12 de agosto de 2006

El misterio de los mapas antiguos (2 octubre 2005)

La novela “El maestro cartógrafo” es un buen pretexto para adentrarnos en la fascinante disciplina de la confección de mapas, y mucho más en el período de los grandes descubrimientos, que culminarían con los primeros europeos en América.

Por Hugo Jara Goldenberg
Publicado en el diario El Sur, el 2 de octubre de 2005. Ver artículo....
Este comentario también está publicado en el portal de Pascale Rey, la autora del libro. Ver el artículo...

Cuando evocamos las hazañas de los grandes navegantes y descubridores de la Era de la Exploración, como Cristóbal Colón, Hernando de Magallanes, Vasco de Gama y Sebastián Elcano, entre muchos otros, no podemos evitar el que nos invada un sentimiento de admiración y respeto por esos personajes que con valentía y coraje fueron capaces de enfrentar los peligros más extremos. En su época, eran lo que para nosotros son los astronautas, aunque su empresa era mucho más peligrosa que la de nuestros modernos exploradores. Pero, como en muchas actividades humanas, detrás de quienes se llevan la fama y los honores, existen personajes desconocidos, que ejerciendo labores de apoyo, hacen aportes vitales para al éxito de la aventura, pero que por quedarse en el puerto, en la seguridad y tibieza de su hogar, son olvidados por el gran público, y también por la historia.

Uno de esos oficios, es la cartografía, el desconocido arte de confeccionar mapas y cartas de navegación, elementos imprescindibles para los navegantes y exploradores que partían hacia territorios ignotos. Los pormenores del quehacer de estos antiguos dibujantes de mapas, es lo que podemos conocer en la novela histórica “El Maestro Cartógrafo”, de la escritora Pascale Rey. La trama se desarrolla en el siglo XIV, en Mallorca, que en esa época era cuna de una escuela de cartógrafos judíos. Después del largo paréntesis cultural que significó la Edad Media, fueron estos cartógrafos, expulsados de Andalucía en el siglo XII, quienes recuperaron el saber de la antigua Grecia, y entremezclando ciencia y arte, con grandes conocimientos en astronomía, geometría y matemáticas, posibilitaron a través de sus cartas de navegación y mapas, los épicos viajes y descubrimientos que durante los siglos XV y XVI transformarían al mundo.

Los protagonistas de nuestra historia son Abraham Cresques, y su hijo Yafudá, quienes forman parte de una comunidad dedicada al arte de la confección de mapas, elementos muy valorados por los capitanes que hacían viajes de cabotaje por las rutas que conectaban a los principales puertos comerciales de la época. Para estos navegantes, la posesión de una buena carta de navegación era la mejor garantía para llegar seguros a su destino. Sin embargo, la calidad de esos primeros mapas dejaba mucho que desear, y si bien eran suficientes para viajes cortos, su utilidad era muy limitada para los viajes de exploración que empezaban a desarrollarse en una Europa que ya estaba despertando del largo sueño medieval.


Hostigamiento y desconfianza

Estos primeros mapas tenían tantas imprecisiones que era frecuente que los viajes se prolongaran más allá de lo presupuestado, que no se divisaran las tierras según lo calculado, o donde se esperaba encontrar mares aparecieran tierras desconocidas. Esta situación de incertidumbre, unida a los avatares propios de la naturaleza, con los riesgos de tormentas y naufragios, hacían de estos primeros viajes de exploración, misiones condenadas de antemano al fracaso. Para los gobernantes de la época, que ya vislumbraban la importancia de establecer nuevas rutas comerciales, el resolver el problema de la navegación, era una cuestión de estado, y estaban dispuestos a invertir lo que fuera necesario, para perfeccionar las técnicas que permitieran hacerla más segura.

En este contexto, el maestro cartógrafo Cresques recibe el encargo de la Corona de Aragón de trazar un mapamundi; debe ser el mapa más bello que exista y tiene que representar a la Tierra de poniente a levante. Será el regalo que el nuevo embajador llevará al Rey de Francia, un presente valioso que debe servir tanto de muestra de amistad, como de un recordatorio visual de las extensas posesiones marinas del Reino de Aragón. El maestro recibe el ofrecimiento con cautela, está conciente que la empresa es monumental, que dispondrá sólo de un par de meses y que deberá dar a su trabajo la mayor precisión posible. Pero, al mismo tiempo, entiende que es la oportunidad de su vida, su mapa llegaría a la corte de Francia y él sería finalmente reconocido en toda su valía. Para la confección de este trabajo necesitará de todos los conocimientos que con pasión ha adquirido durante su fructífera vida: las matemáticas, la astronomía y el dominio del hebreo, árabe y griego que le permiten leer todos los libros que ha acumulado como tesoros, le dan una visión del mundo que podrá plasmar en una obra única. Con la ayuda de su hijo Jafudá dibujan todo el mundo entonces conocido: Europa, África y Asia. Desde el meridiano de Canarias hasta el mar de la China y desde el Trópico de Cáncer, aproximadamente, hasta el paralelo 60N. Sin embargo, su trabajo no estará exento de dificultades; sus profundos conocimientos y su origen judío provocarán la desconfianza y el hostigamiento de muchos. Pero finalmente, padre e hijo concluyen su obra y dejan como legado un mapa, que es considerado un tesoro de la cartografía de todos los tiempos y que actualmente se encuentra en la Biblioteca Nacional de Paris.

La autora, se preocupa de aclarar que todos los sucesos que se relatan en la novela son reales, excepto por una que otra intriga sentimental, y que es un hecho histórico que de la escuela de cartógrafos judíos mallorquines del siglo XIV surgieron los mapas que permitirían a los portugueses iniciar sus primeras exploraciones, y los que utilizaría Colón en sus viajes de descubrimientos. (Ediciones B, 2005)

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