1 de mayo de 2026

Tres vuelos especiales

 



Por Hugo Jara Goldenberg

A lo largo de mis años como piloto, acumulé cientos de horas en la cabina y tuve el privilegio de estar al mando de diversas aeronaves en las más variadas condiciones. En la aviación, se suele medir la experiencia en números: horas de vuelo, altitud, distancias recorridas o características técnicas de las aeronaves. Sin embargo, cuando se mira en retrospectiva, se descubre que la verdadera medida de una trayectoria aeronáutica no está solo en la cantidad de horas en el aire, sino que también en las marcas que ciertos vuelos dejaron en el alma.

Un avión es, en esencia, una extraordinaria máquina de aluminio, cables, motor e instrumentos; pero es el propósito del vuelo lo que le da vida. De todas mis salidas, hay tres vuelos que se apartaron de lo rutinario. Tres experiencias diametralmente opuestas entre sí —una de resistencia física frente a la inmensidad de la naturaleza; otra una carrera contra el tiempo para salvar una vida al atardecer; y el tercero, un último adiós a una amiga— que me enseñaron que volar es mucho más que desafiar la gravedad. Esta es la historia de esas tres oportunidades en los que el cielo me exigió técnica, sangre fría y, sobre todo, corazón.

Vuelo sobre la cordillera

El 22 de enero de 1989 me enfrenté al que sería el vuelo más largo de mi vida como piloto en términos de duración: más de ocho horas ininterrumpidas de operación, salvo por dos breves aterrizajes técnicos, para recargar combustible.

El vuelo consistía en realizar labores de fotografía aérea sobre la cordillera de los Andes, cubriendo una distancia de más de 200 kilómetros, entre los volcanes Chillán y Villarrica, abarcando un territorio en el que se encuentran otros ocho volcanes, muchos de ellos activos. A bordo del avión Cessna-172, matrícula CC-PWB, me acompañaba el propietario de la aeronave y fotógrafo aéreo, Didier Rouseau.

El trabajo era un verdadero desafío de navegación. Teníamos que recorrer largos tramos rectos, manteniendo la altitud, la velocidad y el rumbo con precisión absoluta. Al llegar al final de un tramo, debíamos volver en el rumbo recíproco para ir barriendo el terreno como si estuviéramos "pintando" el mapa. Hoy, con la tecnología GPS, planificar y ejecutar este tipo de vuelos es una tarea relativamente sencilla, pero en aquella época requería una concentración total y una buena técnica de navegación a estima.

Fue un día de pleno verano, pero a 15.000 pies de altitud (aprox, 4.500 metros), las reglas cambian. Volabamos con temperaturas de 15 grados bajo cero y fue estrictamente necesario el uso de equipos de oxígeno para respirar, dado que a esa altitud la densidad del aire disminuye notoriamente. A pesar de la alta exigencia física y técnica, fue un vuelo espectacular. Sobrevolar la majestuosidad de la cordillera y observar esos paisajes maravillosos, con los imponentes volcanes asomándose a lo largo del trayecto, es una imagen que jamás se borrará de mi retina.

Rescate desde la isla Santa María

Hay días que exigen al máximo, y el 23 de enero del 2000 fue uno de ellos. Todo ocurrió a bordo del Cessna-172, matrícula CC-SZE.

Aquel fue un día agotador. Desde temprano estuve volando como piloto en el avión de coordinación del control de incendios forestales, enfrentando focos en torno a la ciudad de Concepción. Como este tipo de operaciones se realizan exclusivamente de día, regresé a la base de Carriel Sur a las 20:00 horas. Junto al mecánico de aviación, el Sr. Hernán Sepúlveda, preparamos la aeronave para la jornada del día siguiente, dejando los estanques llenos de combustible. Estábamos listos para irnos a nuestras casas a descansar cuando sonó el teléfono.

La llamada provenía de la isla Santa María. Al otro lado de la línea, una voz angustiada pedía con urgencia un avión para evacuar a un anciano que estaba sufriendo un accidente cerebrovascular (ACV). Era domingo, estaba ya atardeciendo y no había más opciones: el helicóptero de la policía de Carabineros, que habitualmente atiende estas emergencias, no estaba disponible.

Los vuelos hacia la isla debían realizarse bajo reglas de vuelo visual (VFR). Faltaban minutos para las 21:00 horas, estábamos cerca del límite absoluto de la luz diurna. Me comuniqué con la Torre de Control para explicar la gravedad de la situación. Me indicaron que la decisión de realizar o no el vuelo quedaba a mi criterio, advirtiéndome que al regreso seguramente sobrepasaríamos la hora del final del crepúsculo civil vespertino, momento a partir del cual se debe operar bajo reglas de vuelo por instrumentos (IFR). Debo señalar que la distancia en línea recta entre el aeropuerto Carriel Sur y el aeródromo de la isla es de 78 km, de los cuales 40 km corresponden a mar.

No lo dudé. Completé el plan de vuelo por teléfono, y despegué de inmediato, acompañado por el mecánico Sr. Sepúlveda. Habitualmente, el viaje a la isla me tomaba unos 30 minutos, y lo realizaba a una altitud de 5.000 pies (1.500 metros), lo que daba mayor distancia de planeo en caso de falla de motor sobre el mar. Sin embargo, como los minutos eran vitales para el paciente, decidí cruzar a escasos 500 pies (150 metros) para ganar tiempo, sabiendo que estaba sacrificando seguridad: una emergencia sobre el mar, en un avión de tren de aterrizaje fijo, deja muy pocas alternativas. Pero gracias a esa decisión llegamos a la isla en solo 18 minutos.

Aterrizamos en pleno crepúsculo civil vespertino. El aeródromo de la isla no cuenta con ayudas radiales, luces, ni Torre de Control, y para asistirme en el aterrizaje un tractor agrícola posicionado al final de la pista encendió sus luces. Al detener el avión, la paramédico a cargo de la posta médica que existe en la Isla, se acercó y me indicó que el paciente estaba en estado crítico, y que debíamos llevarlo al continente de inmediato para trasladarlo a un hospital, Además, me pidió volar a la menor altitud posible para no exponer al anciano a cambios de presión.

Acomodamos al enfermo y a su hija, que lo acompañaba, y despegué de inmediato. Apenas estuve en el aire me contacté con la Torre de Control de Carriel Sur para activar el plan de vuelo de retorno, informar sobre el estado crítico del enfermo y solicitar que gestionaran la llegada al aeropuerto de un vehículo de emergencias médicas.

