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30 de diciembre de 2008

Chile, capital mundial de la astronomía

La transparencia y sequedad de sus cielos hacen a nuestro país especialmente atractivo para el estudio profesional del Espacio. A nivel internacional es considerado un referente indiscutido en esa disciplina científica.

Por Hugo Jara Goldenberg


Este artículo fue publicado en la revista de ciencia ficción y divulgación científica
TauZero Ver artículo aquí


Las insuperables condiciones atmosféricas presentes en las zonas cordilleranas de las primeras regiones de nuestro país, han llevado a la instalación de algunos de los proyectos astronómicos más importantes a nivel internacional, transformando a Chile en una potencia astronómica mundial, considerando la cantidad de modernos observatorios emplazados en su territorio.

Diversas instituciones académicas estadounidenses y europeas operan grandes telescopios, desde los cuales se han hecho algunos de los más trascendentales descubrimientos astronómicos de las últimas décadas, y en los que han participado muchos profesionales chilenos; pero no sólo astrónomos, sino también una gran cantidad de ingenieros y técnicos de diversas disciplinas.

Sin embargo, la falta de una cultura científica y el escaso conocimiento que la población tiene sobre temas del Espacio no se condice con la importancia y trascendencia de la base tecnológica instalada y con los conocimientos de frontera que a diario surgen de esos centros de investigación.

Pero una mejor comprensión de los misterios del cosmos, no sólo es importante desde la perspectiva de la cultura general, sino que también lo es porque está comprobado que el estudio de los cielos tiene la particularidad de acercar a las personas a una dimensión más humana y espiritual de la existencia. Y es que el levantar la vista hacia las estrellas, lleva a plantear preguntas trascendentes como: ¿qué es la vida?, ¿cómo se creó al Universo?, ¿cuál será su destino? y muchas otras, que inevitablemente invitan a pensar y a reflexionar, y que contribuyen ciertamente a la formación de seres humanos más íntegros.

Por otra parte, es oportuno recordar que la anhelada aspiración de vivir en una sociedad más justa, no se alcanza sólo con el acceso igualitario a todos los beneficios materiales que reporta la vida moderna. Para llegar a construir un Mundo mejor, es necesario también lograr la democratización y humanización del conocimiento científico y tecnológico, pero lamentablemente este aspecto del desarrollo de la humanidad se descuida y no se le otorga la importancia y valorización que merece.

Afortunadamente en el año que se acerca tendremos la oportunidad de mejorar en parte, esta situación de divorcio que existe entre quienes generan el conocimiento y crean la tecnología que caracteriza a la civilización del siglo XXI, y el público general que pasivamente utiliza dicho saber, pero que no lo comprende.

Esto porque el 2009 ha sido designado por las Naciones Unidas, como el Año Internacional de la Astronomía. (AIA 2009). A raíz de esto, en todo el planeta se sucederán una serie de eventos que intentarán llevar el conocimiento astronómico al ciudadano común, resaltando a una disciplina contemplativa, que tiene la particularidad de ser una de las más antiguas cultivadas por la especie humana y que tanto ha influido en el desarrollo de la sociedad.


Y por supuesto que nuestro país no estará ajeno a esta celebración y el Nodo Chileno del Año Internacional de la Astronomía será el encargado de organizar y coordinar la ejecución de una larga serie de actividades que se desarrollaran a lo largo y ancho del territorio, con las cuales se buscará cumplir con el objetivo de “Que todos los miembros de la sociedad chilena puedan conocer y valorar la astronomía y sus ciencias hermanas, e inspirarse con las maravillas del universo, reconociendo que la calidad de nuestros cielos nos hace un país astronómico por excelencia”.

24 de diciembre de 2008

Procedimientos científicos del pasado

El vertiginoso avance de la ciencia y la tecnología ha condenado al desuso, y al olvido, a incontables procedimientos científicos del pasado. Sin embargo algunos de ellos resultaron ser tan determinantes en el avance de la civilización, que vale la pena rescatarlos del viejo baúl de los recuerdos.

Por Hugo Jara Goldenberg

A propósito del artículo Galileo y el problema del cálculo de la Longitud algunos lectores me han manifestado su asombro por la original e ingeniosa solución propuesta para un asunto, antaño inabordable, pero que ahora se resuelve de manera muy sencilla con la moderna tecnología satelital. Y con todos mis interlocutores hemos concordado en que después de conocer este curioso, y a la vez desconocido, episodio de la historia de la ciencia, tiene sentido el preguntarse por cuántos otros experimentos y observaciones realizadas por grandes investigadores del pasado, han sido desde hace ya mucho tiempo olvidados por la historia oficial.

Con el constante (y ahora vertiginoso) desarrollo de la ciencia y la tecnología, resulta inevitable que las técnicas de observación y experimentación sean permanentemente superadas y reemplazadas por otras más modernas. Así, muchos procedimientos científicos considerados relevantes en algún momento histórico, fueron irremediablemente condenados al desuso, y en consecuencia al olvido. Sin embargo algunos de ellos resultaron ser tan determinantes en el avance de la civilización, que vale la pena rescatarlos del viejo baúl de los recuerdos. Pero no sólo por un afán lúdico o romántico, sino porque al revivirlos será posible entender de mejor forma la evolución del conocimiento humano, y además porque podremos volver a sentir la emoción que embargó a aquellos grandes científicos, cuando idearon y realizaron exitosamente esos cruciales experimentos.

Conciente de la importancia de rescatar algunos de estos episodios, y también del inmenso valor formativo que su conocimiento tiene en los jóvenes que se inician en el estudio de la ciencia, he incluido en los talleres de astronomía que, desde hace un par de años he estado dictando en colegios y liceos, la recreación de algunos de estos grandes experimentos del pasado.

Estas actividades, que se desarrollan como parte de los trabajos prácticos que complementan los contenidos teóricos de los talleres, son muy bien recibidas por los alumnos, quienes con mucho entusiasmo participan en su resolución.

A continuación se describen algunos de estos experimentos:

1. Determinar el diámetro de la Tierra repitiendo la medición hecha por Eratóstenes (273-192 a.C.) hace 2200 años.

Eratóstenes fue un filósofo, que se destacó en todas las áreas del conocimiento de su época. Fue director de la legendaria Biblioteca de Alejandría y es famoso por haber llevado a cabo el primer cálculo del tamaño de la esfera terrestre.

2. Observar características topográficas de la Luna y efectuar algunas mediciones, tales como calcular el diámetro de cráteres o determinar la altura de montañas, utilizando el método ideado por Galileo Galilei.

Cuando Galileo utilizó por primera vez un telescopio para observar los cielos, uno de los cuerpos que más lo maravilló fue la Luna. Pudo observar en su superficie montañas, cráteres y valles. Movido por la curiosidad se dio a la tarea de determinar las dimensiones de esos accidentes geográficos, utilizando un procedimiento simple e ingenioso, fácilmente reproducible con nociones básicas de geometría.

3. Observar el movimiento retrógrado de los planetas, idealmente del planeta Marte.

Los planetas poseen un movimiento curioso: en algún momento de su trayectoria, retroceden describiendo un rizo en el cielo. El astrónomo danés Tycho Brahe (1546-1601) estudio y registró, a ojo desnudo, durante muchos años (antes de que se inventara el telescopio) el movimiento del planeta Marte. Sus observaciones fueron utilizadas por el astrónomo alemán Johannes Kepler (1571-1630) para determinar las leyes del movimiento de los planetas.

4. Observar que el planeta Venus presenta fases (igual que la Luna) y explicar cómo ese fenómeno sirvió a Galileo Galilei para confirmar el modelo heliocéntrico de Copérnico.

De todas las observaciones y descubrimientos que hizo Galileo cuando observó los cielos con el telescopio, el más relevante fue el constatar que Venus presentaba fases. De inmediato se percató de que dicho fenómeno sólo se podía presentar en un esquema en el cual los planetas giran en torno al Sol, y con Venus en una órbita más cercana al Astro Rey que la Tierra. Esta fue la confirmación observacional del modelo heliocéntrico de Nicolás Copérnico.

5. Determinar la medida de la “longitud” (coordenada terrestre) mediante la observación de los eclipses de las cuatro principales lunas de Júpiter (Io, Europa, Ganímedes y Calisto), utilizando el método ideado por Galileo Galilei.

Este método es descrito en detalle en el artículo Galileo y el problema del cálculo de la Longitud.

6. Calcular la velocidad de rotación del Sol por medio de la observación de las manchas solares.

Para la observación del Sol se utilizará un telescopio especial, construido por los propios estudiantes, que permite visualizar de manera segura al Astro Rey. Se trata de un aparato de proyección, no observación directa, con el cual se perciben las manchas solares. Al observar durante varios días el desplazamiento de dichas manchas, se puede determinar la velocidad de rotación del Sol.

No merecen ser olvidados

Es importante señalar que cada uno de estos ejercicios es desarrollado como un proyecto formal, en el cual se aplica rigurosamente el método científico. También se respetan, en la medida de lo posible, las condiciones tecnológicas que existían en el momento en que fueron ideados y se utilizan conceptos de matemáticas y física en un nivel asequible a los estudiantes de Enseñanza Básica y Media.

De la experiencia acumulada en la repetición de estos experimentos se pude destacar el entusiasmo de los estudiantes y la profunda emoción que provoca en ellos, el sentirse protagonistas del proceso de creación del conocimiento. También aprenden a valorar de una forma distinta el aporte de algunos de los más grandes científicos de todos los tiempos. Pero tan importante como lo anterior, la realización de estas actividades permite mantener vivos antiguos conocimientos y técnicas, que en algún momento fueron relevantes en el avance de la civilización y que por lo mismo no merecen ser olvidados.

31 de octubre de 2008

Galileo y el cálculo de la Longitud

Durante siglos, la necesidad de conocer con precisión las coordenadas geográficas en la superficie terrestre, constituyó uno de los principales desafíos científico/tecnológicos de Occidente. Era tan urgente encontrar una solución, que las mentes más brillantes no dudaron en buscar la respuesta. Incluso Galileo Galilei, el padre de la ciencia moderna, sorprendió con una curiosa propuesta.

Por Hugo Jara Goldenberg

Este artículo fue publicado en la revista de divulgación astronómica Argo Navis 
de diciembre de 2008.

Durante la Era de la Exploración (siglos XV, XVI y XVII) una de las principales preocupaciones de las potencias europeas era el poder acceder de manera rápida y segura a sus colonias de ultramar (a objeto de llevar al viejo continente la mayor cantidad de riquezas posible). Sin embargo la navegación a través de mar, entonces la única forma de viajar a esos lejanos lugares, era en extremo riesgosa, no sólo por los imprevistos climáticos y otros avatares que acechaban a los imponentes, pero a la vez frágiles navíos, sino porque no era posible establecer con seguridad la posición de las embarcaciones una vez que se alejaban de la costa. Después de largas jornadas de navegación en alta mar, era muy fácil perder el rumbo y ni siquiera la experiencia de los capitanes y navegantes más avezados, era garantía para que los convoyes, cargados de tesoros, llegaran sanos y salvos a su puerto de destino.

