculo de efemérides celestes. No fue sino hasta iniciado el siglo XVII, cuando la cosmovisión copernicana inspiró a pensadores como Giordano Bruno y Galileo Galilei, que la Iglesia comenzó a cuestionar esta obra, llegando a incluirla durante algún tiempo en el índice de libros prohibidos.

¿Pero qué fue lo que sucedió en los años inmediatamente posteriores a la muerte de Copérnico? ¿Cómo percibía la Iglesia, y en especial la Inquisición, a esta controversial teoría? ¿Por qué ciertas autoridades eclesiásticas observaban con benevolencia a la nueva astronomía? Estas dudas, y muchas otras, que surgen al evocar la vida y obra del genio, dan espacio al surgimiento de algunos mitos y leyendas. Aprovechando este escenario, el escritor Philipp Vandenberg nos presenta su novela histórica “La maldición de Copérnico” (Editorial Planeta, 2006).

La trama se inicia a diez años de la desaparición del astrónomo polaco, cuando fallece Adam Friedrich Hamann, quien se ha llevado a la tumba un terrible secreto. Y es que Nicolás Copérnico, además de elaborar su famosa teoría, ha hecho un descubrimiento perturbador que puede comprometer el futuro de la humanidad. La autoridad decide eliminar los pocos ejemplares que circulan de un libro que explica un fenómeno cósmico catastrófico que ocurrirá el 8 de octubre del año 1582.

Pero una copia se salva de la destrucción y su contenido es conocido por un puñado de personas. Entre ellos estaba Adam Hamann, quien antes de morir, transmite a su hijo las claves para no perder ese conocimiento. Así, Leberecht Hamann, un librepensador como su padre, inicia una cruzada para recuperar y salvaguardar el comprometedor secreto. En su tarea, debe enfrentar a los poderes fácticos, los cuales recurrirán a todos los medios posibles para impedir la divulgación de la nefasta noticia.

El día de la catástrofe finalmente no llegó ¿Pero fue por un error en los cálculos de Copérnico, o porque ese día nunca existió? No olvidemos que a raíz de la implantación del calendario gregoriano en el año 1582, fue necesario eliminar 10 días. Así, de acuerdo al nuevo registro del tiempo, al jueves 4 de octubre sucedió el viernes 15, desapareciendo más de una semana de la historia.

Aunque se trata de una obra de ficción, la recreación de los hechos es rigurosa y nos permitirá conocer mejor las circunstancias en que se desarrolló la vida de un personaje notable, cuya obra sobrepasó a lo meramente científico, y tuvo un profundo impacto en la sensibilidad de la humanidad, al despojar a nuestra morada terrenal de una posición especial y privilegiada en el Universo.

12 de noviembre de 2006

Otra vez se nos perdió Colón (12 noviembre 2006)

Son tantas las incógnitas que rodean la existencia del famoso navegante y descubridor, que cuesta encontrar algún aspecto de su vida que esté a salvo de polémicas. Incluso el lugar de descanso de sus restos mortales es reclamado con vehemencia por dos países.

Hugo Jara Goldenberg

Publicado en el diario El Sur, el 12 de noviembre de 2006.


Cristóbal Colón es uno de los personajes más enigmáticos de la historia, toda su vida está envuelta en una nebulosa que impide conocerlo adecuadamente. Ya su nacionalidad es tema de debate. Aunque la versión oficial, aquella que todos aprendimos en el colegio, afirma que era genovés, hay muchos investigadores que consideran seriamente algunas hipótesis que sugieren una cuna distinta. Desde hace siglos se esgrimen justificados argumentos que lo presentan como portugués, balear o catalán e incluso de origen judío.

Pero las interrogantes en torno al descubridor no se limitan a su lugar de nacimiento, al contrario surgen a raudales a lo largo de toda su existencia. ¿Fue un idealista y visionario?, o más bien un oportunista, con un oscuro pasado de espía, corsario y mercader de esclavos. ¿Supo de la existencia de tierras de ultramar por un náufrago al que rescató? ¿Cómo fueron realmente sus relaciones con los Reyes Católicos? También es una fuente de misterio su extraña firma, -la que está compuesta por una serie de rayas y signos dispuestos en forma de triángulo- la cual, a través de una cláusula de testamento, obligó a utilizar a sus herederos.

Y las dudas continúan hasta el presente, ya que aún después de muerto, el almirante de la Mar Océana sigue generando encendidas disputas. Ahora la controversia apunta al lugar de descanso de sus restos mortales. Efectivamente, tanto España como República Dominicana afirman poseer los auténticos restos del marinero.

La verdad de la mentira

Cristóbal Colón falleció el 20 de mayo de 1506 en Valladolid. Al poco tiempo su cadáver fue exhumado y llevado a Sevilla en donde permaneció hasta el año 1544, cuando a solicitud de la viuda de Diego Colón, el hijo del almirante, fue trasladado a Santo Domingo, la ciudad primada de América. De esta forma se daba cumplimiento a la voluntad del descubridor de descansar eternamente en los lejanos territorios de ultramar.

El traspaso temporal de la isla La Española a Francia, obliga al traslado de los restos a La Habana. Y desde ahí, a fines del siglo XIX, una vez finalizado el dominio hispano en esa parte del mundo, los huesos del almirante retornan a la madre patria, permaneciendo desde entonces en la catedral de Sevilla.

La versión de República Dominicana es diametralmente opuesta, y se fundamenta en que los despojos enviados a Cuba no fueron los de Cristóbal Colón, sino los de su hijo Diego. El almirante nunca abandonó la isla La Espaniola y sus huesos descansan actualmente en la ciudad de Santo Domingo.

Utilizando como argumento central esta centenaria disputa, y también aprovechando la conmemoración de los 500 años de la muerte del descubridor y navegante, se ha lanzada la novela histórica “La tumba de Colón” de Miguel Ruiz Montañez (Ediciones B, 2006).

La historia, ambientada en el presente, comienza cuando misteriosamente desaparecen los restos del almirante desde ambas tumbas oficiales. Para las autoridades resulta incomprensible que los ladrones sólo se interesen por los huesos, y que dejen en su lugar invaluables reliquias de la gesta del descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo. Pero lo más extraño es que en los dos mausoleos aparece la misma marca: la enigmática firma de Colón. Ambos gobiernos no escatiman recursos en la resolución del caso policial. Se conforma un equipo de investigación conjunto que después de vivir emotivas aventuras, logra resolver el caso en un final inesperado y sorprendente.

El autor, es un ingeniero y académico español, que desde hace algunos años se desempeña como profesor asociado en la Universidad de Santo Domingo, en República Dominicana. Su admiración por el almirante y el conocimiento y cariño que profesa por los dos países que reclaman su tumba, lo ha llevado a escribir ésta, su primera novela.

Ruiz Montañez, en la introducción del libro, aclara que aunque todos los hechos mencionados son verídicos, su obra es sólo una novela de misterio. Confiesa también que la principal motivación que lo llevó a embarcarse en este proyecto fue el resaltar la estatura, como personaje histórico, de Cristóbal Colón. Y a juzgar por la cálida aceptación de su obra en los círculos académicos e intelectuales y por el éxito de ventas, su objetivo se ha cumplido plenamente.