Afortunadamente, la naturaleza estuvo de nuestro lado. Las condiciones meteorológicas esa tarde eran óptimas: cielo totalmente despejado, viento escaso y una luna, recién entrando al menguante, que iluminaba tenuemente el anochecer. Siguiendo la recomendación médica, realicé el cruce hacia el continente, nuevamente a solo 500 pies sobre el mar. Como ya señalé, volar tan bajo limitaba las opciones ante cualquier emergencia mecánica, pero la vida de aquel anciano dependía de ello.

El vuelo se desarrolló sin contratiempos. Al aterrizar en Carriel Sur, una ambulancia ya nos estaba esperando en la pista. El paciente fue trasladado velozmente al Hospital Regional de Concepción y, por fortuna, se llegó a tiempo para salvar su vida.  

Tras dejar el avión nuevamente reabastecido de combustible y listo para la jornada del día siguiente, llevé al Sr. Sepúlveda a su casa y finalmente llegué a la mía. Recuerdo haber cenado algo rápido y tomado una ducha fría antes de caer en la cama, consciente de que a la mañana siguiente nuevamente tendría que volar en incendios, ya que los focos seguían activos.

Después de un día tan intenso, el sueño me venció rápidamente. Justo antes de cerrar los ojos, recuerdo haber sentido una profunda y particular sensación de cansancio. Pero era un agotamiento especial, de esos que dejan exhausto al cuerpo, pero que al mismo tiempo reconfortan el alma.

Despedida desde el aire

Hay vuelos que exigen pericia técnica, algunos precisan de sangre fría, pero hay otros que requieren del corazón. En el año 2002 realicé uno de estos últimos, quizás el más significativo de toda mi vida como aviador. La misión no era ayudar a apagar un incendio ni evacuar a un enfermo grave, sino cumplir el último deseo de una persona muy querida que padecía cáncer: ella me pidió, personalmente, que la ayudara a que sus restos se fundieran con la naturaleza.

Poco antes de fallecer, su familia me contactó para pedirme que la visitara en el hospital donde recibía cuidados paliativos; me dijeron que ella necesitaba conversar conmigo y pedirme un favor. Recuerdo que el día anterior a la visita estuve sumamente intranquilo. Siempre me ha resultado difícil enfrentar de cara el dolor y el sufrimiento, y temía no encontrar las palabras de consuelo adecuadas. Sin embargo, lo que anticipaba como un momento difícil resultó finalmente ser una conversación hermosa y serena.

Me contó que deseaba ser incinerada y que sus cenizas fueran esparcidas en algún bello entorno silvestre. Comenzamos a imaginar posibles escenarios y le hablé de una zona rural cercana a la ciudad de Concepción, que habitualmente sobrevolaba. Le describí unas amplias praderas verdes que, con la llegada de la primavera, se tapizaban por completo de flores silvestres. La imagen le agradó profundamente y, en ese mismo instante, acordamos que ese sería el lugar.

Ella falleció pocos días después de nuestra conversación. El día de sus exequias las condiciones meteorológicas eran adversas, por lo que tuvimos que postergar el cumplimiento de su último deseo. A la semana siguiente, cuando el cielo finalmente se despejó, me comuniqué con su familia para confirmarles que ya era posible realizar el vuelo.

Temprano en la mañana del día 19 de marzo de 2002, llevaron el ánfora con sus cenizas a mi lugar de trabajo, en ese entonces la Universidad de Concepción. Recibí sus restos con un profundo respeto y lo mantuve sobre mi escritorio durante el resto de la mañana, en una silenciosa y última compañía. Al mediodía, me dirigí al Aeropuerto de Carriel Sur. Allí me esperaba un colega piloto y amigo, don Lorenzo Opazo Rivera, a quien le había pedido que me acompañara; necesitaba que él tomara los mandos de la aeronave para mantenerla estable mientras realizaba el lanzamiento. El vuelo se realizó en el avión Cessna-150 matrícula CC-SZB.

El vuelo hacia aquellas praderas se efectuó en un día totalmente despejado, con un hermoso y diáfano cielo azul que se perdía en el horizonte. Al sobrevolar la zona elegida, procedí a soltar las cenizas de mi amiga. Ver cómo se esparcían por el aire, formando una delicada nube que se diluía lentamente, flotando sobre la inmensa extensión de las verdes praderas, fue una imagen sobrecogedora. Todo ocurrió exactamente como ella me lo había pedido y como lo habíamos imaginado apenas unos días antes en el hospital. Cumplir esa promesa fue, sin duda alguna, uno de los momentos más emotivos y trascendentales, no solo de mis vivencias como aviador, sino de toda mi vida.

El verdadero significado de volar

Al mirar hacia atrás y repasar las páginas de mi bitácora, me doy cuenta de que estos tres vuelos, aunque ocurrieron en momentos y circunstancias muy distintas, todos exigieron el máximo de profesionalismo y capacidad técnica. Sin embargo, cada uno me reveló una dimensión completamente diferente de lo que significa estar en el aire.

Aquel extenso recorrido fotográfico sobre la cordillera de los Andes fue una invitación a la contemplación. Me demostró que el vuelo es una ventana única para disfrutar de paisajes imponentes y majestuosos, regalándome una perspectiva privilegiada de la inmensidad del mundo que solo puede ser apreciada gracias a la altura. Este vuelo me hizo recordar al pensamiento “volar es mirar al mundo con los ojos de Dios”, que aparece en la recordada película “Africa mía”.

El rescate al atardecer desde la isla Santa María, en medio de una intensa jornada de incendios forestales, me enseñó la dimensión más solidaria de la aviación. En esas horas críticas, el avión deja de ser solo una máquina para convertirse en un instrumento vital de ayuda, una herramienta al servicio de la protección de la naturaleza y una luz de esperanza para salvar la vida de personas.

Y finalmente, el vuelo sobre las praderas cubiertas de flores silvestres me conectó con la esencia más íntima del ser humano. Cumplir aquella promesa me permitió experimentar una representación trascendental y espiritual del acto de volar, convirtiendo al cielo en el escenario perfecto para un último adiós y el abrazo definitivo con la naturaleza.

Epílogo: Lo que queda en la cabina

Hoy, con los pies en la tierra y la perspectiva que dan los años, veo estos tres vuelos no como anécdotas aisladas, sino como los pilares de lo que significa para mí la aviación.

Las ocho horas sobre los volcanes nevados me enseñaron el respeto absoluto por las fuerzas de la naturaleza. El vuelo a bajo nivel hacia la Isla Santa María me demostró que todo el entrenamiento y la técnica de un piloto adquieren su verdadero valor cuando se ponen al servicio de salvar una vida. Y el vuelo sobre aquellas praderas verdes me entregó la certeza de que, a veces, la cabina de un avión puede convertirse en el lugar más sagrado y sereno del mundo.