En esa época la ciencia de la cartografía estaba en pleno desarrollo, y en los aún imperfectos mapas, se utilizaba el sistema de coordenadas de Longitud y Latitud que todos conocemos. El valor de la latitud se podía establecer, ya entonces, con bastante precisión observando la posición del Sol y las estrellas, por medio de instrumentos como el astrolabio. Pero la otra coordenada, la Longitud, era imposible de determinar cuando los navíos se encontraban en alta mar. En el mejor de los casos sólo se le podía estimar, con márgenes de error tan amplios, que en la práctica no servía de nada, y los navegantes debían recurrir a su experiencia e intuición para calcular la posición de las embarcaciones en medio del océano.

El desconocimiento de la Longitud fue causa de incontables naufragios, con pérdidas de miles de vidas humanas y flotas enteras, pero también de los valiosos cargamentos en mercancías y metales preciosos que iban a bordo. Así las cosas, el problema de calcular la Longitud pasó a ser un asunto de Estado, tanto para las potencias imperiales como para los países dedicados a la navegación y el comercio. Era tanto lo que estaba en juego, que su determinación se transformó en el gran desafío tecnológico de la época, y los gobiernos no tardaron en ofrecer importantes premios a quienes encontraran una solución. Pero tan atractivo como el premio en dinero, lo era el honor y la fama que obtendría quien diera con la solución, por lo que las mentes más brillantes de entonces, no dudaron en enfrentar el problema.

Los relojes y la Longitud

Dado que la Longitud es una coordenada cuya medida se asocia a los meridianos, los cuales acompañan al movimiento de rotación de la Tierra, era natural que la forma de calcularla fuera por medio de los relojes. El asunto se ve sencillo, si a bordo de la embarcación se llevan dos relojes, uno con la hora local, y el otro con la hora del puerto de zarpe (cuya Longitud es conocida), entonces basta con comparar, en cualquier momento, la diferencia horaria entre ambos relojes, para calcular la posición en que se encuentra la embarcación, asumiendo que a cada hora de diferencia, corresponden 15º de Longitud.

Sin embargo, el gran problema era que entonces no existían relojes capaces de mantener con precisión, después de días de navegación, la hora del puerto de origen. El movimiento del mar, los cambios de temperatura y la humedad alteraban de tal modo los mecanismos mecánicos de los relojes, que éstos se adelantaban o atrasaban de manera incontrolable, perdiendo la valiosa hora de comparación. Con respecto a la hora local, con ella no había problema ya que los relojes de a bordo se podían calibrar cada día a mediodía, cuando el Sol se encontraba en el cenit (sobre sus cabezas).

La solución demoró mucho tiempo en llegar. Recién a mediados del siglo XVIII un desconocido y autodidacta fabricante de relojes, llamado John Harrison (1693-1776) inventó el cronómetro marino. Este instrumento, una joya de la tecnología mecánica, poseía una precisión tal, que funcionaba durante semanas con desvíos de sólo unos pocos segundos, y no se veía afectado por las rigurosas condiciones presentes en alta mar. Una vez que el invento fue reconocido, el cronómetro marino pasó a ser un instrumento esencial en toda embarcación, y gracias a él, los capitanes y navegantes ya nunca más tendrían que adivinar su posición en medio del océano. John Harrison se transformó en una celebridad, y pudo cobrar, no sin dificultades, el importante premio que el gobierno inglés había ofrecido a quien finalmente resolviera el problema de la Longitud.

La búsqueda de la Longitud en los cielos

En el intertanto (no olvidemos que la solución de Harrison tardó siglos en llegar), hubo muchos que intentaron someter a la indomable Longitud por medio de los astros. Se propusieron diversos métodos que pretendían, en función de las posiciones relativas de las estrellas con respecto a objetos de trayectoria conocida como la Luna, fijar la posición exacta del observador en la superficie de la Tierra. Sin embargo dichos procedimientos, si bien teóricamente podían funcionar, en la práctica resultaban inaplicables.

Y también Galileo Galilei (Pisa,1564 – Florencia,1642), el famoso físico, matemático, astrónomo y filósofo italiano, propuso un curioso método estelar para el cálculo de la Longitud. Pero antes de explicar su propuesta, es necesario recordar que en el año 1609 Galileo observó por primera vez los cielos con un telescopio. Con un primitivo instrumento fabricado por él mismo, hizo descubrimientos asombros: vio cráteres y montañas en la Luna; fases en el planeta Venus; Manchas en el Sol, unas protuberancias que rodeaban a Saturno (por lo limitado de su telescopio no fue capaz de identificar los anillos de ese planeta) y también observó a cuatro pequeñas lunas que orbitaban veloz e incansablemente en torno al gigante Júpiter.

Galileo Galillei estudió durante meses el movimiento de estos cuatro objetos y tabuló sus órbitas, calculando con gran precisión el momento en que cada una de dichas lunas desaparecían tras la sombra de Júpiter (determinó que se producían alrededor de mil ocultamientos al año). Pero al pisano, que no fue sólo un gran científico sino también un reconocido tecnólogo, se le ocurrió una original idea para calcular la Longitud, utilizando como reloj estelar, a los periódicos eclipses jovianos.

Su propuesta era muy simple, si se registraban en un almanaque los instantes esperados (fecha y hora) de los ocultamientos, visibles para un lugar determinado (que es considerado como meridiano cero), entonces bastaba con observar dichos eclipses en cualquier otro sitio de la Tierra y comparar la hora local del fenómeno con la señalada en el almanaque, para determinar con exactitud el valor de la Longitud.

Pero Galileo, como brillante inventor (ver el artículo Galileo Galilei: científico, ingeniero e inventor), no se quedó sólo en la idea, sino que creó el Celatone, un extraño casco-máscara provisto de un pequeño telescopio en uno de los orificios oculares. La idea era que los marinos utilizaran dicho casco para observar a Júpiter y sus lunas. Con el ojo desnudo apuntarían al brillante planeta, y a continuación con el otro ojo (el que tenía el telescopio) podrían observar la danza de los satélites y registrar el momento preciso de los ocultamientos.

Galileo presentó su invento a diversos gobiernos, pero fue rechazado ya que resultaba poco práctico de utilizar a bordo de una embarcación. De partida Júpiter no es visible durante todo el año, tampoco durante el día, ni en condiciones de mal tiempo. Y aún teniéndolo a la vista, sería muy difícil observar y cronometrar los ocultamientos de sus lunas desde una cubierta sometida al vaivén de las olas.

Sin embargo, algunos años después de su muerte, el novedoso procedimiento fue finalmente reconocido, pero no para calcular la Longitud en el mar, sino para determinarla en tierra firme. A mediados del siglo XVII, los principales reinos europeos encargaron a sus cartógrafos y topógrafos que redibujaran los mapas entonces en uso, con el fin de conocer la verdadera extensión de sus dominios. Y la técnica elegida para determinar con precisión la Longitud fue el método de Galileo. Por ello, a partir del año 1650 muchos astrónomos se dedicaron a estudiar con el mayor detalle posible, los eclipses de las lunas de Júpiter, ya que mientras más exactas fueran las tablas de ocultamientos, más precisas serían también las coordenadas calculadas en la superficie terrestre.

Un astrónomo que se destacó en esta tarea fue Giovanni Domenico Cassini (Génova, 1625 – Paris, 1712), quien desde su puesto de Director del Observatorio de Paris dirigió a un equipo de investigadores dedicados exclusivamente a la calibración del esos lejanos eclipses, a fin de redibujar el mapa de Francia, tarea que le fue encargada por el Rey Luis XIV. Y fue en el curso de ese trabajo que un miembro del grupo, el astrónomo danés Ole Römer (1644-1710) se percató de una situación extraña: cuando la Tierra se encontraba más cerca de Júpiter, los ocultamientos se anticipaban a lo calculado; y al contrario, cuando ambos planetas se encontraban más alejados entre sí, dichos ocultamientos se retrasaban. La conclusión a la que llegó fue que esa diferencia se debía a la velocidad de la luz, la cual determinó que era, en valores actualizados, de 298.000 km/s. Gracias a ese hallazgo este astrónomo danés se hizo famoso, y aunque todos aprendimos en el colegio que Römer fue el primero en determinar en el año 1675 un valor para la velocidad de luz, pocos saben que hizo ese trascendental descubrimiento mientras aplicaba el método de Galileo para el cálculo de la Longitud.

Los sistemas de posicionamiento por satélite

Hoy en día calcular con precisión las coordenadas de cualquier punto de la superficie de la Tierra es casi un juego de niños. La tecnología de posicionamiento global a través de satélites GPS (EEUU) es cada vez más popular y son incontables los artefactos de uso doméstico que lo incorporan. Y por supuesto que dichos receptores GPS ya forman parte del instrumental estándar de cualquier vehículo terrestre, marítimo o aéreo, siendo en la actualidad casi imposible extraviar el rumbo.

Sin embargo, a muchos países les incomoda el depender, en un aspecto tan estratégico, de una tecnología norteamericana y que además es en esencia una aplicación militar que, en cualquier momento, puede ser suspendida o limitada para el ámbito civil (se sabe que a propósito se genera degradación en las señales de uso público). Por ello Rusia construyó su propio sistema de posicionamiento llamado Glonass, China posee el sistema conocido como Beidou y la Comunidad Europea también está implementando una tecnología similar.

El sistema europeo utilizará un conjunto de 30 satélites, y será una aplicación exclusivamente civil, aunque se complementará con los sistemas ya existentes. Se comenzó a desarrollar en el año 2000 y se espera que esté plenamente operativo alrededor del 2010-2015.

Cuando los europeos buscaron un nombre para su sistema de posicionamiento satelital, no tuvieron que pensarlo mucho. Después de conocer el aporte del famoso científico italiano a la determinación de las coordenas geográficas terrestres desde los cielos, resulta natural comprender por qué esa moderna constelación de satélites ha sido bautizada como Sistema Global de Navegación por Satélite GALILEO. Como pocas veces, no se pudo haber rendido un homenaje más justo y merecido.

1 de octubre de 2008

La llegada del turismo espacial


Cuando el 4 de octubre de 1957, la ex Unión Soviética puso en órbita al Sputnik I, el primer satélite artificial de la historia, se dio inicio a la conquista del Espacio, epopeya científico tecnológica que permitió materializar un sueño que desde tiempos inmemoriales había embriagado la imaginación de la humanidad: Viajar hacia las estrellas.

Por Hugo Jara Goldenberg

Este artículo fue publicado en la revista de divulgación astronómica ARGO NAVIS de octubre de 2008.