5 de noviembre de 2006

La Tierra ha vuelto a su forma original: plana (5 noviembre 2006)

El desarrollo de las tecnologías de información, de comunicación y de transporte han alterado la forma cómo los ciudadanos y los países se enfrentan al mundo. La globalización es el término usado para describir una serie de cambios que están modificando de manera dramática las reglas bajo las cuales funciona la sociedad del siglo XXI.

Por Hugo Jara Goldenberg

Publicado en el diario El Sur, el 5 de noviembre de 2006.

La globalización, a veces llamada mundialización, es un fenómeno que está derribando barreras naturales y fronteras políticas que por milenios separaron a los países y culturas. En este nuevo escenario, los procesos económicos y financieros de alcance global se sobreponen a aquellos de naturaleza local o regional; estableciéndose interrelaciones y dependencias de envergadura planetaria, las cuales configuran realidades geopolíticas, nunca vistas en la historia del hombre.

Aunque se trata de un concepto acuñado en la década de los 60, recién se ha consolidado en los últimos años, y podríamos decir que ha alcanzado su estado de régimen con el advenimiento del siglo XXI. Definitivamente estamos en presencia de un modelo que llegó para quedarse, y es importante que todos los ciudadanos entiendan correctamente su significado y consecuencias.

Sin embargo, a pesar de su trascendencia y aparente éxito, se trata de un fenómeno controversial, sujeto a opiniones e interpretaciones muchas veces encontradas. La globalización tiene defensores acérrimos que la ven como un proceso inevitable e irreversible, que será condición necesaria, aunque no suficiente, para acceder a un mundo mejor. También está la opinión de quienes la resisten, argumentando que es una nueva manifestación del imperialismo económico, que inevitablemente tenderá a nivelar a la sociedad, sacrificando valores culturales milenarios, los que al parecer ya no tiene cabida en los nuevos tiempos.

Por ser un tema tan candente y de permanente actualidad, en todos los rincones del mundo se realizan conferencias y congresos, en donde se analizan sus principales ventajas y potencialidades, así como también los riesgos que acarrea. Y por supuesto que se han impreso muchos libros sobre esta materia, entre ellos hay uno que se ha transformado en best seller. Se trata de la “La Tierra es plana” (mr ediciones, grupo Planeta, 2006), de Thomas Friedman, un destacado periodista del New York Times, experto en economía y política internacional, ganador en tres oportunidades del premio Pulitzer.

Chile, vecino destacado

El autor da a conocer su percepción del fenómeno de la globalización, la cual reafirmó en un viaje de trabajo que realizó a oriente, especialmente a la India y China. En su visita a los principales centros tecnológicos y productivos de estos países, fue testigo de cómo a través de los procesos de subcontratación, una de las formas como se implementa la globalización, es posible distribuir las cadenas de construcción de valor, a través del mundo. Observa cómo, por medio de video conferencia, se puede realizar una reunión de trabajo entre los creadores y diseñadores de un producto que viven en EEUU, los programadores computacionales en la India y los constructores de los componentes electrónicos que residen en China.

A continuación, presenta otros casos de servicios solicitados por personas que habitan en occidente, los cuales son efectivamente realizadas en lejanos lugares de oriente. Declaraciones de impuestos de ciudadanos de Norteamérica, el soporte en línea de productos informáticos y la venta de intangibles, entre muchas otras, son tareas realizadas en remotos países, con altos estándares de calidad y a un menor costo. Éstos, y muchos otros ejemplos, nos muestran cómo se han acortado las distancias e integrado los escenarios económicos. Cual una moderna revelación, Friedman toma conciencia que el mundo se está volviendo plano.

En el texto se plantea que la globalización ha sido posible gracias a la convergencia de diez factores gatilladores; La caída del muro de Berlín, el desarrollo de Internet, la subcontratación, la administración de la cadena de suministros, el traslado de fábricas para abaratar costos y el acceso libre a la información, entre otros, son las fuerzas responsables de este “aplanamiento” del mundo.

El autor es un convencido de las bondades de este nuevo sistema económico global y aunque muchos de sus ejemplos están enfocados a las economías desarrolladas, se preocupa de explicar qué debe hacer el resto del mundo para sacar provecho a esta nueva realidad planetaria. Así, en el capítulo dedicado a los países en desarrollo, hace una descripción bastante certera de las oportunidades que se les presentan y también de las amenazas que se ciernen sobre ellos. Como era de esperar, a Chile se le menciona como al vecino destacado de su barrio, pero rápidamente nos damos cuenta que somos puestos en nuestro verdadero lugar, cuando se hace referencia a las características que deben poseer los pueblos emprendedores: un bagaje cultural impregnado con los valores del trabajo duro y el ahorro, esto acompañado de altas dosis de paciencia, tenacidad y honestidad a toda prueba.

Aunque el libro se ha transformado en un éxito de ventas, tiene muchos detractores que lo acusan de defender un sistema inhumano. No en vano la globalización es cuestionada por una parte importante de la ciudadanía, que no olvida que su indiscutido éxito económico se logra con grandes sacrificios en términos sociales, culturales y ambientales. Y esos costos, como siempre, los asumen los países más débiles y pobres.

29 de octubre de 2006

Miguel Ángel, o la creación (29 octubre 2006)

Cuando se evoca al Renacimiento, ese idealizado período de la historia de occidente, de inmediato se agolpan en la memoria los nombres de muchos personajes notables que contribuyeron a dar nuevos bríos a las más excelsas manifestaciones del espíritu. De entre los muchos creadores de esa época, Miguel Ángel ocupa un lugar destacado por circunstancias que van más allá de su talento artístico.

Por Hugo Jara Goldenberg

Publicado en el diario El Sur, el 29 de octubre de 2006.

Como ningún otro período de la historia, el Renacimiento fue una época en que la emancipación intelectual del hombre posibilitó avances extraordinarios en todos los ámbitos de su quehacer. Pero hay consenso en que de todas las renovadas manifestaciones del intelecto, fueron aquellas relacionadas con el arte las más relevantes.

Son innumerables las obras maestras surgidas de aquellos artistas que manifestaron su creatividad y sensibilidad a través de la pintura, la arquitectura y la escultura. De cada una de estas disciplinas surge el recuerdo de personajes destacados, que se ganaron su sitio en la historia, como recompensa a obras de arte que no dejan de cautivar a quienes tienen el privilegio de observarlas.

Al evocar esa época se aglomeran en la memoria una pléyade de artistas inmortales. De entre muchos, se puede mencionar a gigantes de la talla de Rafael, Donatello, Verrochio, Brunelleschi y por supuesto a Leonardo da Vinci, quizá si el estereotipo por excelencia, del hombre del renacimiento.

Pero de entre todos ellos, hay uno que se destaca de manera especial, no sólo por lo sublime de su producción artística, sino también por las especiales circunstancias de su vida: Se trata de Miguel Ángel Buonarroti, recordado por la historia simplemente como Miguel Ángel.

Aunque se trata de un artista muy conocido y cuyas creaciones son admiradas a diario por miles de personas, siempre es interesante conocer aspectos más profundos de su vida y obra. Y qué mejor manera de evocarlo, que recurriendo a la ayuda del recordado académico Marcel Brion, quien escribió “Miguel Ángel o la creación”; una de las mejores biografías del genio del renacimiento, y que ha sido recientemente reeditada por Ediciones B.