Al final del día, los aviones quedan en tierra, los motores se enfrían y las luces de los hangares se apagan. Pero lo que no se detiene es esa profunda transformación interior que ocurre cuando se toman los mandos de un avión con un propósito verdadero. Esas vivencias, esos paisajes, esos riesgos enfrentados con decisión y esa promesa cumplida póstumamente, son los recuerdos más valiosos que como aviador ya retirado, llevaré conmigo para siempre.


23 de abril de 2026

¿Qué es el algoritmo?

 


Por Hugo Jara Goldenberg

Hay un término muy especializado, propio de quienes trabajan en la industria informática que se ha hecho popular en el gran público: se trata del algoritmo.

Todo el mundo habla del algoritmo, es el responsable por los videos que se nos ofrecen en nuestras redes, o de las ofertas comerciales con que nos bombardean a raíz de nuestro historial de navegación en la web. Si un emprendimiento digital no funciona o un creador de contenidos pierde visitantes, el culpable es el omnipresente algoritmo. Ahora, con la popularización de las herramientas de Inteligencia Artificial, el público identifica al diálogo inteligente que se produce con esos ambientes, como una interacción con el algoritmo.

Así, para la mayoría de las personas, el algoritmo es un ente con voluntad propia que nos ayuda, o a veces perjudica, en la interacción con la tecnología informática.

¿Pero qué es realmente un algoritmo?

En términos simples, un algoritmo es un conjunto de instrucciones paso a paso, ordenadas y finitas, diseñadas para resolver un problema específico, o realizar una tarea.

Sin embargo, no solo los computadores usan algoritmos, también nosotros, los humanos de carne y hueso, los utilizamos todo el tiempo, y podemos imaginarlo como una "receta" o procedimiento que indica exactamente qué hacer para llegar a un resultado deseado.

Aquí hay un ejemplo sencillo de un procedimiento de cocina, que tiene las mismas características de un algoritmo, se trata de una receta para preparar un huevo frito, la que se muestra a continuación estructurada paso a paso, para destacar sus componentes lógicos y su naturaleza secuencial.

  • Paso 1: Colocar la sartén sobre el quemador de la cocina.
  • Paso 2: Encender el quemador a fuego medio.
  • Paso 3: Verter el aceite en el sartén.
  • Paso 4: Evaluar el estado del aceite.
    • Si el aceite está caliente y burbujea ligeramente -> Avanzar al Paso 5.
    • Si no -> Esperar 10 segundos y volver a evaluar el Paso 4.
  • Paso 5: Romper la cáscara del huevo.
  • Paso 6: Verter el contenido (clara y yema) en el centro de la sartén.
  • Paso 7: Espolvorear la pizca de sal sobre el huevo.
  • Paso 8: Mientras la clara del huevo siga transparente:
    • Esperar algunos segundos.
    • Seguir en el paso 8, hasta que la clara se vuelve blanca y firme.
  • Paso 9: Apagar el quemador de la cocina.
  • Paso 10: Usar la espátula para retirar el huevo de la sartén.

 

Como vemos, este es un ejemplo muy didáctico porque, al igual que un algoritmo informático, muestra que las instrucciones deben estar ordenadas lógicamente y realizarse respetando estrictamente dicho orden (no se puede romper el huevo antes de encender el fuego y esperar un buen resultado). También incluye condicionales (paso 5) que adaptan el proceso a la realidad física (esperar a que el aceite esté caliente), y utiliza ciclos de comprobación de estado (Paso 8) , que es revisar la cocción de la clara repetidamente hasta que se cumpla la condición de salida, que es que la clara se vuelva blanca y firme.

Es importante aclarar que cualquier programa informático, debe ser diseñado originalmente como un algoritmo, y posteriormente podrá ser llevado a un lenguaje de programación, que es como será presentado al computador para su ejecución. Cualquier aplicación o función que utilizamos cuando interactuamos con nuestro computador, el teléfono celular o cualquier dispositivo “smart” (TV, equipos musicales, relojes, etc), es un programa informático, que se creó a partir de un algoritmo. 

Parte importante del trabajo de los profesionales informáticos consiste en crear algoritmos, que posteriormente se transforman en programas o funciones de diversa naturaleza, con los que interaccionamos en infinidad de artefactos y artilugios presentes en la vida cotidiana.

 

Características de un algoritmo

Para que una serie de pasos o un procedimiento sea considerada un algoritmo, debe cumplir con las siguientes condiciones:

  • Precisión: Cada paso debe estar claramente definido sin ambigüedades.
  • Determinismo: Si se repite algoritmo con los mismos datos de entrada, siempre se debe obtener el mismo resultado.
  • Finitud: El algoritmo debe tener un número limitado de pasos y terminar en algún momento.
  • Entrada (Input): Debe existir información inicial necesaria para comenzar.
  • Salida (Output): Debe haber un resultado o solución al finalizar el proceso.

 

Representación de los algoritmos

En la industria informática, los algoritmos se representan de dos formas:

Diagrama de Flujo: Es una representación gráfica que utiliza figuras geométricas (óvalos, rombos, rectángulos) conectadas por flechas para mostrar la secuencia lógica.

Pseudocódigo: Es una forma de escribir los pasos usando un lenguaje más humano, pero con una estructura similar a la de un lenguaje de programación.

Los programadores cuando diseñan un algoritmo eligen una de las dos formas para representarlo. Para entender estas formas de representación vamos a crear un algoritmo muy sencillo que reciba dos números y muestre el resultado de la suma de ellos.

Lo primero que hay que hacer es establecer los pasos lógicos del algoritmo:

Paso 1: Obtener el primer número a sumar

Paso 2: Obtener el segundo número a sumar

Paso 3: Realizar la suma

Paso 4: Mostrar el resultado de la suma

A continuación, se presenta este algoritmo como Pseudocódigo y como Diagrama de Flujo. Para generar estas representaciones se utilizó el software PSeint, muy popular en las asignaturas en donde los estudiantes de las carreras de informática aprenden a programar.