En los comienzos de la conquista del Cosmos las expectativas eran muchas, en sólo una década después de los primeros lanzamientos de satélites, se pudo llegar a la Luna y era natural que el futuro se vislumbrara promisorio. Una película del año 1968 (2001, Una Odisea del Espacio), reflejando muy bien el entusiasmo de esa época, hacía referencia al entonces lejano inicio del siglo XXI, como la culminación de la presencia del ser humano en el Espacio. Se suponía que en ese mítico año 2001 sería común pasar las vacaciones en hoteles en órbita terrestre o en bases lunares y también se podría viajar en forma rutinaria a otros planetas.


Sin embargo, hasta ahora, la realidad de la conquista del cosmos se ha dado de manera muy distinta a como se imaginaba en sus inicios. De partida, llama la atención que el privilegio de llegar al Espacio ha estado reservado exclusivamente a un pequeño puñado de individuos, en su mayoría experimentados pilotos militares, así como también científicos o ingenieros de primer nivel. En ambos casos se trata de personas con una formación académica, entrenamiento y estado de salud, tanto físico como psicológico, excepcionales, requisitos todos, que están muy lejanos de las posibilidades del ciudadano típico. Ante este escenario, tan restrictivo y excluyente, cabe preguntarse acerca de cuáles son las verdaderas posibilidades que tienen las personas comunes y corrientes, de viajar al Espacio y concretar así las expectativas que con tanto entusiasmo se publicitaban hace ya medio siglo.

Los primeros pasajeros

En el año 2001 la comunidad internacional se sorprendió con la noticia del viaje al Espacio del norteamericano Dennis Tito, quien desembolsó 20 millones de dólares por un asiento en una nave rusa Soyuz que lo llevó a un paseo de una semana en la Estación Espacial Internacional (ISS). Aunque posteriormente los rusos han llevado a otros pasajeros (todos ellos multimillonarios), no se puede considerar a estas estadías en órbita en torno a la Tierra como el advenimiento de la era del turismo espacial. En primer lugar, por el alto costo del boleto que lo torna inalcanzable para la mayoría, y también por la posición contraría de los otros países socios de la ISS, quienes rechazan a este tipo de viajes, por considerar que aquellos pasajeros constituyen un riesgo y un estorbo para las actuales misiones, las cuales son de carácter netamente científico.

Pero afortunadamente, al menos para aquellos soñadores que están dispuestos a hacer realidad el ancestral anhelo de llegar a las estrellas, algunos operadores privados están desarrollando tecnologías y promocionando vuelos espaciales turísticos a personas que, como usted o como yo, no son multimillonarios y nada tienen que ver con el perfil del astronauta profesional.

Líneas Aéreas Espaciales

Una de las principales motivaciones para desarrollar tecnologías aeroespaciales que permitan llevar pasajeros civiles al Espacio, es de orden económica. Encuestas realizadas en países del primer mundo, señalan que más del 60% de las personas estarían interesadas en tomar un tour espacial, y para el año 2010 se espera una demanda de miles de potenciales viajeros. Y ante este mercado tan atractivo, era inevitable que surgieran inversionistas interesados en explotar el negocio.

De momento, al menos siete compañías se encuentran poniendo a punto sus aeronaves, esperando realizar los primeros vuelos comerciales dentro de un par de años, y algunas de ellas ya están ofreciendo pasajes a través de agencias de viajes. Incluso en Chile, una conocida empresa del rubro ofrece un paquete turístico espacial, y ya algunos compatriotas disponen de un boleto para viajar a partir del año 2010.

La Línea Aérea Espacial que lleva la delantera es Virgin Galactic con su vehículo SpaceShip Two, la cual tiene el antecedente de haber realizado ya vuelos fuera de la atmósfera terrestre. La versión anterior de la nave que utiliza actualmente esta compañía ganó el premio Anzari X Prize, establecido para la primera aeronave espacial civil que pudiera salir fuera de la atmósfera y regresara aterrizando como un avión convencional (para efectos de definir lo que es un vuelo espacial, la Nasa señaló como límite los 100 kilómetros de altitud). Efectivamente, en el año 2004 la nave SpaceShip One fue llevada hasta una altitud de 15 kilómetros por un avión nodriza. Después de desprenderse de la nave madre, encendió sus motores cohete y ascendió hasta superar los 100 kilómetros, para posteriormente regresar y tomar tierra normalmente. Su piloto fue la primera persona particular en ganar las alas de astronauta, lo que también sucederá con los futuros pasajeros que realicen el viaje, quienes, además de una medalla y trofeo conmemorativo, recibirán un certificado que acreditará su estatus de viajeros espaciales.

Pero hay que aclarar que no se trata (por ahora) de vuelos orbitales de circunvalación del globo terráqueo, como los que realizan habitualmente los astronautas que viajan en los transbordadores espaciales norteamericanos, en la Estación Espacial Internacional o en las naves espaciales rusas y chinas. No, los vuelos que se están ofreciendo son de naturaleza suborbital, en los cuales el vehículo asciende en la vertical hasta un nivel que sobrepasa los 100 kilómetros, describe una parábola y posteriormente desciende. Durante la culminación del vuelo, el pasajero podrá percibir la curvatura de la Tierra, observar la oscuridad del Espacio exterior, y lo más importante: experimentará por algunos minutos la sensación de ausencia de peso (flotará dentro de cabina). Se estima que el viaje completo tomará entre dos y tres horas.

Nueva reglamentación

La presencia, ya inevitable dentro de un par de años, de personas comunes y corrientes en el Espacio, está obligando a los gobiernos a establecer un marco regulatorio adecuado. En estos momentos las autoridades competentes de EEUU y Europa se encuentran abocadas a la tarea de definir una normativa que defina los requisitos legales, técnicos y de impacto ambiental que deberá satisfacer esta incipiente industria.

Del mismo modo se están determinando los requisitos de salud que deberán cumplir los potenciales pasajeros, después de todo las condiciones a que se verán expuestos en las fases más críticas del vuelo (despegue y reentrada a la atmósfera) implicará soportar varias veces la fuerza normal de Gravedad. Debido a esto seguramente habrá restricciones para personas con padecimientos cardíacos, males congénitos, embarazadas, y en general con todas aquellas dolencias o estados que puedan comprometer la salud del pasajero, o la seguridad del resto de la tripulación y del vuelo mismo.

Pero para tranquilidad de los posibles interesados, hay que aclarar que el chequeo médico no será nada fuera de lo común, y se espera que la mayoría de los candidatos con salud normal, podrán sortearlo sin dificultad. Sin embargo hay un pero, y éste no es otro que el financiamiento, ¡el valor del pasaje es de US$200.000,00 por persona!

Es de esperar que, con el acelerado desarrollo que experimenta la tecnología aeroespacial y con la fuerte competencia que se establecerá entre las diversas compañías que participarán en el negocio, los precios disminuyan de manera significativa, permitiendo así que más personas puedan asomarse a los cielos y observar a nuestro hogar cósmico desde los límites mismos del Espacio exterior.

Los riesgos de ir al Espacio

Sin embargo, es necesario tener presente que este tipo de paseos (vuelos suborbitales) distan mucho de aquellos con los que se soñaba en los inicios de la Era espacial, con largas jornadas (de semanas o meses) alejados del planeta Tierra. Por ahora, los verdaderos viajes espaciales continuarán siendo un privilegio exclusivo de los astronautas profesionales. Esto porque están aún en estudio los efectos biológicos de la estancia prolongada en el Espacio -se sabe que las personas que permanecen por mucho tiempo en ambientes de microgravedad sufren un deterioro físico importante-. También está el peligro asociado a permanecer fuera del escudo protector de la atmósfera terrestre, lo que se traduce en una exposición permanente a la fuerte radiación que procede del Espacio exterior, y que potencialmente pueden generar diferentes tipos de cáncer. Por último, se deben mencionar los altos riesgos inherentes a una actividad que se desarrolla en condiciones de esfuerzo límite, tanto desde el punto de vista de la fisiología de los tripulantes, como de la tecnología de las aeronaves que los transportan. No olvidemos que sólo en accidentes de los Transbordadores Espaciales norteamericanos han muerto 14 astronautas.

Por lo tanto, mientras los viajes al Espacio continúen siendo en extremos riesgosos, las personas comunes y corrientes tendremos que conformarnos con los tímidos paseos que ofrece la novel industria del turismo espacial. Seguramente estos vuelos suborbitales constituyen un primer paso, hasta que en décadas futuras la tecnología aeroespacial permita la presencia masiva de seres humanos en el Espacio. Después de todo, el afán por conquistar y colonizar el cosmos pareciera estar en nuestros genes, y debe ser porque -como dijera el precursor de la astronáutica Konstantin Tsiolkovsky- “El planeta Tierra es la cuna de la inteligencia, pero no se puede vivir eternamente en la cuna”.

Ver video con vuelo simulado del SpaceShip Two

30 de agosto de 2008

Stephen Hawking y la Teoría del Todo




Por Hugo Jara Goldenberg

Este artículo fue publicado en la revista de divulgación astronómica Argo Navis de agosto de 2008.


También fue publicado en la revista  TAUZERO. Ver artículo aquí.

En cada época del devenir de la humanidad han existido personas excelsas que se han destacado por sobre el resto de sus congéneres. Así, innumerables gobernantes, religiosos, héroes militares, artistas y deportistas, entre otros, han ganado un espacio entre los escogidos. E incluso, algunos de ellos, aún en vida, se vieron ya envueltos por una aureola de leyenda e inmortalidad.

Y aunque para muchos pueda parecer sorprendente, también entre estos destacados de todos los tiempos figuran algunos científicos. Por supuesto que la lista no es muy extensa, y entre ellos encontramos a personajes de la talla de Galileo Galilei, Isaac Newton y Albert Einstein. Cada uno de ellos, fueron ampliamente reconocidos y admirados en el seno de su sociedad. En nuestra época ese lugar lo ocupa, de manera indiscutida, Stephen Hawking, el renombrado físico teórico inglés, especialista en relatividad general y mecánica cuántica, y uno de los principales protagonistas de la búsqueda de la Teoría del Todo.

Hawking, además, es un destacado escritor, divulgador científico y un exitoso conferencista que convoca a multitudes en todos los lugares donde se presenta. Su aparición frecuente en los medios de comunicación, lo ha transformado, por lejos, en el científico más popular y reconocido entre el público general, rivalizando en fama incluso con muchos gigantes del espectáculo y Jet Set internacional. Esto a pesar que el tema de sus estudios científicos es en extremo complejo y abstracto, pero, aún más, a pesar de padecer un mal invalidante (esclerosis lateral amiotrópica) que lo tiene postrado en una silla de ruedas, privado de casi todo movimiento y también de la voz (se comunica a través de un sintetizador controlado por un computador instalado en su silla de ruedas).