Sólo escultor

Guiados por la pluma de Brion, viajaremos en el tiempo y conoceremos a un niño que acaba de llegar al mundo en el año 1475, en la culminación del quattrocento, el periodo de máximo esplendor del Renacimiento. El autor se esmera en destacar que el pequeño Michelangelo vino al mundo en un pueblo de canteros, en la región de Toscana. Se trata de un territorio que perteneció a los etruscos, un pueblo misterioso cuyo espíritu pétreo y severo parece que marcó a fuego la personalidad del pequeño.

Miguel Ángel ve transcurrir su infancia en los talleres de los maestros que trabajan la piedra. El mazo y el cincel se transforman en sus juguetes preferidos. Los bloques de mármol, amontonados por doquier, adquieren vida y encienden la imaginación del niño, el cual aprende a desnudar los secretos de la roca, y entiende que su misión vital será someterla y modelarla a su capricho.

Siendo aún un niño, logra ingresar como aprendiz al taller de Bertoldo di Giovanni, un escultor que lo lleva en la corte de Lorenzo el Magnífico. Allí el joven Michelangelo comparte con destacados humanistas que lo introducen en el espíritu de su época.

Pasan los años y su fama se esparce rápidamente por la península. Recibe encargo de muchos dignatarios, y en todas partes se presenta con orgullo como escultor, aunque en la intimidad también cultiva la poesía. Sin embargo, muchas veces las circunstancias lo obligan a incursionar en otras manifestaciones del arte. A diferencia de otros artistas que destacan su versatilidad, como Leonardo que hace alarde de sus múltiples talentos, Miguel Ángel se considera sólo un escultor y desprecia otras manifestaciones del arte, como la pintura. Y cuando es obligado a abordar proyectos de otra naturaleza lo hace a regañadientes. Se siente ofendido y rebajado en su dignidad. Pero aún así, de su pincel surgen obras maestras inmortales.

Marcel Brion, el autor del libro, es un afamado ensayista y biógrafo, quien a través de una prosa ágil y envolvente, posee el don de transportar al lector en el tiempo, transformándolo en un testigo privilegiado del entorno de la época y de los personajes en estudio. En el caso de la biografía de Miguel Ángel, nos permitirá comprender de mejor forma a un personaje notable, cuya existencia fue tan intensa y dramática, que alguien la definió como una vida de divino dolor.

16 de octubre de 2006

Las viejas lecciones de Séneca (15 octubre 2006)

Cada ser humano constituye en lo profundo de su ser un Universo, con todos los misterios y complejidades que eso significa. En la mente de cada uno de nosotros se fraguan estados emotivos y cognitivos que determinan comportamientos que muchas veces se traducen en un actuar contradictorio e impredecible.

Por Hugo Jara Goldenberg

Publicado en el diario El Sur, el 15 de octubre de 2006.
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Las contradicciones vitales son propias de la naturaleza del hombre. Esta situación de conflicto se ha dado en cada uno de los seres humanos que han existido, y que existirán. Todos nosotros somos testimonio de esta dicotomía, en donde muchas veces los ideales y sentimientos más excelsos se confrontan y son superados por los fríos y pragmáticos hechos de la realidad.

Por tratarse de conductas tan personales y cotidianas, estas incoherencias generalmente pasan desapercibidas. Pero se tornan evidentes cuando evocamos a algunos destacados personajes de la historia. Este es el caso de Lucio Anneo Séneca, aquel famoso filósofo romano que, durante gran parte de su existencia, vivió de manera diametralmente opuesta a los ideales que profesaba y que transmitía con tanta vehemencia. Aunque se trata de un personaje conocido, muchos aspectos importantes de su vida constituyen una incógnita para el público general, en especial sus últimos años. La reciente publicación de la novela “El maestro del emperador” (Editorial Grijalbo, 2006) del escritor y traductor español Pedro Gálvez, permite conocer mejor a este famoso filósofo y hacer luz sobre un período muy relevante de su existencia.

Séneca nació en la ciudad de Corduba, capital de la provincia Bética de la Hispania romana, (actual Córdoba) en el año 4 a. de C. Hijo de una familia acomodada, recibió una educación esmerada. Los mejores maestros lo instruyeron en todos los conocimientos de su época. Ya adulto ejerció como abogado y, buscando alivio a su delicada salud, viajó a Egipto. Su estadía en oriente la aprovechó para conocer de primera fuente las filosofías alejandrinas. En particular se interesa por el pensamiento de los estoicos.

Sin embargo, su carrera de filósofo se ve interrumpida cuando en el año 31 viaja a Roma y comienza a incursionar en la política. Gracias a su extraordinaria oratoria, logra acceder a cargos públicos que le permiten acercarse a las altas esferas del poder. Pero su proximidad con los emperadores lo hace proclive a las maquinaciones y traiciones propias de la corte.

Las venas abiertas

Su innegable talento despierta la desconfianza de Calígula, quien planea asesinarlo. La delicada salud de nuestro personaje hace dudar al emperador, quien confía en que los achaques y enfermedades pronto lo levarán a la tumba. Pero el destino quiso que el gobernante muriera antes. El cambio de régimen da un respiro al filósofo, que contrae matrimonio, ve nacer a su hijo y escribe algunos tratados. Sin embargo la tranquilidad dura poco, ya que es acusado de cometer un grave delito y condenado al destierro.

Permanece durante ocho años en un inhóspito rincón de la isla de Córcega. El largo periodo de ostracismo lo aprovecha para leer, reflexionar y escribir. Finalmente obtiene el indulto y regresa a Roma, en donde retoma sus tareas políticas e inicia una relación que lo marcará hasta el fin de sus días: es nombrado preceptor de un niño de 11 años llamado Nerón. La relación entre el tutor y su discípulo se torna estrecha, casi fraternal.

Cuando el joven asume al trono, su maestro se transforma en un personaje clave en el gobierno. Como consejero imperial, Séneca es quien lleva realmente las riendas del poder. Y es en este rol político, que el filósofo se comporta de manera totalmente opuesta a los elevados ideales que profesa. Se transforma en una autoridad déspota, abusiva y cruel. Sus influencias le permiten amasar una cuantiosa fortuna y poseer cientos de esclavos.

Pero los vaivenes de la política lo hacen perder influencia. De manera gradual se va alejando del poder y distanciando de palacio. El filósofo, que es ya un anciano con una salud muy deteriorada, presiente que su vida corre peligro y opta por dedicar sus últimos años a la reflexión y a retomar sus ideales más profundos. Vive rodeado de un círculo de amistades que lo aprecia y respeta, pero también de muchos enemigos, algunos de los cuales son antiguas víctimas de sus excesos. Finalmente se le acusa de participar en una conspiración contra Nerón y éste ordena la muerte de su maestro. Séneca opta por el suicidio y se abre las venas.

En la novela “El maestro del emperador” se hace evidente el profundo conocimiento que el autor posee de la Roma imperial. Gracias a la pluma de Pedro Gálvez, nos transformamos en testigos privilegiados del drama de una persona que se vio enfrentada, durante toda su vida, a un dilema vital: elegir entre sus ideales o sucumbir a las tentaciones mundanas.

Séneca, antes de dormir hacía el ejercicio de enjuiciar sus actos del día y decidir si su conducta había sido consecuente con sus sueños y deseos. Y, para su consternación se percataba que su actuar no siempre estaba a la altura de sus aspiraciones más sentidas, y ese reconocimiento le provocaba un gran dolor.