Representación del algoritmo SUMAR como Pseudocódigo

 

Ahora, El mismo algoritmo representado como diagrama de flujo

Finalmente, para transformar este algoritmo en un programa, debemos codificarlo en algún lenguaje de programación. Existen muchos lenguajes de programación, con distintas sintaxis, en este ejemplo utilizaremos el lenguaje Visual Basic:

                 



Ahora ya tenemos nuestro programa en lo que se conoce como código fuente, el cual a continuación se lleva al computador para que sea traducido al código de máquina, que es el traspaso del programa a una versión en binario, es decir escrita solo con unos y ceros, que es lo finalmente entienden los circuitos del computador. En este momento el programa ya está listo para ser “ejecutado” o “procesado”, según la jerga informática. Si procesamos este programa en un computador, aparecerán en la pantalla los mensajes solicitando los dos números, y a continuación se mostrará en pantalla la suma respectiva.

 

¿Por qué son importantes?

En resumen, los algoritmos son el corazón de la tecnología informática. Todos los programas, desde los más simples a los más complejos, surgen de un diseño inicial como algoritmo.

Podemos decir que un algoritmo es como el plano de un programa, y permite encapsular el intelecto y la lógica humana en un formato estructurado. Esto garantiza que, sin importar cuántas veces se ejecute el proceso o en qué hardware lo procesemos, los pasos seguirán siendo consistentes y el resultado final será siempre el mismo. Es la base que permite la automatización confiable de procesos a velocidades de millones de operaciones por segundo.


Historia de los algoritmos

Aunque, los algoritmos se asocian con computadoras y la modernidad, en realidad son un constructo matemático muy antiguo, tanto que podemos decir que son parte de la historia humana desde hace milenios. En las civilizaciones antiguas ya existían procedimientos sistemáticos (algoritmos) para resolver problemas.

En las primeras civilizaciones de Mesopotamia y Egipto ya se empleaban procedimientos y reglas paso a paso, para realizar cálculos aritméticos para resolver problemas administrativos asociados a cosechas, cobro de impuestos y otros.

En la Antigua Grecia, el matemático Euclides describió un procedimiento para calcular el máximo común divisor entre dos números, uno de los primeros ejemplos de algoritmo formalmente definidos.

En el mundo islámico encontramos al matemático persa Al-Juarismi (Al-Khwarizmi), quien escribió tratados sobre aritmética y álgebra en el siglo IX. Su obra, traducida al latín en Europa, dio origen al término “algorismus”, que luego evolucionó a “algoritmo”.

En la edad moderna los algoritmos comienzan a vincularse con el cálculo y las máquinas, y vemos a personajes como Isaac Newton que creó algoritmos iterativos para encontrar raíces de funciones complejas; o Blaise Pascal y Gottfried Wilhelm Leibniz quienes desarrollaron calculadoras mecánicas para ejecutar algoritmos de operaciones aritméticas.

También encontramos a  Charles Babbage quien diseñó la máquina analítica, considerada precursora del computador, y Ada Lovelace (hija del poeta romántico Lord Byron) quien diseñó el primer algoritmo destinado a ser ejecutado por una máquina, y es recordada como la primera programadora de la historia.

Durante el siglo XX el concepto toma un carácter más riguroso dentro de la lógica y la computación teórica, principalmente gracias al aporte de Alan Turing, quien introduce la máquina de Turing, un modelo abstracto que define qué es computable y señala al algoritmo como un procedimiento finito, preciso y efectivo para resolver un problema.

Desde la segunda mitad del siglo XX hasta hoy, los algoritmos se convierten en el núcleo de la informática, el software y la inteligencia artificial, y su utilización se expande a todos los ámbitos de la sociedad.

 

El algoritmo como mecanismo de traducción ontológica

Sin embargo, el algoritmo no es solo una "receta" de programación, como la mayoría de las personas lo entiende; es por sobre todo un mecanismo de traducción ontológica. Debemos recordar que la ontología es la rama de la filosofía que estudia el ser, la existencia y la realidad.

Para entender el verdadero poder y valor de los algoritmos, debemos comprender cómo se conecta la naturaleza continua y analógica de la realidad, con la tecnología digital.

En nuestra experiencia cotidiana, aspectos de la realidad como el espacio y el tiempo existen en un espectro analógico y continuo. Entre dos puntos en el espacio o entre un instante de tiempo y el siguiente, existe una infinidad de fracciones posibles. Sin embargo, un algoritmo opera en un universo estrictamente finito, binario y paso a paso.

Por lo tanto, para que el mundo físico pueda ser procesado por una máquina, el algoritmo debe fragmentar ese continuo de la realidad en "paquetes" o "estados" discretos indivisibles (ceros y unos). Ontológicamente, el algoritmo obliga a la realidad a cambiar su forma de ser (continua), para poder existir dentro del sistema computacional (discreto).

Por lo tanto, afirmar que los algoritmos son un medio para “discretizar el continuo”, es una cuestión profundamente ontológica porque nos obliga a preguntarnos y cuestionarnos cómo definimos y entendemos la naturaleza de la realidad y qué consideramos que "existe" dentro de un sistema lógico o computacional.

Al discretizar el continuo, los algoritmos construyen un nuevo estrato ontológico: la realidad virtual o digital. En este nuevo mundo, las leyes de la “física continua” son reemplazadas por las reglas matemáticas discretas impuestas por el algoritmo. Pero esta transformación plantea una pregunta ontológica crucial: el modelo digitalizado que crea el algoritmo, ¿es una réplica fiel de la realidad o es una realidad completamente nueva?, claramente nadie tiene la respuesta a esta inquietante pregunta.

En resumen, los algoritmos actúan como un filtro que traduce la sustancia infinita y fluida del universo físico al estado finito y estructurado del mundo digital, redefiniendo en el proceso lo que significa "ser" dentro de la máquina.

Finalmente, entender un algoritmo como un contructo matemático que discretiza y simplifica la naturaleza continua e infinita de la realidad física, es aceptar que la informática --al igual que la física moderna (con el Principio de laIndeterminación de Heisenberg)  o las matemáticas (con el Principio de  Incompletitud de Godel)--, jamás nos podrá ofrecer una visión exacta de la realidad sino solo un modelo aproximado, sumamente útil y aparentemente perfecto e infalible, pero ontológicamente incompleto y acotado. Así, con humildad debemos aceptar que el Universo, en su totalidad continua y compleja, jamás podrá ser comprendido o representado de manera perfecta por ningún sistema humano, ya sea  físico, matemático o computacional.

 

Reflexiones finales

A lo largo de estas líneas se ha intentado explicar qué es un algoritmo, analizándolo desde su utilidad práctica, su historia milenaria, hasta su límite ontológico. Vivimos inmersos en una era digital donde pareciera que todo el conocimiento humano está al alcance de la mano. Los sistemas informáticos gobiernan todos los ámbitos de la vida moderna, asistiéndonos con una precisión matemática que casi roza lo milagroso y sobrenatural.