La enfermedad se le detectó a los veinte años, cuando iniciaba sus estudios de doctorado, afortunadamente, y a pesar de los pronósticos pesimistas, el avance de la dolencia fue lento. Esto le permitió formar una familia y en el plano profesional completar sus estudios y comenzar a consolidar una indiscutida fama como cosmólogo. Sus estudios se enfocaron en encontrar la escurridiza Teoría del Todo, es decir elaborar un modelo matemático que compatibilice a la Relatividad General con la Mecánica Cuántica. En esa, hasta ahora infructuosa, búsqueda estudió el fenómeno de los agujeros negros, e hizo un descubrimiento sorprendente. Resulta que esos exóticos objetos estelares, finalmente no son tan oscuros como se pensaba, y sí pueden emitir alguna forma de energía, la que ahora es conocida como la radiación de Hawking.

Cuando se le diagnosticó la enfermedad, su expectativa de vida era de un par de años, sin embargo ya largamente superados los sesenta años de edad, vemos que continúa en plena actividad intelectual, investigando, escribiendo libros de divulgación, dictando conferencias, y también viajando por el mundo, además de vivir experiencias extremas como sentir la ausencia de peso (en vuelos parabólicos en aviones especialmente acondicionados) y viajar a la antártida.

Al observar el fenómeno comunicacional “Hawking”, es inevitable que surja la pregunta: ¿cómo es que un científico puede transformarse en una estrella de los medios masivos? La respuesta no es sencilla, y es claro que su fama no se debe sólo al reconocimiento piadoso que se brinda a una persona genial, cuyo brillante intelecto se encuentra prisionero en un cuerpo martirizado. No, seguramente, ese gran público que lo ha transformado en un ícono de la ciencia, intuye que detrás de que lo que él investiga hay algo trascendente. No en vano, Hawking ha dicho que en el momento en que se descubra la fórmula matemática de la Teoría del Todo (la meta de sus afanes), se conocerá finalmente la mente de Dios.

31 de julio de 2008

Galileo Galilei: científico, ingeniero e inventor


Por Hugo Jara Goldenberg

Este artículo fue publicado en el Boletin Achaya de julio de 2009, de la Asociación Chilena de Astronomía y Astronáutica.

Con frecuencia se percibe a la ciencia y a la tecnología como actividades similares, responsables ambas, del vertiginoso avance del conocimiento de la humanidad y del progreso material que caracteriza a la vida moderna. Sin embargo, se trata de dos disciplinas diferentes, tanto en su forma como en su esencia. La ciencia es una actividad humana que centra sus esfuerzos en el descubrimiento de las leyes que gobiernan a la Naturaleza, a diferencia de la tecnología, la cual utilizando el conocimiento que genera la ciencia, crea aplicaciones concretas que permiten el desarrollo de la humanidad.

Por tratarse de dos actividades diferentes pero cercanas, es inevitable que surja la discusión acerca de cuál de las dos es más importante. Incluso muchos profesionales de ambas áreas se afanan en destacar la relevancia de su propio quehacer, como lo hacía Theodor von Kármán (ingeniero aeronáutico norteamericano de origen húngaro) quien acuñó una frase célebre que refleja esa supuesta rivalidad: “el científico descubre lo que es; el ingeniero crea lo que nunca ha sido”. Pero la controversia sobre la preeminencia de alguna de ellas carece de sentido, ya que lo relevante es que ambas disciplinas se complementan, y son las dos, trabajando en conjunto, las que permiten el avance de la civilización.

Por otra parte, y a pesar de las claras diferencias que existen entre la ciencia y la tecnología, muchas veces la frontera que las separa no es muy evidente. Así, es posible ver a tecnólogos haciendo descubrimientos y a científicos realizando inventos, aunque esta dualidad actualmente no es un hecho frecuente, debido al alto nivel de especialización que ha alcanzado el conocimiento humano. Pero en los orígenes de la ciencia moderna (a partir del siglo XVII) la situación era distinta. En esa época era habitual que los científicos, filósofos de la naturaleza como se les llamaba entonces, tuvieran que inventar sus propias herramientas para abrirse camino en ese desconocido territorio que comenzaban a explorar. Basta con recordar a Isaac Newton y su telescopio reflector, a Christian Huygens y su reloj de péndulo o la calculadora universal de Gottfried Wilhelm Leibniz, entre innumerables otros ejemplos.

El genio de Galileo Galilei

Sin embargo, entre los pioneros de la ciencia hay un caso especial, y este corresponde a Galileo Galilei (1564-1642). Este físico, matemático, astrónomo y filósofo italiano, unánimemente considerado el fundador de la física experimental (quizá si el primer científico moderno), fue también un brillante ingeniero e inventor. Y lo que resulta particularmente interesante es el hecho que muchas de sus invenciones no estaban circunscritas a la esfera de su quehacer científico inmediato (como ocurría con sus otros colegas), sino que correspondían a creaciones para uso cotidiano, destinadas a facilitar la vida de las personas.

Galileo Galilei nació en Pisa, en el seno de una familia más bien modesta, y desde pequeño se destacó no sólo por su brillante inteligencia, sino también por poseer una gran creatividad y un innegable talento para las actividades manuales. A los once años de edad, cuando estuvo internado como alumno en la abadía de Santa María di Vallombrosa, se entretenía arreglando relojes y otros artilugios mecánicos. Esta habilidad lo acompañará por el resto de su vida y lo transformará - junto con alcanzar las más altas cimas del saber en las ciencias físico-matemáticas - en un fecundo inventor. Una balanza hidrostática (bilancetta) que medía la densidad de fluidos y metales; un mecanismo hidráulico que permitía elevar el agua para facilitar el riego, el termoscopio (antecesor del termómetro); la transformación del "tubo mágico" inventado por los holandeses en el telescopio; nuevas herramientas y formas de trabajo en los arsenales de Venecia, entre muchas otras realizaciones, son un muestra de su extraordinario talento creativo.

Inventos notables

Sin embargo, de todas sus invenciones hay dos que se destacan de manera especial. Uno de ellos, a la vez curioso y poco conocido, fue el Celatone, un extraño casco-máscara provisto de un pequeño telescopio (dispuesto en uno de los orificios oculares) destinado a observar al planeta Júpiter, y que permitía calcular la Longitud terrestre, mediante el cronometraje de los eclipses de las cuatro principales lunas jovianas (Io, Europa, Ganímedes y Calisto). Estos satélites fueron descubiertos por Galileo utilizando el telescopio, y después de estudiar su movimiento durante meses, pudo determinar con tanta precisión sus órbitas y eclipses, que podían ser utilizados como candelas estelares, para el cálculo horario necesario en la determinación de la Longitud terrestre (El método ideado por Galileo para determinar la Longitud mediante el Celatone, será explicado en un próximo artículo).

El otro invento relevante fue el Compás Geométrico Militar un instrumento que permitía hacer cálculos matemáticos (se puede considerar un lejano antecesor de nuestras calculadoras). Se trataba de un compás de dos brazos, con varias escalas graduadas que permitían realizar una infinidad de operaciones aritméticas y geométricas. Fue tal el éxito de este instrumento que junto con patentarlo, lo produjo comercialmente, contratando a un operario que trabajaba a tiempo completo en su fabricación. Además dictaba cursos para enseñar su manejo y publicó un manual para explicar su uso. Con gran olfato comercial y publicitario, regaló el Compás a gobernantes y a encumbrados personajes, dándolo a conocer en otros países, lo que redundó en un incremento importante en las ventas y en la demanda por capacitación. Pero el éxito del Compás despertó el apetito de inescrupulosos, lo que envolvió a Galileo en una ácida disputa legal, cuando fue acusado de plagio por un ex alumno que intentó apropiarse de su invención. Afortunadamente en la corte triunfó la verdad, y el verdadero plagiador fue expulsado de la ciudad y obligado a pagar las costas del proceso.

A la luz de todos estos antecedentes, vemos que la aguda genialidad de Galileo Galilei excedía con creces al plano exclusivamente científico, destacándose también como un preclaro ingeniero e inventor. Y por desenvolverse con propiedad y excelencia en ambos mundos, en justicia, no sólo debe ser reconocido como el fundador de la ciencia moderna, sino también como uno de los precursores de la moderna tecnología.

30 de junio de 2008

El evento Tunguska, a cien años de una colisión estelar

El 30 de junio de 1908 un objeto cósmico explotó sobre una lejana e inhóspita región de Asia Central. El suceso, que devastó un amplio territorio, afortunadamente casi deshabitado, es un recordatorio dramático de las amenazas que provienen del Espacio.

Por Hugo Jara Goldenberg

Este artículo fue publicado en el Boletín ACHAYA de agosto de 2008, de la Asociación Chilena de Astronomía y Astronáutica.

La Tierra es un lugar de características especiales en donde, no sólo pudo surgir y prosperar la vida, sino también evolucionar seres inteligentes. Para nosotros, la especie dominante del planeta, la existencia transcurre generalmente de manera apacible y, dada nuestra breve escala temporal de vida, nos asiste la sensación de habitar en un lugar seguro e inmutable, esto a pesar de que a diario las noticias, que llegan de todos los rincones del mundo, informan de fenómenos naturales inusualmente violentos como olas de calor, sequías prolongadas, violentas tormentas e inundaciones, además de erupciones volcánicas, terremotos y maremotos.

Estos eventos naturales nos recuerdan que, definitivamente, nuestro planeta no es un lugar tan tranquilo, e incluso el incremento de algunos de estos desastres, que tanto cuestan en términos económicos y de vidas humanas, han puesto en el tapete el llamado cambio climático global, fenómeno de consecuencias impredecibles en el destino, no sólo de la civilización, sino también de nuestro hogar cósmico.

Pero este no es el único peligro al que se enfrenta la Tierra, además existe el riesgo de sufrir el impacto de objetos estelares, como cometas o asteroides. En el pasado colisiones cósmicas de ese tipo fueron responsables de cambios dramáticos en el clima del planeta y de la extinción masiva de muchas especies, como la desaparición de los dinosaurios, ocurrida hace 65 millones de años, debido a la caída de un cuerpo espacial en la península de Yucatán, en México.

En la actualidad un evento cósmico de esa naturaleza se considera muy improbable, ya que estadísticamente se debería esperar el impacto de un objeto del tamaño suficiente (varios kilómetros de diamétro) para provocar un daño significativo a nivel planetario, cada cien mil años. Sin embargo, en la mañana del día 30 de junio del año 1908, hace ya cien años, una gigantesca bola de fuego atravesó los cielos de la lejana Siberia (territorio ruso) y explotó a gran altitud sobre el valle de Tunguska (coordenadas 60°55” N, 101°57” E), en lo que a todas luces fue la caída de un objeto estelar.