De manera inevitable, el conocer la tragedia del filósofo nos invita a reflexionar sobre nuestra propia existencia. Cuántos ideales y sentimientos hemos sacrificado, cada uno de nosotros, en aras del materialismo y la relatividad de la vida cotidiana. Después de este sano ejercicio introspectivo más de alguien verá reflejados en la vida de Séneca, sus propios dilemas existenciales.

8 de octubre de 2006

La tierra, un planeta simbiótico (8 octubre 2006)

Existen en la naturaleza comportamientos que llaman la atención por su complejidad y sutileza. Aunque para la mayoría no pasan de ser recursos de sobrevivencia, hay quienes se atreven a proponer con ellas, novedosas teorías que desafían paradigmas de conocimiento sólidamente establecidos.

Por Hugo Jara Goldenberg
Publicado en el diario El Sur, el 8 de octubre de 2006.

El ser humano ha sentido desde siempre fascinación por los paisajes exóticos y en especial por la vida natural. Muchos recuerdan con nostalgia programas de televisión como los de Jacques Yves Costeau o del español Félix Rodríguez de la Fuente. Estos naturalistas fueron los pioneros de un género audiovisual que se ha consolidado y está entre los favoritos del público, que no se cansa de maravillarse, a través de ellos, de los secretos de la naturaleza.

De entre los muchos misterios y maravillas del mundo natural, hay uno que llama especialmente la atención: se trata de la simbiosis. Un fenómeno que consiste en la asociación de individuos animales o vegetales de diferentes especies, y en la cual ambas obtienen beneficios de la vida en común. Ejemplos de este tipo de comunidad los vemos en las imágenes de feroces tiburones, cuyas fauces son recorridas por pequeños y frágiles peces que se encargan de la limpieza bucal de su anfitrión. O casos más extremos como una sustancia de color verde y aspecto gelatinoso, abundante en las costas del canal de la Mancha, las que observadas al microscopio, resultan ser agrupaciones de pequeños gusanos transparentes, en cuyo interior habitan algas, las cuales por fotosíntesis generan el alimento que necesita el hospedador. En este caso es tan estrecha la relación, que es difícil determinar si el conjunto es animal o vegetal.

La simbiosis es un fenómeno que, a pesar de destacarse por lo curioso y extraordinario, es considerado sólo como un tipo de comportamiento complejo, y un recordatorio de la sabiduría de natura. Sin embargo, se trata de un recurso adaptativo frecuente, que se manifiesta en todos los lugares en donde surge la vida. Incluso en nuestro propio cuerpo, coexisten una infinidad de organismos, los cuales por su tamaño microscópico, pasan desapercibidos.

Desde hace algunas décadas, muchos científicos creen ver en la simbiosis un fenómeno que puede tener una importancia fundamental en el desarrollo de la vida. Una investigadora que se ha destacado en esta postura es Lynn Margulis, quien ha desarrollado una interesante teoría, según la cual pequeños microorganismos simbiontes tienen mucho que decir, en la diversidad de la vida animal y vegetal presente en la naturaleza. En el libro “Planeta simbiótico, un nuevo punto de vista sobre la evolución” (Editorial Debate), la Dra. Margulis se propone divulgar sus ideas al público general.

Escala planetaria

En lo medular, la autora propone un mecanismo alternativo que pueda dar cuenta, desde una perspectiva evolucionista, de la forma como se crean nuevas especies. En un lenguaje ameno y didáctico se explica cómo pequeños organismos (bacterias), que han vivido en nuestro planeta desde los inicios de la vida, por medio de la capacidad de establecer relaciones simbióticas permanentes, pueden dar origen a formas complejas de vida. Su apuesta es revolucionaria, y por lo mismo rechazada por la comunidad científica, que defiende en forma acérrima a la teoría de la evolución clásica.

Pero la autora no se queda aquí, sino que extrapola sus ideas a una escala planetaria. Propone que la Tierra, el lugar en donde todas las formas vivas comparten los océanos y la atmósfera, puede ser visualizada como una gran unidad simbiótica. Esta propuesta se asemeja a la idea de Gaia, el antiguo nombre griego de la madre Tierra, teoría con la que el investigador James E. Lovelock modificó para siempre la forma de visualizar a nuestro hogar cósmico. En el año 1979, este científico independiente sugirió que nuestro planeta puede ser visto como un superorganismo vivo.

La doctora Margulis es una persona que no pasa desapercibida en los círculos académicos. Aunque sus teorías son discutidas -y a veces resistidas e incluso descalificadas-, poseen el mérito de ofrecer una explicación alternativa al fenómeno de la evolución biológica. Y en esta obra da un paso más allá, al extender sus ideas a una escala planetaria, lo cual las hace atractivas a las corrientes de pensamiento proclives a una visión más humanista de la sociedad y de mayor respeto por el medio ambiente.

2 de octubre de 2006

De cómo vamos perdiendo la sabiduría (1 octubre 2006)

Existe consenso en que una de las condiciones necesarias para transitar exitosamente por la sociedad globalizada y tecnificada propia del siglo XXI, es poseer un adecuado acceso al acervo de conocimientos que la humanidad ha acumulado a través de la historia.

Por Hugo Jara Goldenberg

Publicado en el diario El Sur, el 1 de octubre de 2006.
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No en vano estamos viviendo en la denominada era del conocimiento, cuya principal característica es el alto volumen de información que se ha acumulado en todas las áreas del saber, y la cual experimenta un crecimiento exponencial. Es tal la magnitud de los datos existentes, que es humanamente imposible estar al tanto de todos los inventos, creaciones y descubrimientos que a diario surgen de los diferentes ámbitos de nuestro quehacer.

La consecuencia de esta explosión del conocimiento es la especialización a la que se ven obligadas las personas que ejercen en las diferentes actividades de nuestra sociedad. Cada vez son más escasos esos antiguos personajes con conocimientos enciclopédicos. Han sido reemplazados por otro tipo de individuos, quienes aunque son muy competentes (incluso brillantes) en ciertas áreas o especialidades, carecen de todo conocimiento e interés por aquello que esté más allá de su esfera de acción.

¿Es necesario en nuestra moderna sociedad, ese antiguo conocimiento multidisciplinario? Qué sucede con el saber asociado a la historia universal, el arte, la filosofía y en general, todas esas disciplinas que se han asociado desde siempre al bagaje imprescindible de una persona reconocida como culta. O es quizás una situación del pasado, ya innecesaria en una época como la nuestra, saturada por volúmenes ingentes de datos, en donde se valora y privilegia, por sobre cualquier otro aspecto, a la especialización extrema de los ciudadanos.

A pesar de la tendencia en formar a las nuevas generaciones privilegiando la tecnificación por sobre la universalidad del saber, para muchos continúa siendo un anhelo, el poseer un cuerpo de conocimientos tal que les permita ser reconocidas como personas cultas. Sin embargo, son pocos quienes aceptan que ese desafío no es gratuito, y que sólo es posible de alcanzar a través de un proceso personal, gradual, de mucha lectura y reflexión, a menudo árido, que en algunos aspectos define casi una opción de vida, y en donde las retribuciones pocas veces son materiales.