Sin embargo, al apagar el computador y al alejarnos de las interfaces lógicas de la tecnología digital, regresamos al mundo del continuo. Es en esa realidad analógica donde reside verdaderamente nuestra naturaleza y experiencia vital. Ningún software, por perfecto que sea su código o iteración, puede simular la consciencia, las emociones ni los insondables sentimientos humanos.

Los algoritmos son, en definitiva, nuestra mejor herramienta para intentar comprender la realidad y desenvolvernos en la vida moderna, pero no son la realidad en sí. La vida real, con sus imprevistos, sus emociones y su majestuosidad infinita, siempre será una experiencia profundamente humana, hermosa y trascendente, pero definitivamente nunca computable.


Referencias bibliográficas

La Información: Historia y Realidad; James Gleick; Editorial Crítica; 2012

Del ábaco a la revolución digital; Vicenc Torra; RBA Coleccionables S.A.; 2012

Historia de las Matemáticas; Sergio Castro; The Galobart Books; 2019

Métodos numéricos; Francis Scheid, Rosa Elena Di Constanz0; MacGrawHill; 1993

Metodología de la programación; Osvaldo Cairó; Editorial Alfaomega; 2005


16 de marzo de 2026

Ajedrez y música: una estrecha relación

 



Por Hugo Jara Goldenberg

Es una verdad universalmente aceptada que el arte no pertenece solo a quienes lo crean, sino también a quienes lo experimentan. En el mundo de la música, por ejemplo, esta dualidad es evidente: millones de personas son capaces de sentir la profunda melancolía de una sonata de violonchelo, la tensión de un crescendo orquestal o la brillantez de un solo de jazz, sin haber sostenido jamás un instrumento en sus manos, ni saber leer una partitura. La música entra por los sentidos, pero apela directamente al intelecto y a la emoción.

Curiosamente, el ajedrez comparte esta misma naturaleza dual, y aunque a menudo se le clasifica de ciencia o deporte, es antes que nada un arte. Y como tal, se puede disfrutar profundamente de su belleza y estética, sin ser necesariamente un jugador experto, de la misma manera en que se disfruta de una sinfonía sin ser un músico. Y una forma que tenemos los ajedrecistas aficionados de disfrutar de este arte sublime, es reproduciendo partidas de grandes jugadores de todos los tiempos.

El ajedrez tiene la particularidad que las partidas se pueden anotar, y reproducir en el momento que se quiera, jugada a jugada. Existe una abundante bibliografía ajedrecista con millones de partidas registradas, disponibles gratis en diversos sitios de Internet. En mi biblioteca personal tengo más de 100 libros de ajedrez, con gran parte de ellos dedicados al estudio de partidas de grandes campeones y maestros del pasado.

Existe un sistema de notación conocido como algebraico que permiten este registro. La siguiente es la primera partida anotada con las reglas del ajedrez moderno, que fue jugada en la ciudad de Valencia, España el año 1475, y está registrada en la ya mencionada notación algebraica.




 

Si se dispone de un tablero, esta partida de 21 jugadas se puede reproducir sin ninguna dificultad, incluso jugadores expertos la pueden seguir mentalmente, sin necesidad de un tablero. Se puede ver la reproducción de esta partida en el siguiente link.

 

Los Instrumentos y la Armonía

En la música, cada instrumento tiene su propio timbre, su rango y su propósito. Apelando a una interesante analogía podemos asumir que en el ajedrez, las piezas son los instrumentos de una partida. Así, los Caballos, con su movimiento asimétrico y saltarín, introducen el elemento de la sorpresa. Los Alfiles barren el tablero en largas y melancólicas diagonales, como instrumentos de cuerda de largo aliento. Las Torres son la percusión pesada, los metales graves que sostienen la base en las columnas abiertas, y la Dama es el violín solista, capaz de dominar el escenario con su agilidad y potencia. los Peones, que para muchos son el alma del ajedrez, acompañan a las demás piezas envolviendo todo el tablero, como el bajo continuo de un concierto del barroco. Y por último el Rey es el director de la orquesta, al que todos obedecen.

Cuando un ajedrecista aficionado estudia una partida entre dos Grandes Maestros, no necesita calcular muchas jugadas por adelantado para percibir la armonía de la partida. Puede ver cómo las piezas se coordinan, cómo se apoyan unas a otras creando una red invisible de protección y ataque. Esa coordinación geométrica es el equivalente visual a un acorde perfectamente afinado de una pieza musical.


Testigos del Proceso Creativo

Pero existe una dimensión fascinante en la apreciación del ajedrez que lo separa de otras formas de arte clásicas, incluida la música. Cuando contemplamos, por ejemplo, una obra pictórica en un museo, vemos el resultado final; el esfuerzo, las pinceladas dudosas y las correcciones del pintor han quedado ocultos bajo las capas de óleo. Lo mismo ocurre cuando disfrutamos de una pieza musical, se trata de la obra ya concluida por su autor.

Sin embargo, cuando reproducimos una partida de un gran campeón del pasado, estamos abriendo una cápsula del tiempo. Nos introducimos en su mente jugada a jugada. No vemos únicamente la victoria final o el mate, sino que somos testigos presenciales de su proceso creativo en tiempo real. Vemos el planteamiento estratégico del maestro, las dudas, los errores, las celadas, los golpes tácticos y los momentos de inspiración. Es el equivalente exacto a poder sentarse junto a un compositor y ver cómo prueba acordes, descarta disonancias y, de repente, encuentra la melodía perfecta que pasará a la historia.


La Orquesta de los Genios: Seis Estilos Musicales

Para entender mejor esta similitud estética entre el ajedrez y la música, basta con observar a seis de los más grandes campeones "compositores" de la historia del ajedrez, cada uno con una voz musical inconfundible que fascina a cualquier ajedrecista. Los ejemplos que he elegido se basan en mis gustos y preferencias tanto musicales, como de estilos de juego ajedrecísticos. Otras personas podrían optar por otros ejemplos.

1. Morphy: El Virtuosismo Romántico. Paul Morphy (1837-1884) jugador estadounidense, se le considera el mejor jugador de su tiempo, aunque en ese entonces no existía el título de Campeón Mundial. Observar una partida de Morphy es como escuchar a Niccolò Paganini en el violín o a Franz Liszt al piano. Pertenece a la era romántica, donde sus partidas son allegros trepidantes: un desarrollo rápido y explosivo de las piezas que culmina en ataques abrumadores. Ofrece el espectáculo puro del genio natural desatado.