Debido a lo desolado e inhóspito del territorio (con muy pocos habitantes) no hubo muchos testigos directos y, afortunadamente, tampoco un número significativo de víctimas fatales. Sólo algunas tribus nómades de pastores de renos presenciaron estupefactos la descomunal explosión. Asimismo el evento fue captado indirectamente desde lugares más alejados, como en una estación sismológica ubicada a 800 km del epicentro, y que lo percibió como un terremoto. Pueblos ubicados a cientos de kilómetros de la zona cero, observaron un resplandor luminoso en esa mañana veraniega y fueron afectados por la onda expansiva de la detonación. Ciudades alejadas a miles de kilómetros, como Moscú y San Petersburgo, también sintieron la onda de choque, y durante semanas inusuales fenómenos atmosféricos fueron reportados desde países como Alemania, Inglaterra, Holanda, España, e incluso EEUU.

Dada la situación socio-política de la Rusia Zarista (ya se estaban iniciando los movimientos sociales que concluirían años más tarde con la revolución bolchevique y el posterior establecimiento del régimen soviético), no hubo oportunidad de investigar oficialmente lo sucedido, y sólo después de más de una década de ocurrida la catástrofe, se organizó la primera expedición científica al lugar de los hechos. Afortunadamente, y a pesar del tiempo transcurrido, el sitio del suceso permanecía casi inalterado, debido a lo frío del clima y los pocos habitantes de la zona.

Lo que los primeros investigadores soviéticos observaron los dejó perplejos. Una amplia zona (de más 2000 kilómetros cuadrados) totalmente arrasada, con extensas zonas boscosas calcinadas y los árboles derribados, siguiendo un patrón circular y radial, desde el centro de la explosión.

Posteriormente, sucesivas expediciones permitieron realizar un estudio pormenorizado del área afectada, además de entrevistar a testigos y sobrevivientes. Con todos esos antecedentes se pudo aventurar una hipótesis que explicara lo sucedido. Un cuerpo de entre 50 y 80 metros de diámetro, proveniente del Espacio exterior, se precipitó hacia la superficie de la Tierra. Viajando a 80000 km/h, atravesó la atmósfera en un ángulo de 30° sobre el horizonte, desintegrándose gradualmente a medida que se desplazaba por el cielo matutino, y dejando un reguero luminoso visible desde miles de kilómetros a la redonda, acompañado de un rugido ensordecedor. Finalmente los restos del bólido explotaron sobre la región de Tunguska a más 7,5 km de altitud. La energía liberada en la explosión se calcula entre 3 y 5 megatones (equivalente a cientos de bombas atómicas como la que destruyó la ciudad japonesa de Hiroshima, durante la Segunda Guerra Mundial).

Cometa o asteroide

Desde el momento mismo del desastre, se inició el debate acerca de la naturaleza del bólido. ¿Fue un cometa o un asteroide? El jefe de la primera expedición, el geólogo Leonid Kulik, estaba convencido que se trataba de un asteroide, y lo primero que hizo al llegar al centro de la explosión fue buscar el cráter de impacto respectivo. Sin embargo, no se encontró ninguno, lo cual dio fuerza a la hipótesis del cometa, ya que éstos, por su constitución material (son conocidos como bolas de nieve sucia, por estar compuestos por polvo y hielo) se desintegrarían totalmente sin dejar vestigios.

Pero la opción del asteroide no está totalmente descartada, ya que en la zona se han encontrado altas concentraciones de restos microscópicos de metales que están presentes principalmente en lo asteroides (como iridio y níquel), e incluso investigadores de la Universidad de Bolonia (Italia), después de efectuar estudios geomagnéticos en la zona del epicentro, aseguran haber dado con el cráter, el cual estaría alejado algunos kilómetros del lugar buscado inicialmente, y correspondería a un lago que no existía antes de 1908. Por otra parte, los modelos computacionales con los cuales se intenta recrear el evento, no arrojan resultados concluyentes. Tanto un cometa como un asteroide pueden provocar un fenómeno catastrófico como el que ocurrió en la lejana estepa siberiana, hace ya un siglo.

¿Volverá a ocurrir?

Después de 4500 millones de años desde su formación, nuestro Sistema Solar es un lugar razonablemente ordenado, con los planetas y otros cuerpos principales siguiendo órbitas estables y predecibles. Sin embargo, millones de pequeños objetos, remanentes de la formación del sistema planetario, vagan por el Espacio en la forma de asteroides y cometas. Estos cuerpos, debido a su pequeño tamaño y a la influencia gravitacional de los objetos mayores, poseen órbitas mucho menos predecibles y algunos de ellos, en algún momento, pueden entrar en rumbo de colisión con nuestro planeta.

Aunque las estadísticas nos señalan que es poco probable la ocurrencia de fenómenos de esta naturaleza, en escalas de tiempo de miles de años, la amenaza de un impacto cósmico es real. Ya ha pasado muchas veces en la historia de la Tierra, y es inevitable que vuelva a suceder, por lo tanto lo importante no es la pregunta ¿volverá a ocurrir?, sino saber qué hacer en el momento en que sepamos cuándo y dónde se verificará el siguiente choque; ya que si un cuerpo de modestas dimensiones como el que explotó en Tunguska (menos de cien metros) causó tal nivel de devastación, no es difícil imaginar lo que ocurriría, a nivel planetario, si nos enfrentamos a un objeto de varios kilómetros de diámetro.

Conciente de este peligro, la comunidad científica internacional tiene en marcha una serie de proyectos (dotados de telescopios y satélites) tendientes a estudiar las órbitas de aquellos objetos que se puedan transformar en un riesgo. Del mismo modo se están desarrollando tecnologías para enfrentar un probable choque, y que permitirán destruir o desviar al cometa o asteroide amenazante. En el éxito de estos proyectos está en juego mucho más que el orgullo por un nuevo logro científico-tecnológico, en definitiva de estos modernos sistemas de defensa espacial dependerá, eventualmente, la supervivencia del ser humano, de su civilización, e incluso del planeta Tierra.

31 de mayo de 2008

Leonardo da Vinci y la astronomía


Por Hugo Jara Goldenberg

Este artículo fue publicado en el Boletín ACHAYA de agosto de 2009, de la Asociación Chilena de Astronomía y Astronáutica.


El Renacimiento es uno de los períodos de la Historia de Occidente más recordados e idealizados; pero esa evocación, romántica a veces, no se explica sólo por el importante aporte que esa época hizo al establecer los cimientos de los tiempos modernos, sino que también, y principalmente, por la gran cantidad de personajes que, en las más variadas disciplinas, destacaron por su sublime producción artística e intelectual.

Pero de entre todos los creadores de ese período, sin lugar a dudas, sobresale Leonardo da Vinci (1452-1519), quien por su saber multidisciplinario, es considerado unánimemente el prototipo del Hombre Renacentista. Era pintor, escultor, músico, arquitecto, ingeniero, constructor de máquinas de guerra, geógrafo, cartógrafo, urbanista, anatomista y biólogo, entre muchos otros oficios y profesiones. Además fue el precursor de la ciencia moderna, al utilizar, como principales herramientas para el estudio de la Naturaleza, la observación sistemática y la experimentación.

Por todo aquello, no es extraño que Leonardo incursionara en los territorios de la astronomía; después de todo, también los cielos y sus misterios forman parte de aquella Naturaleza cuyos secretos intentaba develar. En primer lugar, comprendió que nuestro planeta, la Tierra, era uno más de muchos mundos existentes en el Cosmos y que, al igual que la Luna, refleja la luz proveniente del Sol. Esta idea, ahora tan evidente, fue enunciada en una época en que la cosmovisión oficial, basada en la filosofía aristotélica, explicaba que nuestro planeta tenía una composición material distinta a la del resto del Universo. También fueron importantes sus estudios e interpretación del efecto de la Luna en las mareas, y consideró ese movimiento de las aguas en muchos de sus proyectos hidráulicos.

Sin embargo, la contribución más importante a la astronomía fue la comprensión de un fenómeno que, desde tiempos inmemoriales, había intrigado a quienes observaban los cielos, y que se conoce como la luz cenicienta de la Luna. Dicha luminosidad, que se presenta cerca de la fase de Luna Nueva, y es más notoria durante los primeros días del creciente (aunque también se puede observar al final del menguante, de madrugada), consiste en un sutil resplandor que ilumina aquella parte del disco lunar que no recibe la luz solar, y que por lo mismo no debería ser visible desde la Tierra.

Durante siglos se propusieron diversas teorías para explicar este hecho, algunas tan descabelladas como suponer que la Luna estaba constituida de un material traslúcido que permitía ver, pálidamente, la cara opuesta iluminada. Pero finalmente, alrededor del año 1508, Leonardo pudo describir correctamente a ese misterioso, y hermoso, espectáculo natural. Estudiando el fenómeno de la luz y la sombra, comprendió que son los rayos del Sol, reflejados en la Tierra, los que iluminan tenuemente a nuestro satélite. Es decir, es la superficie terrestre (funcionando cual un gigantesco espejo) la que refleja la luz del Astro Rey, y la proyecta sobre aquella parte de la Luna donde es de noche.

Aunque más de alguien pudo haber especulado antes sobre la causa de este fenómeno (incluso se menciona que Nicolás de Cusa lo explicó de forma parecida), se reconoce a Leonardo da Vinci como la primera persona que documentó de manera convincente la solución, esto a pesar de que dichas conclusiones sólo fueron conocidas años depués de su muerte, cuando se revisaron y estudiaron sus manuscritos. Las siguientes láminas corresponden a parte del trabajo sobre las sombras de la Luna, en donde el maestro explica el fenómeno de la luz cenicienta. Estos bocetos forman parte del Códice Leicester, que es un cuaderno de notas de 36 folios, el cual además incluye estudios sobre hidráulica y el movimiento de aguas (actualmente este Códice es propiedad de Bill Gates, quien lo adquirió en 31 millones de dólares).






El vuelo y la astronáutica.

También Leonardo da Vinci puede ser considerado un lejano precursor de la astronáutica (disciplina científica y tecnológica fuertemente hermanada con la astronomía), ya que antes de poder cumplir el sueño de viajar hacia las estrellas, la especie humana tuvo que concretar otro anhelo largamente acariciado: dominar el arte del vuelo. Y aquí es indiscutible el aporte pionero que hizo a la ciencia que ahora conocemos como aerodinámica. Sus estudios sobre el vuelo de las aves y el diseño de máquinas voladoras anticiparon, en centurias, conceptos y tecnologías que permitieron que el Hombre, a partir del siglo XX, iniciara la conquista del aire, y posteriormente del Espacio.

En homenaje a este Genio del Renacimiento, y en especial por su contribución a la astronomía y a la ciencia del vuelo, se bautizaron con su nombre a un cráter lunar (de 37 kms. de diámetro y ubicado cerca del ecuador selenita) y a un asteroide (el N° 3000) que orbita entre los planetas Marte y Júpiter. Y uno de los contenedores utilizados para transportar componentes y experimentos hacia (y desde) la Estacion Espacial Internacional (ISS) es el Módulo Logístico Multipropósito Leonardo.