Ante esta perspectiva, tan opuesta a las aspiraciones cortoplacistas y de mínimo esfuerzo de la vida moderna, no faltará quien se pregunte si existe una fórmula para transformarse en un individuo erudito de manera menos complicada. Algunos intentarán lograrlo observando la programación cultural de la televisión por cable, otros buscarán un texto o enciclopedia que ofrezca un resumen razonable, y con la menor cantidad de páginas posibles

Quiz show

En este contexto, parece calzar muy bien el libro “Breve historia de saber, la cultura al alcance de todos” (Planeta, 2006) de Charles Van Doren, cuyo título induce a pensar que estamos en presencia de un texto como el buscado. Sin embargo, no es el caso, ya que se trata de una obra que invita a la reflexión , por el expediente de recorrer la aventura de nuestra civilización, principalmente desde la perspectiva del avance y desarrollo del conocimiento y la información.

Después de una interesante introducción, en la cual se analizan las especiales características del conocimiento, en su dimensión científica, histórica e intelectual, la obra continúa con una descripción pormenorizada del desarrollo de la cultura. Así, en una secuencia cronológica vemos desfilar capítulos dedicados a la sabiduría de la antigüedad, a la explosión cognitiva del mundo griego. También se plantean interrogantes como ¿qué sabían los romanos? o ¿qué “nació” en el Renacimiento? Junto con el desarrollo del conocimiento humanista se da también, gran importancia al progreso de la ciencia y la tecnología. Asistiremos a todos los detalles que llevaron a la invención del método científico, y posteriormente al vertiginoso avance que nos trajo hasta el siglo XXI. Incluso, el autor se arriesga con algunas predicciones sobre lo que nos deparará el futuro.

Un aspecto curioso del libro, dada su temática, lo constituye su autor. Charles Van Doren es un científico y catedrático que adquirió triste fama cuando, a fines de los años 50, mientras participaba en un programa de conocimientos en la televisión norteamericana, fue descubierto en actitudes deshonestas (conocía las preguntas de antemano). El escándalo que se produjo fue de proporciones, y le significó perder su credibilidad y empleo como profesor universitario. El caso fue ampliamente conocido cuando Robert Redford lo llevó al cine (Quiz Show, 1994).

A pesar del bochorno Van Doren se recuperó y como autor ha publicado algunos libros, entre ellos “Breve historia del saber”, el cual constituye una excelente oportunidad para recorrer la historia de nuestra civilización desde una perspectiva diferente. La obra nos permite también, entender que el camino de la ciencia y la tecnología no es único para alcanzar la esquiva verdad sobre nuestra naturaleza, frágil y efímera. Y por último, nos invita a reflexionar sobre el costo que hemos tenido que asumir en aras del progreso, encontrando más sentido que nunca a T. S. Eliot, cuando en una oportunidad señaló “Dónde está la sabiduría que hemos perdido con el exceso de conocimiento, y dónde está el conocimiento que hemos perdido con el exceso de información”.

La sombra de Edgar Allan Poe (24 septiembre 2006)

Una antigua creencia, ya transformada en mito, señala que la genialidad se presenta asociada de manera casi inevitable a la locura. Muchos destacados creadores, de las más diversas disciplinas, a su innegable talento suelen acompañar comportamientos excéntricos, que a veces están en el límite del desvarío.

Por Hugo Jara Goldenberg

Publicado en el diario El Sur, el 24 de septiembre de 2006.

Este artículo también fue publicado en la revista TauZero. Ver astículo aqui.

La lista de famosos intelectuales que cruzaron la línea de la cordura es extensa. Sin mayor esfuerzo desfilan por el recuerdo gigantes de la talla del compositor Robert Schumann, la escultora Camille Claudel, los pintores Francisco de Goya y Vicent Van Gogh. y también escritores como Guy de Maupassant y Ernest Hemingway. Son tantos que una relación completa se haría interminable.

Aunque estudios científicos han demostrado que existe cierta correlación entre el talento extremo y algunos trastornos neurológicos o psiquiátricos, aún continua siendo un tema de encendidos debates si estas conductas, que sobrepasan el límite de la normalidad, son una condición necesaria para acceder al territorio de la genialidad. Ya antiguas culturas creían que los artistas eran un instrumento de los dioses, y el favor de las musas exigía un pesado tributo a los elegidos.

Hay quienes opinan que es inevitable que las personas dotadas del don de la creación, posean características emocionales especiales. Sólo gracias a su desarrollada sensibilidad pueden dar un paso más allá de lo establecido, y tienen la fortaleza para derribar paradigmas e imponer nuevas formas de pensar y sentir.

Pesadillas

Todo este preámbulo esta relacionado con el libro “La sombra de Poe” (Seix Barral, 2006) de Matthew Pearl. Se trata de una novela histórica que recrea la etapa final de la vida del escritor Edgar Allan Poe (1809-1849), ese entrañable escritor norteamericano, al que se considera el creador del cuento de terror psicológico y que dio nuevos bríos al género policial y a la literatura fantástica. Pero que, por sobre todo, se le evoca por su vida trágica, marcada por la depresión y la melancolía.

Nuestro escritor nació en el seno de una familia de cómicos ambulantes. Siendo aún un niño pierde a sus padres y es puesto al cuidado de familiares. Esta situación fue tan determinante en el desarrollo emocional del pequeño, que uno de sus biógrafos llegó a decir: “la muerte de sus seres queridos ensombreció pronto su corazón; soportó privaciones y humillaciones que habrían de ser más dolorosas para quien poseía una muy susceptible altivez de carácter”.

Después de una adolescencia difícil, plagada de malentendidos con su mentor, cumple un sueño largamente acariciado: logra publicar un volumen de poesías. Aunque se siente cómodo con la lírica, circunstancias económicas lo obligan a explorar otros géneros y comienza a escribir cuentos, obras muy cotizadas por las revistas literarias de la época.

De su pluma surgen piezas inmortales, como “El gato negro”, “La caída de la casa Usher” y “El escarabajo de oro”. Es notable que a pesar del tiempo transcurrido sus relatos no han perdido vigencia y siguen cautivando a un público devoto que valora la forma como transformó al miedo, al terror, a la noche y a la oscuridad en elementos protagónicos de las historias, y a través de los cuales fue capaz de proyectar las peores pesadillas humanas.

Su vida tuvo períodos de normalidad, pero algunas tragedias familiares como la muerte de su joven esposa y frecuentes problemas económicos provocaban el retorno de cuadros depresivos, cuyas primeras manifestaciones se remontan ya a la niñez. Una salud mental debilitada, unido a un alcoholismo descontrolado, transformaron su existencia en un tobogán que se precipitaba entre la razón y la locura.

En septiembre de 1849 decide casarse por segunda vez y celebra el acontecimiento. Pero inexplicablemente a los pocos días es encontrado semiconsciente y en condiciones físicas deplorables, según el diagnóstico médico afectado de delirium tremens. Aunque es hospitalizado, un cuadro febril incontrolable lo sume en profundas alucinaciones y fallece cuatro días después. Sus últimas palabras fueron “…que Dios ayude a mi pobre alma”.

Las circunstancias de su muerte han sido, por mucho tiempo, un profundo misterio. ¿Se trató simplemente, del triste e inevitable final de un alcohólico consuetudinario? O como en el argumento de muchos de sus cuentos, trás los hechos hay oculto un enigma. Es aquí donde interviene Matthew Pearl, quien intenta una explicación desconocida, pero a la vez verosímil, a su prematura muerte. Como es esperable en una novela, en la teoría expuesta hay mucho de especulación, pero el autor trata de ceñirse a los acontecimientos históricos de la forma más fidedigna posible.