2. Capablanca: La Melodía Pura.  José Raúl Capablanca (1888-1942), ajedrecista cubano, el tercer Campeón del Mundo, conocido como la "máquina de ajedrez", su estilo diáfano carecía de esfuerzo aparente, su juego fluye con la elegancia y la aparente sencillez de un Nocturno de Frédéric Chopin. Sus partidas no exhibían violencia caótica; en cambio, mostraban una armonía cristalina y perfecta, donde cada pieza estaba exactamente en el lugar que le correspondía, tal como las notas de una Sinfonía de Antonio Vivaldi.

3. Tal: El Genio de la Disonancia. Mikhail Tal (1936-1992), conocido como el "Mago de Riga", era un ajedrecista letón, el octavo Campeón del Mundo. Es el Igor Stravinsky del ajedrez. Su estilo se basaba en la disonancia extrema: posiciones caóticas, sacrificios de piezas que desafiaban la lógica, y ataques agudos e irrefutables. Su juego era un espectáculo sobre el tablero, como los Reales Juegos de Artificio de George Federic Haendel. Para el espectador, ver a Mikhail Tal jugar, es asombrarse ante el genio descubriendo la belleza en medio del caos absoluto.

4. Fischer: La Fuga Perfecta. Bobby Fischer (1943- 2008), jugador estadounidense, el décimo primer Campeón del Mundo. Fischer Buscaba implacablemente la "verdad" en el tablero, lo que lo asemeja a Johann Sebastian Bach, el gran músico alemán, que era conocido como “el músico de Dios”. Las partidas de Fischer son ejercicios de una precisión cristalina y un contrapunto inmaculado. No había trucos rebuscados en Fischer, sino una lógica matemática implacable, poderosa y universal. En sus partidas todo encajaba a la perfección, sus jugadas se suceden tal como fluyen las notas de una tocata y fuga del gran Bach.

5. Kasparov: El Drama Wagneriano. Garry Kasparov (1963) es un jugador azerbaiyano, el decimotercer Campeón del Mundo. Si Mikhail Tal era la disonancia impredecible, Kasparov era Richard Wagner: óperas épicas de fuerza arrolladora. Sus partidas estaban cargadas de una preparación profunda y una energía dinámica abrumadora. Para el espectador, ver a Kasparov en su apogeo era como escuchar a una orquesta sinfónica completa, tocando al máximo volumen, creando una tensión dramática que terminaba por aplastar a sus rivales.

6. Carlsen: El "Mozart del Ajedrez". Magnus Carlsen (1990) es un ajedrecista noruego, el decimosexto campeón del Mundo. Llamado el “Mozart del ajedrez” desde su prodigiosa infancia, Carlsen encarna el ideal mozartiano: una comprensión intuitiva y universal del juego que parece casi sobrehumana. Sin embargo, su juego es del siglo XXI. Carlsen es capaz de tomar una posición igualada y aparentemente "sin música" (como un final de tablas), y como un genio del jazz que improvisa sobre una progresión de acordes, es capaz de forzar la posición, hasta lograr la victoria por pura insistencia y técnica impecable.


El Final: La Coda

Así como la Coda es el cierre de una obra musical; en el ajedrez las partidas que llegan al final (el endgame) tienen su propio escenario. Quedan pocas piezas. Es el equivalente a un cuarteto de cuerdas o a un solo de piano. Aquí, la estética radica en la precisión milimétrica. La belleza de un rey y un peón bailando alrededor de la defensa rival es minimalista, prístina y profundamente determinística; tal como las últimas notas de una pieza musical que se desvanece en el silencio.


La Estética y el arte de las Máquinas

Cuando vemos a módulos de ajedrez informáticos como  Stockfish o Fritz,  que calculan millones de jugadas por segundo con profundidades insondables de más de 100 jugadas por adelantado; y los comparamos con el ser humano que se guía solo por la intuición, el reconocimiento de patrones (calculando apenas 5 o 6 jugadas de profundidad) y el pulso de la emoción. constatamos que estamos ante dos formas de jugar totalmente diferentes. Surge entonces inevitablemente la pregunta ¿Es el ajedrez de las maquinas también un arte, o solo un frío cálculo matemático?

Si volvemos a la comparación con la música, los módulos informáticos de ajedrez son el equivalente a los sintetizadores más avanzados, a la música electrónica generativa  o a las asombrosas composiciones para pianola de Conlon Nancarrow: obras de una complejidad rítmica tan extrema que ningún humano podría interpretarlas físicamente, pero que sin embargo igual nos conmueven y emocionan, como cualquier obra de arte.

Al principio, el cálculo de una máquina puede parecer desprovisto de alma. No hay sentimiento, no hay duda psicológica en el silicio. Sin embargo, sí hay arte, pero de una naturaleza distinta. Cuando una red neuronal especializada en ajedrez como Leela Chess Zero (LcO) sacrifica un peón a cambio de una ventaja posicional que solo se materializará 40 jugadas después, está creando una belleza sobrehumana. Nos revela verdades ocultas de la geometría del tablero que la mente humana jamás habría podido siquiera imaginar.

Si el arte se define en parte por su capacidad de provocar asombro, expandir los límites de lo posible y revelar la verdad, entonces la danza matemática de los algoritmos que juegan ajedrez es indiscutiblemente también un arte: frío, sí, pero de una perfección estética sobrecogedora.

 

Conclusión y epílogo personal

Ya sabemos que no es necesario saber pintar para maravillarse ante un cuadro de un famoso pintor, ni ser un experto en armonía para emocionarse con la música. Del mismo modo, el aficionado al ajedrez puede asomarse al abismo insondable de las 64 casillas y ver no solo un juego, sino una partitura inagotable de belleza estética. Y es que, ya sea a través del sudor humano o del silicio de las máquinas, el ajedrez seguirá siendo una fuente rebosante de armonía, lógica, geometría y arte.

En lo personal, esta intersección entre el tablero y la partitura no es solo teórica; es una práctica constante que ocupa tres o cuatro tardes de mi semana. En estos momentos, me encuentro inmerso en el libro “Mis 60 memorables partidas” de Bobby Fischer, estudiándolas a través de sus propios comentarios.

Y como no podía ser de otra manera, estas jornadas de estudio las realizo escuchando la obra de mi compositor favorito: Johann Sebastian Bach. Estudiar una partida histórica de Fischer —esa encarnación ajedrecística de la fuga perfecta— mientras suenan los acordes de los Conciertos de Brandeburgo, en especial el luminoso y estructurado N° 2, es verdaderamente estar en el paraíso. La sensación de paz, armonía y plenitud que se logra en esos instantes es muy difícil de explicar con palabras. Es un golpe de vitaminas para el espíritu; una inestimable jornada de gimnasia para la mente y el alma. Allí, entre las notas de Bach y las geniales jugadas de Fischer, el ajedrez y la música dejan de ser disciplinas separadas, para convertirse en un refugio vital.