Así, el nombre de uno de los más grandes Genios de la humanidad está también presente en los cielos y, como un recordatorio permanente de su principal aporte a la astronomía, durante algunos días de cada mes tenemos la oportunidad de presenciar un fenómeno natural único. En un juego cósmico de luces y sombras, un brillo tenue y fantasmal (que acompaña a los delicados y luminosos cuernos de la Luna Creciente en el atardecer) completará el disco lunar. Cuando lo vea, ahora que conoce su explicación, sabrá porqué muchos lo llaman el Resplandor de Da Vinci.

30 de abril de 2008

Arthur C. Clarke, profeta de la exploración espacial

Existen hombres de letras que, gracias a su prosa visionaria, no sólo son reconocidos en el mundo literario, sino que se transforman en figuras relevantes en el desarrollo científico y tecnológico de su época. Un ejemplo notable de esta dualidad, lo vemos en la figura de Sir Arthur C. Clarke, el destacado autor inglés, fallecido a los 90 años de edad, el pasado 19 de marzo.

Por Hugo Jara Goldenberg

Un extracto de este artículo fue publicado en la revista de divugación astronómica Argo Navis (Nº 19)

Arthur C. Clarke será, con justa razón, recordado como uno de los más grandes escritores de ciencia ficción del siglo XX. Su extensa carrera literaria se inició en los años 40, y de su pluma surgieron muchos cuentos y novelas que han cautivado a sucesivas generaciones de lectores quienes, a través de sus relatos, han soñado con las fantásticas posibilidades que ofrece la conquista del Espacio.

Sin embargo, y a diferencia de otros escritores del género, con algunos de los cuales rivalizó en fama, su obra excedió el ámbito de la mera fantasía, y su quehacer se proyectó también de manera relevante en los territorios de la ciencia oficial. Así, es ampliamente reconocido su rol como educador y divulgador del conocimiento científico entre la comunidad. Y, del mismo modo, se le recuerda por el aporte que hizo, en ideas pioneras a la astronomía y la astronáutica, disciplinas que en la segunda mitad del siglo pasado se desarrollaban rápidamente.

Ya en los inicios de su carrera literaria, se destacó por presentar en sus relatos tecnologías que posteriormente se transformarían en realidad. En 1945, cuando faltaba más de una década para el inicio de la conquista del Cosmos, escribió un artículo en el cual describe un satélite artificial que, orbitando a gran altitud, podría girar a una velocidad angular igual a la de la Tierra, logrando así el efecto de permanecer fijo sobre un punto de la superficie terrestre. Se trata de los llamados satélites geoestacionarios, importantes ingenios espaciales que son, en la actualidad, elementos claves en la industria de las telecomunicaciones (con tres de estos artefactos, es posible dar cobertura de comunicaciones a todo el planeta). En homenaje a quien los inspiró, la zona del Espacio en la cual se desplazan estos satélites, es conocida como Órbita de Clarke.

Pero su momento de fama, sin lugar a dudas, llegó cuando escribió el guión para la película 2001, una odisea del Espacio (basado en El Centinela, un relato breve suyo, del año 1948). Junto al Director Stanley Kubrick, lograron dar vida a un film de ciencia ficción insuperable el cual, a pesar de los cuarenta años transcurridos desde su filmación, aún mantiene plenamente vigente su mensaje futurista y encanto visual. Después del éxito de la apuesta audiovisual, Clarke escribió la novela con el mismo nombre, la que se transformó también en un éxito de ventas.

Cuando se produjo el estreno de la película, en abril de 1968, la humanidad se encontraba en los albores de la exploración del Cosmos y las expectativas eran muchas. A poco más de 10 años del lanzamiento del primer satélite artificial (el Sputnik I, en octubre de 1957), se habia avanzado tanto que ya se estaba por llegar a la Luna, y era natural que el, entonces lejano, año 2001 se vislumbrara como la culminación de la conquista espacial: bases lunares, turistas alojados en hoteles en órbita terrestre y viajes tripulados interplanetarios, entre otros logros tecnológicos, se suponía que serían cosas cotidianas.

Un salto evolutivo

Sin embargo, ya largamente sobrepasado el mítico año 2001, muchas de esas expectativas no se cumplieron, y desde hace más de tres décadas (la última misión Apolo a la Luna fue en el año 1972), la presencia humana en el Espacio se ha limitado a misiones orbitales, a baja altitud, alrededor de la Tierra. Con tantos sueños frustrados, se podría pensar en un fracaso; pero no ha sido tal, ya que aunque personalmente no hemos llegado muy lejos, sí lo han hecho nuestras representantes: las sondas interplanetarias robotizadas, las cuales han explorado casi todo el Sistema Solar, e incluso algunas de ellas, ya van en viaje hacia otras estrellas.

A la luz de esta experiencia, pereciera que la colonización del Cosmos a gran escala, con la actual tecnología, no será posible para los seres humanos. El solo pensar que el viaje ida y vuelta a la estrella más cercana demoraría cerca de cien mil años, además de la ingente cantidad de energía necesaria para proteger a nuestros frágiles cuerpos de las condiciones extremas que imperan en el Espacio exterior, nos señalan que serán las máquinas robotizadas, herederas de nuestra inteligencia y conocimientos, las llamadas a abandonar la cuna y proyectar a nuestra especie en el Universo. Incluso, muchos piensan que estos ingenios mecánicos se convertirán en nuestros sucesores, y la evolución biológica será reemplazada por una evolución tecnológica.

Clarke, renunciando a sus tempranos sueños espaciales, no sólo adhirió a esta idea controversial, sino que terminó convencido que la breve historia de los vuelos interplanetarios, con los humanos aventurándose, durante un par de generaciones, no más allá de unos cientos de kilómetros sobre la superficie de la Tierra, y las naves robotizadas llegando a casi todos los rincones de nuestra vecindad cósmica, es señal inequívoca del proceso evolutivo que va desde el Homo Sapiens hasta la Machina Sapiens.

Con respecto a este tema, hace pocos años, Clarke escribió el prólogo del interesante libro titulado Más allá, La visión de las sondas interplanetarias, y en parte de él señalaba:
“…Tal vez la inteligencia y la creatividad sólo surjan de la vida orgánica, puesto que los seres vivos, por su naturaleza intrínseca, son los únicos capaces de evolucionar de organismos simples a complejos……Pero aunque la inteligencia y la conciencia emerjan en forma exclusiva de la vida, tal vez puedan aprender a valerse solas sin la frágil base biológica que ahora precisan, y el mayor estímulo para el desarrollo de inteligencia mecánica lo constituye el desafío del Espacio…..”.

Se trata de una propuesta perturbadora que no deja indiferente a nadie, por las profundas implicancias filosóficas y también espirituales que acarrea. Y aunque para muchos no es más que idea fantástica, quizás si el argumento de una novela de ciencia ficción, no debemos olvidar que muchas veces la realidad logra superar a los más afiebrados sueños.

Y como pocos, Clarke poseía la capacidad de soñar e imaginar escenarios futuros, pero las suyas no eran simples especulaciones. No, todas sus ideas visionarias surgían de un profundo conocimiento científico y tecnológico. En los últimos años, y a pesar de lo avanzado de su edad, (y de estar alejado del ruido de la civilización, ya que vivía en Sri Lanka, la antigua Ceilán), continuaba atento al desarrollo de la astronáutica y también de la inteligencia artificial. Por otra parte, sus opiniones con respecto al futuro de la colonización del Espacio, a veces controversiales e inquietantes, siempre fueron escuchadas con atención y respeto. No en vano, el anciano escritor era unánimemente reconocido como el profeta de la conquista del Cosmos.

Pero al igual que todo mortal, le llegó la hora de partir, y precisamente cuando la humanidad conmemora los cincuenta años del inicio de la exploración espacial, Sir Arthur C. Clarke ha emprendido su propio viaje hacia las estrellas.

1 de marzo de 2008

El planeta Mercurio y la teoría de la Relatividad General


Por Hugo Jara Goldenberg

Un extracto de este artículo fue publicado en la revista de divulgación astronómica Argo Navis (Nº 18)

De los cinco planetas visibles a simple vista, y por lo mismo conocidos ya desde la antigüedad, el más misterioso es el pequeño Mercurio. Debido a su cercanía al Sol, y a la gran velocidad de traslación que posee, su visualización ha sido siempre dificultosa. Sólo se le puede observar alternadamente como un objeto matutino (minutos antes de la salida del Sol) o como un objeto vespertino (por poco tiempo después del ocaso). Debido a esta característica los griegos pensaban que se trataba de dos cuerpos estelares distintos, y bautizaron como Apolo al que aparece en el amanecer y como Hermes al del atardecer. Pero pronto se dieron cuenta que se trataba del mismo cuerpo, al que finalmente reconocieron como Hermes y al cual, por su gran agilidad, se le encargó la importante misión de ser el mensajero de los dioses. Posteriormente los romanos le dieron el nombre con el que lo conocemos ahora.

Sin embargo, las complicaciones que mostraba Mercurio no se limitaban sólo a su difícil observación, también estuvieron presentes en los primeros intentos por establecer con precisión los valores de sus parámetros orbitales. Cuando Isaac Newton enunció la Ley de Gravitación Universal, fue posible elaborar un modelo matemático que permitía definir de manera inequívoca la órbita de cada uno de los integrantes de nuestro sistema planetario. Era tan precisa la mecánica newtoniana, que cuando se observaron anomalías en el movimiento calculado para Urano, se pudo predecir la existencia de un octavo planeta responsable de esa perturbación, el cual fue visto posteriormente y bautizado como Neptuno.

Pero el porfiado Mercurio se resistía a someterse a los cálculos teóricos. En particular, un movimiento característico de este planeta, el desplazamiento del perihelio, presentaba un valor significativamente diferente al calculado por los esquemas matemáticos oficiales (el perihelio es el punto en la órbita de un planeta más cercano al Sol). Desde hacía bastante tiempo los astrónomos se habían percatado que el lugar del espacio en donde se produce el máximo acercamiento de Mercurio al Sol no es fijo, sino que se va desplazando lentamente a lo largo de su órbita, y las ecuaciones de Newton permitían predecir ese movimiento con bastante precisión, una vez conocido el efecto gravitacional de los planetas vecinos. Pero el valor calculado para dicho desplazamiento, no concordaba con lo observado.

Por esta razón, durante mucho tiempo (gran parte del siglo XIX), la comunidad científica se inclinó a pensar que la anomalía en el desplazamiento del perihelio de Mercurio, era provocada por un planeta desconocido. Esta suposición llevó a que muchos astrónomos dedicaran sus vidas a buscar un hipotético astro intramercuriano (el mítico planeta Vulcano); incluso se calculó su órbita y más de alguno hasta creyó observarlo. Sin embargo esa cacería resultó infructuosa, y es que, a diferencia de lo que antes sucedió con Urano, la explicación al comportamiento anómalo de la órbita de Mercurio estaba más allá de la física clásica.