Hay que destacar que el relato no se refiere sólo a los últimos días del escritor, y que la recreación histórica lograda es notable permitiéndonos acceder a detalles desconocidos de su vida y época. También seremos testigos de cómo la presencia de un espíritu especialmente sensible, unido al abuso del alcohol y estupefacientes, puede dar lugar a una personalidad atormentada.

El libro de Matthew Pearl, nos permitirá también reflexionar sobre el difuso límite que separa a la razón de la demencia. Edgar Allan Poe reconocía sus alteraciones mentales, pero también tenía conciencia de lo especial de su talento. Esta dicotomía lo llevó a decir “la ciencia no nos ha enseñado aún si la locura es, o no es, lo más sublime de la inteligencia”.

La parentela no reconocida del hombre (10 septiembre 2006)

Si hay algo que une e iguala a los seres humanos, es el orgullo de sentirse integrantes de una especie superior. Las elevadas manifestaciones de nuestra mente nos otorgan una supremacía incuestionable y pareciera que toda la naturaleza fue dispuesta para nuestro servicio.

Por Hugo Jara Goldenberg
Publicado en el diario El Sur, el 10 de septiembre de 2006. Ver artículo....

Todas las culturas, pasadas y presentes, han elaborado cosmovisiones que otorgan al hombre un status privilegiado. Desde tiempos inmemoriales, nuestros antepasados ya creían llevar en sí mismos la impronta de Dios. Hemos asumido, desde entonces, que fuimos puestos en este lugar cósmico de acuerdo a un plan supremo, y con atribuciones para disponer, a nuestro arbitrio, de todo lo que nos rodea; incluidos los demás seres vivos. Sin embargo, el avance del conocimiento ha propinado algunos duros golpes a la vanidad humana. En pleno Renacimiento, el astrónomo Nicolás Copérnico nos privó del privilegio de vivir en el centro del Universo. Tres siglos más tarde, el naturista Charles Darwin asestaba otra bofetada, al determinar que nuestra sustancia material no es distinta a la de los demás seres que nos acompañan en la aventura de la vida.

Pero a pesar de estas contrariedades, las elevadas manifestaciones de nuestra mente, nos otorgan capacidades tan exclusivas, que seguimos actuando como la especie dominante de la creación. Desde la noche de los tiempos, el límite que separa a los seres humanos del resto de los animales ha sido tan evidente, que incluso nuestra moral se ha adecuado para sentir y actuar de esa manera. Cuando nos relacionamos con las especies inferiores, operan consideraciones éticas y legales distintas, las que no dejan espacio para conceptos como la compasión y el derecho.

Aunque siempre han existido personas que, de una u otra manera han abogado por un mejor trato a todos los seres vivos -de inmediato se nos viene a la mente la imagen de San Francisco de Asís-, la sociedad no da a su discurso más valor que la manifestación de personas especialmente sensibles. Y a pesar de que quienes gustan de los animales y disfrutan de mascotas pueden dar fe que muchas veces estas criaturas manifiestan comportamientos que implican un grado superior de inteligencia; no es prueba suficiente para dudar de lo establecido. Parece evidente que los animales no poseen la capacidad de razonar y su conducta obedece exclusivamente al instinto. Por supuesto que es imposible que tengan algún grado de conciencia y menos que puedan acceder al habla, esa maravillosa herramienta humana que parece tener un rol determinante en el desarrollo de las capacidades cognitivas superiores.

Primos hermanos

Pero la ciencia, con sus estudios sobre el comportamiento animal, parece que modificará drásticamente esta milenaria forma de entender la naturaleza humana y su relación con los demás animales. En las postrimerías del siglo pasado, un grupo de científicos realizó experimentos con algunos grandes simios. Un capítulo importante de esta investigación fue el trabajo de Roger Fouts, un profesor de psicología de la Universidad Central de Washington. De su experiencia de más de treinta años estudiando el origen de la inteligencia y el lenguaje, y de la constatación que algunos primates pueden llegar a comunicarse fluidamente con nosotros, ha publicado, con la colaboración de Stephen Tukel Mills, el libro “Primos hermanos, lo que me han enseñado los chimpancés acerca de la condición humana” (Ediciones B).

Se trata de una obra muy emotiva, que a la amplitud de los conocimientos científicos, agrega la profundidad de los sentimientos y las emociones. En la introducción nos enteramos que la infancia del autor transcurrió en el campo, lo cual le permitió desarrollar una gran empatía con la naturaleza y los animales. Después de terminar la Universidad, logra postgraduarse en un área poco cotizada: la psicología experimental, encargada del estudio de los animales en cautiverio. Como una forma de financiar sus estudios, se le ofrece un trabajo de media jornada que consiste en intentar la comunicación con un primate. Sería el ayudante de un matrimonio de investigadores que habían adoptado a una joven hembra de chimpancé, llamada Washoe. El objetivo del experimento era enseñarle a hablar con las manos, utilizando el lenguaje de signos americano (ASL).

Esta experiencia fue determinante en Fouts, no sólo porque definió su futuro profesional, sino también por la estrecha relación afectiva que desarrolló con la pequeña chimpancé. A partir de ese momento se transformó en incansable defensor de la causa de los animales.

El demostrar que los chimpancés poseen capacidades intelectuales y afectivas que los acercan al ser humano, le significó enfrentar a una parte importante de la comunidad científica y poner en riesgo su futuro como investigador. Muchos de sus colegas insisten en dar un trato despiadado a cientos de chimpancés que son encerrados en jaulas y sometidos a crueles torturas. En nombre de la ciencia, y bajo el eufemismo de experimentos necesarios, no se duda en violentar la dignidad de seres, que en la escala evolutiva son nuestros primos hermanos.

A través de un relato conmovedor, seremos testigos de la lucha que muchas personas están dando por los derechos de los grandes simios. También tendremos la oportunidad de reflexionar sobre nuestra condición humana y la responsabilidad que nos asiste en el cuidado y respeto de todas las formas de vida, y de la naturaleza en general.

¿Es la vida un juego? (3 septiembre 2006)

¿Quién no ha disfrutado en algún momento de su vida de los juegos? desde el punto de vista de la psicología éstos tienen una importancia que va más allá de lo lúdico. En los niños son fundamentales en el desarrollo de habilidades cognitivas y sociales. En el caso de los adultos funcionan como modelos de fenómenos del mundo real, en los cuales hay que superar situaciones de conflicto, estableciendo estrategias de competencia y también de colaboración.

Por Hugo Jara Goldenberg
Publicado en el diario El Sur, el 3 de septiembre de 2006.

En las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, los científicos John Von Neumann y Oskar Morgenstern crearon la teoría de juegos para explicar la lógica de ciertas actividades humanas. Este cuerpo de conocimientos se elaboró para resolver problemas de Economía, disciplina en la cual el éxito o fracaso de cierta acción, depende de manera importante de la estrategia elegida, y ésta va a estar condicionada al conocimiento de las decisiones tomadas por cada uno de los agentes (jugadores) participantes.