22 de febrero de 2026

El primer vuelo solo

   Foto de mi época de Alumno Piloto

Por Hugo Jara Goldenberg

Todo piloto, no importa su experiencia y categoría, sea civil, militar o comercial, esté activo o ya retirado, seguramente recordará muchos vuelos importantes de su vida como aviador, pero hay uno que siempre se evoca de manera muy especial: “El primer vuelo solo”.  Aquel evento no solo queda registrado en la bitácora de vuelo, al igual que todos los demás, sino que también queda grabado a fuego en la memoria del piloto, como una de las experiencias más significativas y trascendentes de su vida.

Camino a recorrer para ser un aviador

Para entender el contexto del primer “vuelo solo”, hay que recordar que este vuelo tan especial lo realizan quienes están aprendiendo a volar. En Chile, aquellos que deseen ser aviadores civiles, deben hacer el curso de piloto privado de avión en alguna institución reconocida por la autoridad aeronáutica, en mi caso lo realicé en el Club Aéreo Universidad de Concepción. Para hacer el curso el postulante debe, en primer lugar, tramitar y obtener la Licencia de Alumno Piloto, otorgada por la Dirección General de Aeronáutica Civil.

Al empezar el curso, y antes de subirse al avión, el Alumno Piloto debe pasar primero por una introducción teórica en donde se estudian materias tales como: Aerodinámica y principios del vuelo, Conocimiento general de los principales sistemas de la aeronave (motor, estructura, eléctrico, combustible, hidráulico y otros), procedimientos operacionales en los aeropuertos y Radiotelefonía aeronáutica,

Una vez concluida esta introducción teórica se da comienzo a la fase de instrucción. En esta etapa el estudiante, ocupando el asiento del piloto y acompañado siempre por un piloto instructor, se inicia en el aprendizaje del arte del vuelo. En mi caso, el instructor de vuelo asignado fue don Alberto Foppiano Bachmann, Doctor en Física y Profesor Emérito de la Universidad de Concepción. El avión empleado fue un Cessna 150, una aeronave escuela por excelencia, noble en su comportamiento, pero exigente en su correcta operación.

Durante las primeras horas de vuelo el Alumno Piloto, siempre guiado por su instructor, se familiariza con la correcta operación de la aeronave. El aprendizaje incluye el conocimiento y dominio de una serie de procedimientos y maniobras entre los que se incluyen:

-          Chequeo de pre vuelo

-          Gestión de la cabina

-          Puesta en marcha del motor

-          Comunicaciones con la Torre de Control

-          Rodaje de la aeronave

-          Despegue

-          Control del avión en vuelo

-          Maniobras de ascenso, descenso y virajes

-          Maniobras de emergencia, fallas de motor simuladas

-          Circuitos de tránsito en el aeropuerto

-          Aterrizajes

-          Chequeo de post vuelo

En los primeros vuelos, en turnos cortos de no más de media hora, para no saturar ni abrumar al alumno, se practican las maniobras básicas: vuelo recto y nivelado, ascensos y descensos, virajes normales y escarpados. A continuación, se ejercitan maniobras de recuperación de pérdidas (desplome del avión por pérdida de sustentación) y emergencias de motor.

También se practican los despegues y aterrizajes, realizando series de “toque y despegue” (touch and go), es decir secuencias de “aterrizajes y despegues” consecutivos. Esta maniobra es muy didáctica, y también exigente, ya que obliga al estudiante a realizar en poco tiempo el despegue, ascenso, la configuración de la aeronave para la posición de crucero y de inmediato configurar para el aterrizaje, y posteriormente el aterrizaje mismo.

Además, todas estas maniobras deben realizarse en forma simultánea con las comunicaciones con la Torre de Control, tanto para recibir instrucciones como para estar atento al tráfico existente en las inmediaciones del aeropuerto. Durante los ejercicios de “toque y despegue” se practican también emergencias en circuito de tránsito, simulando situaciones anómalas tales como fallos de motor, incursión en pista, vientos cruzados y otras condiciones imprevistas que puedan presentarse.

En estas primeras horas de vuelo los alumnos se sienten abrumados por todas las tareas que hay que realizar de manera simultánea. Pero con el avance de la instrucción, todo se hace más fácil, y se aprende a realizar el vuelo de manera natural.

 

El primer vuelo solo

Una vez que están dominadas todas las maniobras y procedimientos ya descritos, llega el momento del primer vuelo solo, generalmente este ocurre entre la hora 15 y 20, dependiendo del avance del estudiante.

En mi caso estuve listo para el “solo” en la hora 16, y el vuelo se realizó el domingo13 de mayo de 1984. Ha transcurrido mucho tiempo desde entonces, sin embargo, todo lo que sucedió en aquella lejana y fresca mañana de otoño, permanece tan vívido en mi memoria que pareciera que fue ayer.

Antes del primer vuelo solo, me correspondió hacer un chequeo final con el Jefe de Instructores del Club Aéreo, don Hans Rautenberg, destacado piloto comercial, ingeniero y profesor de la Universidad de Concepción, quien tenía fama de ser muy estricto y severo. El papel del instructor en este vuelo es solo verificar que el estudiante controla la aeronave con eficiencia y seguridad, toda la conducción del avión y las comunicaciones las realiza el Alumno Piloto.

El vuelo se realizó en el avión Cessna-150 matrícula CC-SZI; después del chequeo de pre vuelo, de la puesta en marcha del motor, y de recibir las instrucciones de la Torre de Control, despegué a las 11 am, desde la pista 19, e inicié el ascenso y posterior nivelación a 2000 pies, dirigiéndome a la zona de instrucción ubicada en la desembocadura del rio Biobío. Una vez establecido en la zona de vuelo realicé una secuencia de maniobras solicitadas por el instructor, incluyendo una emergencia por falla de motor. Todo el vuelo se realizó bajo la atenta mirada del piloto instructor quien no hizo ninguna observación, señal de que todos los ejercicios se realizaron correctamente.

Posteriormente regresamos al Aeropuerto Carriel Sur y realizamos tres series de “toques y despegues” y después del tercer aterrizaje, el instructor me ordenó detener el avión en pista y procedió a abandonar la aeronave, señalándome que debía realizar tres tandas de “toques y despegues” y finalizar con un aterrizaje completo.