Una nueva física

Cuando Albert Einstein elaboró su famosa Teoría de la Relatividad General, no se limitó sólo a remecer los cimientos de la Física. Su revolucionaria propuesta tuvo también profundas implicancias en el terreno filosófico al modificar para siempre los conceptos de causalidad, determinismo y realidad. Pero estas nuevas ideas eran complejas y difíciles de aceptar, por lo cual se necesitaba encontrar pruebas que las avalaran. Es conocido el hecho que en un eclipse total de Sol ocurrido en el año 1919, se comprobó observacionalmente que la luz de las estrellas se curva en las cercanías del Sol. Este experimento confirmó, de manera espectacular, la validez de la nueva teoría y transformó, en vida, a su autor en el personaje popular y admirado que todos conocemos.

Sin embargo, para él esta no fue ninguna sorpresa, ya que cuatro años antes había comprobado la validez de la teoría, aplicando sus ecuaciones relativistas al movimiento del planeta Mercurio y logrando resolver, mediante ellas, el enigmático problema de la precesión de su perihelio. Lo que sucede es que Mercurio se encuentra tan cerca del Sol, que el Espacio-Tiempo a través del cual se desplaza, manifiesta ya una curvatura evidente, lo que hace que su trayectoria orbital tenga una dinámica diferente, sólo explicable con las ecuaciones relativistas de la Gravedad. En el escenario mercuriano la mecánica de Newton (concebida para un Universo plano, o casi plano) deja de ser válida.

Para Einstein, esta primera confirmación de su teoría fue motivo de gran alegría y, según sus propias palabras, durante días estuvo fuera de sí mismo. Y posteriormente, al evocar las extenuantes jornadas de cálculo realizadas para validar su hipótesis, recordaría haber sentido que sus sueños más osados se habían hecho realidad.

Así, de forma impensada, el pequeño y escurridizo planeta Mercurio jugó un rol clave en la conformación de un nuevo paradigma científico que, como pocos, ha entregado a la humanidad una nueva forma de ver y comprender la realidad.

22 de febrero de 2008

Reseña histórica del Club Aéreo Universidad de Concepción


Por Hugo Jara Goldenberg (La primera versión de esta reseña fue publicada en la Revista Chile Aéreo, julio de 1999)


Antecedentes Históricos

El origen de la actividad aérea en la zona penquista se remonta a fines del siglo XVIII, cuando el navegante y explorador francés De la Perousse, eleva un globo no tripulado sobre la bahía de Concepción, en retribución a la hospitalidad de la ciudadanía penquista y para el disgusto de los naturalistas de su expedición, quienes utilizaban esos artefactos para fines de investigación científica.

Posteriormente, en los inicios del vuelo a motor en Chile, nuestra zona no está ajena al accionar de los pioneros. Así, el insigne aviador y primer mártir de las alas chilenas, don Luis Alberto Acevedo, intenta unir por primara vez en vuelo directo las ciudades de Concepción y Santiago. El Raid se programa para el día 13 de abril de 1913, sin embargo este vuelo termina en tragedia cuando, a poco de despegar desde San Pedro, su frágil Blériot se precipitó sobre las aguas del río Bío-Bío. Este suceso provocó consternación en la ciudadanía nacional y especialmente en la penquista.

También se destaca el vecino de Talcahuano Sr. David Fuentes Sosa, quien viaja a Francia a aprender el arte de volar, y se gradúa de Piloto Aviador en Etampes. Posteriormente regresa a Chile, en donde logra una importante cosecha de récords.

En 1914 bate la marca de altitud al alcanzar los 3.150 metros en su Bleriot bautizado “Talcahuano”. Logra imponer, también, un récord de distancia, con un recorrido de 450 kms. entre Concepción y Paine. Efectuó aterrizajes nocturnos y con singular pericia y sangre fría, cruzó en vuelo por debajo del puente ferroviario del Malleco.


Gestación

Todos estos antecedentes históricos, unidos a la fundación en 1940 del Club Aéreo de Concepción, hicieron germinar entre los jóvenes universitarios penquistas, la idea de crear un Club Aéreo propio, en donde poder encauzar esos anhelos de libertad, superación y elevación espiritual; sentimientos tan propios de una juventud audaz e idealista y que se reflejan muy bien en el acto de volar.

Así, el día 15 de abril de 1946, en una reunión efectuada en la sala del primer año de la Escuela de Leyes, se constituyó el Club Aéreo Universidad de Concepción. En dicha reunión, que resultó ser la primera Asamblea General de Socios, se nombró a la primera Directiva y se acordó redactar los Estatutos y efectuar los trámites para obtener la Personalidad Jurídica.

En la segunda Asamblea General de Socios, efectuada el día 26 de agosto de 1946, a las seis y media de la tarde, se aprobaron los Estatutos de la Corporación. El Acta respectiva está firmada por René Iribarren como Secretario e Ingo Junge como Vice-Presidente.

Posteriormente, el día 28 de agosto de 1946, en la Notaría de don Mateo Silva Gavilán, se redujo a Escritura Pública el Acta de fundación del Club Aéreo Universidad de Concepción, sus Estatutos y el Acta de aprobación de los Estatutos.

En dicha escritura pueden leerse los siguientes fragmentos:
“Comparecen: Ingo Junge R. Y René Lazo fernández, el primero de los nombrados estudiante de Ingeniería Química y el segundo, egresado de Derecho.......”.
“Siendo exactamente las 19 horas del día 15 de abril de 1946, se fundó en la Ciudad de Concepción, el Club Aéreo Universidad de Concepción, Corporación que tendrá por objeto fomentar la locomoción aérea en todas sus formas y aplicaciones. Fueron fundadores de esta Corporación los señores: Ingo Junge R. de ingeniería; Sergio Droguett C. de ingeniería; Aquiles Fuentes de leyes; René Iribarren de dentística y Miguel Jarufe de medicina.........”.


Los inicios

En sus comienzos, la relación entre el Club Aéreo y la Universidad de Concepción fue muy estrecha. Por tradición el Presidente Honorario del Club fue el Rector de la Universidad. Así, al momento de la fundación, ocupó dicho cargo el preclaro humanista y educador don Enrique Molina Garmendia, quien se mantuvo siempre atento e informado de todas las actividades desarrolladas por el Club. Lo mismo ocurrió con los Rectores Señores: David Stichkin Branover, Ignacio González Ginouvés y Edgardo Enríquez Froeden.

En aquellos tiempos, cada nuevo avión incorporado al Club, recibía su respectivo bautizo, correspondiendo oficiar de madrinas a las señoras esposas de las máximas autoridades de la Universidad.

En sus comienzos, la formación de Pilotos Civiles, objetivo principal del Club Aéreo, se efectuaba a través de cursos; los cuales se dictaban en forma bastante espaciada en el tiempo, y tenían cupos limitados debido a la escasez de material de vuelo.

El primer curso de vuelo comenzó el 25 de septiembre de 1948, en el antiguo aeródromo de Hualpencillo, con seis alumnos. Ofició de Instructor el Sr. Rafael Lazo Fernández y de Ayudante de Instructor el Sr. Shafik Pualuan T. Obtuvieron su Brevet Los Señores: Jorge Rojas Murphy, Luis Hinrichs y Enzo La Mura Bruna, quienes rindieron su examen en el biplano Curtiss Travel Air N°013, matrícula CC-SZB.

Como dato anecdótico, se puede señalar que en esos años el curso contemplaba 35 horas de vuelo, de las cuales 10 correspondían a instrucción y 25 a vuelo solo. El costo de las 10 horas de instrucción era de $2.500 de la época, según el siguiente desglose:

$ 2.000 valor de 400 litros de bencina
$ 200 valor de 10 litros de aceite
$ 300 regalía

El segundo curso se inicia en el año 1952, fueron Instructores los señores Luis García Vargas y el Teniente de la Fuerza Aérea de Chile (Fach) Manuel Villalobos Johnson. Se graduaron en este curso los señores Guillermo Beddings R., Carlos Hauser B., Juan Méndez P., Jorge Gajardo P. y Bruno Roncarolo Scarabello, este último de nacionalidad italiana, avecindado en Chile y de quien se decía que había sido piloto del Duce. Este curso rindió examen en el avión Fairchild N°0249 PT 19, matrícula CC-SZA.

El Club continuó con su tarea de formar aviadores civiles, se sucedieron varios cursos, graduándose una gran cantidad de Pilotos, en su mayoría jóvenes universitarios, los cuales al concluir sus estudios emigraban de la Ciudad, radicándose a lo largo y ancho del país, para el ejercicio de sus profesiones. Muchos de esos Pilotos vuelan ahora en Clubes Aéreos hermanos, y sin duda recuerdan con nostalgia a su Alma Mater.

En la actualidad, La Escuela de Vuelo funciona con muy pocos alumnos; y eso no es por falta de interés, pues jóvenes con ideales y vocación por el vuelo hay muchos, pero los elevados costos de la instrucción les impiden acceder a un curso de Piloto Privado de Avión.



Material de vuelo

El primer avión con que contó el Club, fue un Fairchild PT 19. Este aparato había pertenecido antes al Club Aéreo de Valdivia, y se le dio la matrícula CC-SZA. Este avión llegó a Hualpencillo en el mes de agosto de 1947 y fue traído en vuelo por el Capitán Langer. Los Fairchid fueron entregados a los Clubes Aéreos, como un incentivo a la aviación civil, después de ser dados de baja por la Fuerza Aérea de Chile.

El 10 de mayo de 1949, se compra en $40.000 de la época, al Club Aéreo de Concepción, el Biplano Curtiss-Wright Travel Air N°0013 de 100 hp, al cual se le asigna la matrícula CC-SZB. Este avión se llamaba “Luis Acevedo” y en el aeródromo de Hualpencillo se le conocía con el mote de “Lucho”. Esta aeronave prestó servicios hasta agosto de 1950, cuando debido a un desperfecto mecánico, el Piloto Sr. Shafik Pualuan T., debió efectuar un aterrizaje de emergencia cerca de Curicó. En dicha ocasión viajaba como acompañante un periodista del ahora desaparecido diario penquista “La Patria”. Después de este accidente este noble avión fue dado de baja. (ver un interesante artículo sobre este avión, escrito por el historiador aeronáutico Iván Siminic, aquí ...).

Posteriormente en julio de 1953, a través de la Federación Aérea de Chile (Fedach), se compra en EEUU, el avión Aeronca N°0414, al cual se le asigna la matrícula CC-SZB. A juzgar por la pintura de la puerta, este aparato había pertenecido a un circo aéreo

En agosto de 1953, se compra al Sr. Néstor Strube Paris, farmacéutico de Angol, su avión Luscombe Silvaire N°0221 CC-PVD. En nuestro Club utilizó la matrícula CC-SZC. Este avión fue pagado gracias a una rifa que se organizó en conjunto con el Club Aéreo de Concepción. Los premios principales fueron dos automóviles. Nuestro Club aportó un Opel por un valor de $450.000, y el Club vecino un Chevrolet valorizado en $832.500. Sin duda eran otros tiempos.