En alguna de estas interrelaciones (juegos), de naturaleza fundamentalmente competitiva, el triunfo de uno significará irremediablemente la derrota del otro, son los llamados juegos de suma cero. El ajedrez, el fútbol y la mayoría de los enfrentamientos deportivos más conocidos, son de esta categoría. Pero existen otros tipos de juegos, generalmente con muchos participantes, en los cuales el éxito depende de estrategias colaborativas, más que competitivas. Aquí, el triunfo de uno no implica necesariamente la derrota de los otros, pudiendo existir muchos ganadores, o perdedores. Son los llamados juegos de suma no nula.

La teoría de juegos se ha hecho muy popular y actualmente se utiliza no sólo en aquellas disciplinas que intuitivamente asociamos con la Economía, los números y las probabilidades, sino también en otras, relacionadas con el comportamiento social y hasta en la biología. No cabe duda, que se ha transformado en una de las ramas de las matemáticas aplicadas de mayor desarrollo en los últimos decenios y muchos científicos de frontera están trabajando en el tema. La mejor muestra de ello, es que en el año 2005 los investigadores Robert J. Aumann y Thomas C. Schelling recibieron el Premio Nóbel de Economía, por un trabajo que ayudó a una mejor compresión de los conflictos y la cooperación mediante el análisis de esta teoría.

A la vuelta de la esquina

Tratándose de una herramienta tan exitosa y que se puede utilizar en casi todos los ámbitos del quehacer humano, es natural que surja la inquietud si es también aplicable a los procesos que han determinado el desarrollo de la humanidad. O planteado de otra forma ¿es nuestra moderna sociedad la consecuencia de la aplicación a gran escala, de esas leyes? Esto es lo que creen algunos pensadores y que el escritor científico Robert Wright, plantea en el libro “Nadie pierde, la teoría de juegos y la lógica del destino humano” (TusQuets Editores, serie Metatema, 2005).

En la introducción, el autor junto con explicar de manera muy didáctica la naturaleza de la teoría de juegos, plantea una hipótesis atrevida. Señala que la evolución biológica y social que se ha alcanzado, ya entrado el siglo XXI, obedece a un destino; en otras palabras, postula que la historia de la humanidad sigue una dirección predeterminada. Una afirmación de esta naturaleza, hecha en un contexto científico, inevitablemente provoca una sensación de desasosiego y expectación, que invita a la lectura, más aún cuando Wright asegura que es posible explicar esa dirección en la vida, desde un punto de vista material y científico.

A continuación, la obra se centra en una descripción detallada de la historia de la humanidad. Así, en un recorrido cronológico, visitamos los diferentes estadios por los que ha transitado la civilización. Se analizan hitos importantes de ese avance, tales como el desarrollo de la tecnología, las formas de gobierno, las guerras y otras que determinaron el curso de los acontecimientos. En base a estos antecedentes el autor justifica la concepción de una evolución social. Posteriormente, se hace un recorrido similar, pero considerando el desarrollo de la vida orgánica, visualizándola bajo el prisma de la evolución darwiniana, pero siempre desde la perspectiva de los conceptos de la teoría de juegos.

La última parte, se transforma en una suerte de síntesis, en donde el autor expone en profundidad su hipótesis de que la humanidad, mediante un proceso evolutivo, tanto biológico como social, se dirige a una meta. Y con respecto a ese destino final, especula si acaso “no tenemos a la vuelta de la esquina, una especie de culminación social, política e incluso moral”. Wright intenta por todos los medios posibles, evitar explicaciones místicas o religiosas y recurre con frecuencia al pensamiento de científicos y filósofos del pasado, que ya anticiparon ideas como las suyas.

La proposición del autor es atractiva, pero al mismo tiempo muy controversial. Aunque es evidente que la complejidad de las estructuras biológicas y sociales aumenta con el paso del tiempo, interpretar ese progreso como el avance hacia un fin predeterminado, parece ser una especulación demasiado audaz. Pero aún así, se trata de un libro interesante que nos permitirá analizar los alcances de la clásica Teoría de la Evolución, bajo una visión más humanista y también si se quiere, más espiritual.

La escuela de medicina (27 agosto 2006)

Existen personajes históricos que han tenido una influencia tan significativa en el desarrollo de algunas áreas del conocimiento, que sus nombres se han transformado en un referente de ciertas profesiones. Como ejemplo podemos mencionar a Galeno, uno de los más grandes cirujanos de la antigüedad.

Por Hugo Jara Goldenberg

Publicado en el diario El Sur, el 27 de agosto de 2006.


Nos ha correspondido vivir en un período histórico condicionado como nunca antes, por la omnipresencia de la ciencia y la tecnología. A diario surgen descubrimientos e inventos que están modificando de manera importante la forma de vida de la sociedad. Aunque estos avances acarrean algunos inconvenientes y dificultades, que consideramos propios e inevitables de los nuevos tiempos, nadie puede cuestionar que la calidad de vida de la que gozamos hoy no resiste comparación con respecto al pasado.

Pero de los muchos avances, hay consenso en que son aquellos que se han dado en el área de la medicina, los que en mayor medida han contribuido a mejorar el bienestar de la humanidad. Los actuales estándares de la ciencia médica, aunque aún insuficientes y perfectibles, son tan distintos a los del pasado, que cuesta imaginar cómo fue la vida siglos atrás. Basta considerar que sólo hasta hace unas pocas décadas, nuestros padres y abuelos se enfrentaban a muchas enfermedades y padecimientos corporales ya superados y a una menor expectativa de vida.

Sin embargo, a pesar de tantas carencias y limitaciones en el ámbito sanitario, nuestros antepasados no sólo sobrevivieron, sino que fueron capaces de desenvolverse adecuadamente, permitiendo el avance de la civilización. En ello, jugaron un papel destacado algunos personajes que establecieron modelos de medicina que, aunque muy distintos y primitivos a los ojos actuales, acompañaron y ayudaron durante siglos a la humanidad.

Uno de estos médicos destacados de la antigüedad, fue Claudio Galeno, que vivió en el siglo II de nuestra Era, y una buena oportunidad para conocerlo lo constituye la lectura del libro “El médico del Emperador” (Ediciones B, 2005), de la escritora e historiadora alemana Tessa Korber. La obra, aunque es una novela histórica, se presenta como una autobiografía. Así, en primera persona, Galeno inicia un relato pormenorizado de su azarosa vida, marcada por constantes viajes e interminables estudios que lo transformaron en un referente de la medicina occidental por más de un milenio.

Autor fecundo

A través de una narración muy amena, nos enteramos que nació en la ciudad de Pérgamo, en la actual Turquía. Fue hijo de una familia acomodada y desde pequeño mostró interés por muchos temas. Pero finalmente se dedicó al estudio de la medicina, y para ello acude e estudiar a Alejandría, el mayor y más prestigioso centro de enseñanza de la época. Su genio indiscutido le permite absorber todos los conocimientos de su tiempo, pero su carácter rebelde lo transforma en un discípulo díscolo, que entra en permanentes conflictos con sus profesores. Al regreso a su ciudad natal, se desempeña durante algunos años en la escuela de gladiadores, la que se transforma también en el mejor centro de aprendizaje práctico para el joven médico, ya que le permite adquirir gran experiencia en el tratamiento de muchos tipos de traumatismos y heridas.