En noviembre de 1955, se adquiere un biplano Waco Nº00411 matricula CC-PJM. Este aparato estaba pintado de color rojo, y a decir de los entendidos, había sido avión de caza en la guerra del Chaco. Esta aeronave se accidentó el 14 de abril de 1956, durante un aterrizaje en el aeródromo de Maquehue, en Temuco. Después de este incidente fue dado de baja, posteriormente desarmado y vendido por partes. El motor fue donado a la Escuela Industrial.

Luego, en noviembre de 1956, se compra nuevo en E.E.U.U., un Champion Traveler 95 hp, el cual recibe la matrícula CC-SZE. Este aparato es traído en vuelo desde Estados Unidos en 92:10 hrs., según indicaba el tacómetro al momento de recibirlo. Este avión llegó en raid junto a otros dos aparatos adquiridos por el Club Aéreo de Carabineros y venía piloteado por el Capitán Mujica. En Hualpencillo fue bautizado el 7 de abril de 1957 con el nombre de "El Mechón" y fue su madrina la Sra. Fanny Litvak de Stichkin, esposa del Rector Sr. David Stichkin B.

En enero de 1961 se compra el avión Beechcraft Bonanza Nº0279 año 1948, serie D-2060, CC-PST con 1525 horas voladas de 2250 autorizadas. En nuestro Club utiliza la matrícula CC-SZA.

El 8 de abril de 1961 se compra otro Bonanza, se trata del avión CC-CGB Nº0289 de propiedad del Sr. Gerald Esquerré De Rosny, al cual se le asigna la matrícula CC-SZF.

Estos aviones fueron bautizados en una ceremonia realizada el
día 22 de abril de 1961. La bendición la realizó el Arzobispo Coadjunto de Concepción Monseñor Arturo Mery y fueron madrinas las señoras Ester Roa de Pablo y Paulina de Wílhelm del CC-SZA y las señoras Fanny de Stickin y Mery de Trucco del CC-SZF.

A comienzos de 1962 se adquiere un Piper Colt 108, el cual se dañó en el desembarque en Valparaiso. Después de muchos trámites fue reemplazado por otro similar por el Seguro y operó con la matrícula CC-SZC. Este aparato prestó servicios por poco tiempo, pues se destruyó al capotar en el Estero Cutipay en las cercanías de Valdivia, cuando realizaba un vuelo entre Concepción y Osorno. El piloto Sr. Jaime Menéndez salvó ileso junto a su acompañante.

En junio de 1962 se accidenta el Beechcraft Bonanza CC-SZF. Resulta totalmente destruido, afortunadamente sin consecuencias fatales para su tripulación.

Posteriormente, en octubre de 1962 se compra otro Bonanza, es un modelo año 1952 CC-CBF, al cual se le asigna la matrícula CC-SZD.

En septiembre de 1963, el Bonanza CC-SZD se destruyó en un trágico accidente ocurrido en Quemchi, Chiloé. Fallecieron el piloto Sr. Arnoldo Berlien Schmídt y sus 3 acompañantes (Ver detalles de este accidente aquí.... ).

El único Bonanza sobreviviente, el CC-SZA, es vendido al Sr. Claudio Picasso en la suma de Eº22.000. Con este dinero se adquiere al Club Aéreo de Carabineros un Cessna 172, año 1957, el cual es designado con la matricula CC-SZC. Se compra, también, el fuselaje del avión Champion CC-KUG, al Club Aéreo Universitario de Santiago, el cual es llevado a la Maestranza de la Fedach, para ponerlo en vuelo con un motor de propiedad del Club. Este avíón logró volar, finalmente, en octubre de 1964 con la matrícula CC-SZD.

En abril de 1965 se compra a don Julio Bustamante B., agricultor de Rancagua el avión Cessna 170-A Nº12770 CC-PAX, al cual se le asigna la matricula CC-SZA. Este aparato es vendido al poco tiempo.

A comienzos de la década del 70, el club vende el material de vuelo Aeronca y Champion y procede a modernizarse adquiriendo 2 aeronaves Cessna 150 y un Cessna 172, los cuales reciben, respectivamente, las matrículas CC-SZH, CC-SZI y CC-SZF.

En la misma época se adquiere un Piper PA-28-140, el cual recibe la matrícula CC-SZA y un Cessna 206 matrícula CC-SZB. El Piper es enajenado en 1977 para comprar un Cessna 177 modelo Cardinal, el cual es designado con la matrícula CC-SZC. El Cessna 206 se accidentó en 1980, en la Isla Mocha, y fue vendido sin reparar.

En 1982, a fin de cumplir con compromisos por la compra en E.E.U.U., del Cessna 172 CC-SZE, se hace necesario vender el C-177 CC-SZC y el C-172 CC-SZF.

En 1989 es vuelto a comprar el Cessna 177 Cardinal y en 1990 se adquiere un Piper Cherokee PA-28-160 al cual se le asigna la matrícula CC-SZA. Durante este año se daña en un aterrizaje en Rancagua el Cessna 150 CC-SZI, el cual es vendido sin reparar.

En el año 1999 se compra otro Cessna 150, el cual recibe la matrícula CC-SZB.

En enero de 2008 se adquiere un avión Cessna 172, al que se le asigna la matrícula CC-SZF.

La flota actual del Club Aéreo Universidad de Concepción está compuesta por 6 aviones monomotores:
2 biplaza Cessna 150;
2 cuadríplaza Cessna 172;
1 cuadriplaza Cessna 177;
1 cuadriplaza Piper Cherokee PA-28-160.



Los hombres que hicieron al Club

En toda actividad, sin lugar a dudas, lo más importante son las personas; son ellas quienes con entusiasmo, dedicación y amor por una causa común dan vida, hacen crecer y madurar a una organización.

La mayoría de los Pilotos de las nuevas generaciones, al aprender a volar, considera como la cosa más natural del mundo el tener disponible uno o varios aviones, además de toda la infraestructura necesaria a fin de concretar su tan anhelado sueño. Muy pocos son concientes de que todo lo que tenemos hoy, se lo debemos a aquellos que en un pasado no muy lejano, con gran esfuerzo y sacrificios, fueron capaces de crear de la nada aquello de lo que ahora disfrutamos.

Vaya el reconocimiento para todas aquellas personas que de una u otra forma han contribuido a que nuestro Club sea lo que en estos momentos es:

DON JORGE RIVERA PARGA, uno de los primeros Presidentes que tuvo el Club.
DON INGO JUNGE R., Presidente del Club en varios períodos y uno de sus socios fundadores.
DR. GUILLERMO BEDDINGS R., piloto, quien ocupó la Vice-presidencia durante varios períodos.
DON ROTISLAV CHIPINNE, estudiante de Ingeniería, a quien se debió la construcción del Hangar de Hualpencillo.
DON RAFAEL LAZO FERNANDEZ, Ingeniero e Instructor de Vuelo organizó el primer curso de vuelo.
DON RENE LAZO FERNANDEZ, Abogado y piloto, socio fundador y organizador jurídico del Club.
TENIENTE MANUEL VILLALOBOS JOHNSON, Instructor Militar que colaboró en el segundo curso de vuelo.
DR. SIRINIO SAAVEDRA, Presidió el Club por casi 20 años.
DON LUIS GARCIA VARGAS, Instructor de Vuelo por más de 20 años en el Club, recientemente fallecido.
DON EMILIO GINOUVÉS ASENJO, Presidente del Club durante varios períodos.

A los Ex-Rectores de la Universidad de Concepción Señores: Enrique Molina Garmendia, David Stichkin Branover, Ignacio González Ginouvés y Edgardo Enríquez Froeden por su constante preocupación por la marcha de nuestra Institución.

A los Ex-Directores del Club Señores: Julio Vargas Roman, Dr. Jorge Peña Delgado, Dr. Herbert Wilhelm, Blas Bellolio Z., José Dal"Borgo y Bolivar Roman.

A los Ex-Instructores de la Fach, Señores oficiales: Contrerasv Yañez y Vann de Wingardt.
A los mecánicos que en diferentes épocas estuvieron a cargo de nuestro material aéreo: Cabo Segundo de la Fach, Sr. Padilla; Don José Paul y Sr. Acevedo.

Vaya también, nuestro homenaje para aquellos que nos han precedido en el vuelo hacia la eternidad:

DON CARLOS HAUSER M. Piloto del segundo curso de vuelo, desaparecido en vuelo entre la Isla Mocha y el continente.
DON JORGE ROJAS M. Médico, Piloto del primer curso de vuelo.
DON ARNOLDO BERLIEN S. Piloto y Director del Club, fallecido en el accidente del avión Bonanza CC-SZD en Chiloé.
GERALD ESQUERRE D. Piloto Comercial, fallecido en un accidente en la Isla Mocha.

EDMUNDO SHARPE M. Piloto y Ayudante de Instructor.
FULVIO SALVATORE SCARPA. Piloto y Profesor universitario.
HANS OTT STAF. Piloto, Instructor de vuelo a vela, fallecido en un accidente de aviación en Santiago.
LUIS ECHEVERRIA S. Piloto fumigador, fallecido en accidente en la zona central.
MARCELO LENIZ BENNETT. Capitán de Corbeta de la Armada Nacional, socio del Club, Comandante del Escampavía "Janequeo", fallecido trágicamente durante el naufragio de éste.
ERWIN TIMMERMANN, fallecido últimamente en la zona de Aysén.
GUSTAVO RIQUELME RIFFO. Querido y recordado Instructor de Vuelo, desaparecido en vuelo entre la Isla Mocha y el continente un día 21 de mayo de 1986.


El Club hoy

El estado actual del Club Aéreo Universidad de Concepción puede considerarse satisfactorio, dada la situación de crisis que vive en estos momentos la aviación civil chilena.

Los altos costos involucrados en el vuelo, han hecho disminuir en un gran porcentaje el número de pilotos en actividad. La formación de nuevos aviadores se ha visto seriamente resentida por la misma razón.

En estos momentos el Club cuenta con 41 socios activos, de los cuales 16 son pilotos en vuelo. Existen, además, 67 socios cooperadores.

El actual Directorio, encargado de regir los destinos del Club por el período 2009-2011, está conformado por las siguientes personas:

Ricardo Burgos Smith................. Presidente
Alberto Foppiano Bachmann ........Vicepresidente
Hugo Jara Goldenberg ............... Secretario
Hernán Tapia Gatica ................. Tesorero
Gustavo Riquelme S. .................Director Jefe de Materiales
Raúl Bustos Bustos................... Director Jefe de Operaciones
Jaime Gusmán Bascur ........... Director Encargado de Relaciones Públicas
Carlos Arancibia Herman ........... Jefe de la Escuela de Vuelo
Lorenzo Opazo Rivera .............. Gerente Administrativo