Posteriormente viaja a Roma, en donde ejerce su profesión en las cortes de los emperadores Marco Aurelio, Lucio Vero, Cómodo y Septimio Severo. Su gran cercanía a la autoridad, lo transforma en un testigo privilegiado de los secretos de palacio. Ese conocimiento le permite entregarnos una descripción descarnada de la vida de los gobernantes; la cual abunda en detalles que permiten comprender las luchas, traiciones e intrigas, en base a las cuales se tejía el entramado del poder.

El relato incluye la descripción de muchos procedimientos médicos. Y Galeno, un maestro en el manejo del escalpelo, nos demuestra, una y otra vez, su fama de experto cirujano. También son destacables sus recetas para elaborar medicinas, no en vano es reconocido como uno de los precursores de la farmacología, y uno de sus preparados más exitosos, la triaca, fue utilizado hasta el siglo XVIII.

En lo formal, Galeno fue heredero del conocimiento de Hipócrates, pero creó un método propio, basado principalmente en la experiencia. Hizo muchas disecciones, lo que le permitió importantes avances en el conocimiento de la anatomía y la fisiología. Además fue un autor fecundo, ya que publicó cientos de tratados en donde explicaba sus descubrimientos y procedimientos curativos.

Para muchos, Galeno fue uno de los más grandes médicos de todos los tiempos. Sin embargo, su forma de entender el funcionamiento de la naturaleza y del cuerpo humano, tan alejada de los conocimientos actuales, hacen legítimo cuestionar si es válido ese honor. En su momento, fue el médico más destacado del mundo grecorromano, y sus procedimientos curativos dieron origen a un paradigma de medicina que acompañó a nuestra civilización durante más de trece siglos. Sólo con el advenimiento del Renacimiento, y la irrupción de personajes como Paracelso y Vesalio, que incorporaron nuevas formas de hacer medicina, su teoría y métodos fueron desplazados.

La novela de Tessa Sorber constituye una excelente oportunidad para conocer mejor a este notable personaje, y de paso comprender las razones que explican su influencia en el desarrollo de la medicina, y entender por qué hemos llegado a transformar su nombre en sustantivo, pues hoy el término “galeno” en sinónimo de médico.

En elefantes hacia Roma (20 agosto 2006)

Pocos personajes históricos despiertan tanta admiración y respeto como Aníbal, el legendario general cartaginés, que puso en jaque a la mismísima ciudad eterna. Es tanta su fama, que con propiedad ocupa un lugar destacado en el olimpo reservado a los más grandes genios militares de todos los tiempos.

Por Hugo Jara Goldenberg

Publicado en el diario El Sur, el 20 de agosto de 2006.
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Quienes disfrutan de la historia antigua y de las grandes hazañas militares, evocan con admiración a Aníbal Barca, el general de Cartago, que al mando de un ejercito de más de cien mil hombres, marchó hacía la península itálica cruzando los Pinineos y los Alpes, para enfrentar a las poderosas fuerzas romanas, e inflingirles la más humillante derrota. Pero ¿quién fue realmente este personaje?, ¿cuál fue su origen?, ¿cómo fue su final?

La búsqueda de respuesta a éstas y muchas otras interrogantes no es una tarea fácil, ya que como muchas veces ocurre, el recuerdo de los grandes personajes, suele estar envuelto en una nebulosa, conformada por una mezcla de hechos reales, mitos y otras deformaciones que terminan configurando una imagen, que muchas veces está muy alejada de la realidad. Para acercarse a esa esquiva verdad es necesario profundizar en las circunstancias de los personajes del pasado, y en esa tarea parece inevitable recurrir a los áridos textos académicos oficiales. Pero existe otra alternativa, que desde hace algún tiempo se ha consolidado como una forma más entretenida de acercarse a los avatares del ayer: la novela histórica. En el caso del general cartaginés, acaba de llegar a nuestras librerías una excelente obra que nos permitirá indagar en aspectos poco conocidos de su vida. Se trata de “Aníbal, el orgullo de Cartago” (Ediciones B, 2005), de David Anthony Durham.

Nos encontramos en el año 220 A.C. y Aníbal está de campaña en Hispania, continuando la misión iniciada por su padre, Amílcar Barca. El objetivo de esta expedición es conquistar territorios; ricos en yacimientos minerales y estratégicos desde el punto de vista político y militar. La novela se inicia con el asedio y conquista de Arbocala (actual Toro de Zamora). Después de este éxito los ojos del general se dirigen a Sagunto (actual capital de la comarca de Camp de Morvedre, provincia de Valencia).

Hasta este momento Roma ha permitido que Cartago incursione en Hispania, a pesar de las prohibiciones y limitaciones que, como potencia vencedora ha impuesto al término de la primera guerra púnica. Pero cuando Aníbal amenaza a Sagunto, los romanos interviene ya que se trata de un pueblo aliado. Los cartagineses asedian y finalmente conquistan la ciudad (219 A.C.), con el claro propósito de provocar al Imperio y encender la chispa de la guerra.

Vocación de familia

El general cartaginés, con una osadía inaudita, decide realizar una guerra ofensiva y llevar el conflicto al territorio enemigo. En una travesía épica, se dirige a la península itálica por la ruta más difícil: conduce a su ejército a través de terrenos abruptos y montañas. Sufre grandes pérdidas, 70.000 de sus soldados quedan en el camino, pero llega a su destino. Durante once años hará la guerra y vencerá, una y otra vez a los romanos, siempre en inferioridad de condiciones, pero teniendo de su lado una capacidad militar inigualable, que le permite aprovechar al máximo las posibilidades tácticas y estratégicas que visualiza en cada enfrentamiento.

A través de un relato muy convincente, nos transformamos en testigos privilegiados de los hechos y circunstancias que van tejiendo la trama de este período de la historia, en donde al igual que ahora, las oscuras maquinaciones del poder político y económico, sobrepasan a los protagonistas. Lo cual, en cierta forma, explica las razones que impidieron que el gran general concretara sus muchos triunfos en una victoria definitiva sobre su eterno rival.

Y por supuesto que la historia de Aníbal, no puede ser contada sin considerar a su familia: los Barca (que significa rayo en lengua púnica). Esta dinastía militar fue instaurada por Amílcar y continuada por sus cuatro hijos, todos quienes tienen un lugar destacado en el relato. Del mismo modo, podemos conocer en detalle la evolución del pensamiento militar del joven cónsul romano Publio Cornelio Escipión quien, cual aventajado discípulo, fue aprendiendo de la estrategia militar de Aníbal, y terminó derrotándolo en su propio territorio.

En la parte final del libro, se incluye una relación histórica de lo que sucedió con el general, después de su derrota definitiva. Aunque Cartago se pudo recuperar y Aníbal ejerció el poder durante algunos años, fue obligado a huir, sirvió como mercenario a otros reinos y terminó suicidándose, siendo ya un anciano.

Un aspecto destacado del libro, que para algunos puede ser sólo un detalle, es la presencia de un mapa que permite relacionar a la cartografía fenicia de la época, con los pueblos y ciudades actuales, lo cual nos da la posibilidad de comprender mejor el curso de los acontecimientos bélicos. También se agradece la referencia bibliografía utilizada por el autor, la cual constituye una excelente guía para profundizar en el tema.

El autor concluye recordándonos que su obra no es más que una novela, en la que abundan las situaciones de ficción, las cuales aportan el suspenso y la emoción requeridos por este género literario. Pero el hilo conductor es fiel a los acontecimientos del pasado, lo que permite al lector acceder de manera entretenida a este interesante período de la Historia Universal.