Cuando se bajó del avión y se cerró la puerta de la cabina, tomé plena conciencia que, por primera vez, la responsabilidad completa del vuelo recaía exclusivamente en mí.  Al observar el asiento del instructor vacío, cada procedimiento, cada decisión y cada maniobra adquirieron una connotación distinta. Yo era el piloto al mando.

El avión, más liviano, respondió con mayor agilidad durante el rodaje y la carrera de despegue. Los circuitos de tránsito se desarrollaron con precisión y cautela, y el aterrizaje final cerró una experiencia breve en el tiempo, pero inmensa en significado. No fue sólo un ejercicio aprobado: fue la confirmación de una vocación y el recuerdo imborrable de haber estado, por primera vez, verdaderamente solo en el aire, volando libre como las aves. 

Una vez terminado el vuelo llegó el momento de la celebración, y cumplir con la tradición aeronáutica del bautizo que, en aquella época, consistía en un baño en aceite quemado de aviación. Y a continuación un asado en que compartí con familiares y amigos.

Reflexiones finales

Desde el punto de vista de la formación de un aviador, el "primer vuelo solo” es solo un hito en la progresión del estudiante. Este vuelo ocurre en la primera mitad del curso, y aún falta mucho que aprender y practicar para ser finalmente un piloto. 

Sin embargo, para el alumno este vuelo se transforma en una experiencia inolvidable, y en mi caso significó cumplir con un sueño que me acompañaba desde la más temprana infancia. Ese primer vuelo en solitario fue como cortar el cordón umbical que me ataba a la tierra; a partir de ese momento el cielo pasó a convertirse en mi hogar.

Y termino esta evocación a uno de los momentos más significativos de mi vida con un pensamiento atribuido al gran Leonardo da Vinci, precursor del estudio del vuelo humano:

Una vez que hayas probado el vuelo, siempre caminarás por la tierra con los ojos vueltos hacia el cielo, porque allí has ​​estado y allí siempre anhelarás regresar


            Fotos de mi bautizo de aviador









28 de enero de 2026

La magia de correr


 (*)

Por Hugo Jara Goldenberg

                                                                                             

Para muchas personas el “correr”, “trotar” o “running” es solo un ejercicio más: algo cansador, repetitivo, incluso aburrido, o tal vez un hábito asociado a razones estéticas de quienes esperan bajar de peso. Sin embargo, se trata de una de las actividades físicas más completas y beneficiosas, no solo en el plano fisiológico, sino también sicológico.

Al correr, se desencadenan en el organismo una serie de procesos fisiológicos y neuroquímicos que provocan en el deportista no solo un fortalecimiento corporal, sino también una sensación de bienestar emocional.


La tormenta neuroquímica perfecta

Cuando, después del calentamiento previo, se inicia la carrera, de inmediato aparece una sensación de cansancio y malestar. El cuerpo comienza a enviar señales demandando más energía y oxígeno, lo que incrementa la frecuencia cardíaca y respiratoria y, en consecuencia, el flujo sanguíneo. Esta sensación inicial de agotamiento puede resultar tan desagradable que muchas personas deciden abandonar el ejercicio, con la conocida frase "esto no es para mí".

No obstante, quienes perseveran obtienen su recompensa. Pasados aproximadamente diez minutos desde el inicio de la carrera, el cerebro comienza a liberar Dopamina, un neurotransmisor asociado con la motivación y la sensación de logro, que ayuda a sobrellevar ese cansancio intenso que se apodera del cuerpo.

Posteriormente, entre cinco y diez minutos más tarde, se inicia la liberación de Endorfinas, analgésicos naturales que reducen o eliminan la percepción del dolor. En este momento el corredor deja de sentir ese desagradable malestar inicial, y muchos deportistas reconocen a este hito de la carrera como “el segundo aire”. La incomodidad inicial se atenúa y surge una sensación de control, de fluidez y de ligereza.

Pero la liberación de neurotransmisores no ha terminado, A continuación, pasados unos minutos, se libera la Anandamida (endocannabinoide), sustancia que induce en el corredor un estado de calma, claridad mental y una sensación de plenitud y armonía muy difícil de describir.

Así, al cabo de aproximadamente veinticinco minutos, culmina esta auténtica tormenta neuroquímica, y el corredor alcanza un estado de conexión profunda consigo mismo, conocida como “Runners’High”, “Nirvana del corredor” o “Euforia del corredor”. Algunos viven este estado como una forma de meditación en movimiento, otros lo describen como una conversación silenciosa entre el cuerpo, la mente y las emociones.

Wikipedia define el “Runners’High” como:Es un estado de bienestar, felicidad y euforia que se produce durante o después de un ejercicio aeróbico intenso y prolongado, caracterizado por menos dolor y ansiedad, y una sensación de ligereza y placer, gracias a la liberación de endocannabinoides y endorfinas que actúan como analgésicos naturales y mejoran el estado de ánimo. Para alcanzarlo, se necesita ejercicio constante, de alta intensidad (80-90% FC máx) y de al menos 40-60 minutos, encontrando un equilibrio entre esfuerzo y relajación”.


Beneficios prolongados del Runners’High

Es importante señalar que el estado de bienestar profundo que se alcanza al correr no se circunscribe solo al momento del ejercicio, sino que se prolonga en el tiempo. Y esto se explica porque está científicamente demostrado que la práctica continua del running fortalece circuitos cerebrales relacionados con el control emocional, la resiliencia, la gestión del estrés y la motivación.

Además, correr estimula la liberación de BDNF (Brain Derived Neurotrophic Factor), una proteína que contribuye a la salud neuronal, promoviendo su crecimiento, supervivencia y la creación de nuevas sinapsis. Este proceso mejora significativamente la capacidad de aprendizaje y la memoria del deportista.

Desde el punto de vista corporal, el correr favorece la salud cardiovascular, mejora la capacidad respiratoria, fortalece los sistemas óseo y muscular, y además regula procesos metabólicos asociados a la sensibilidad a la insulina y la gestión de las grasas.

En síntesis, el correr no solo fortalece de manera permanente el corazón y los músculos, sino que también mejora la actividad y actitud mental del deportista.

Cuando se alcanza el “Runnes’High” se genera en el corredor una sensación de armonía, paz y plenitud tan intensa, que yo lo defino como un “golpe vitamínico” para el alma.

Sin embargo, es necesario señalar que esta experiencia no es un estado mental sobrenatural ni místico, es solo un fenómeno estrictamente fisiológico, resultado de la química silenciosa de los neurotransmisores y de la mayor oxigenación del cerebro.


¿Son estos beneficios exclusivos del running?

Muchos se preguntarán si todos estos beneficios son exclusivos del correr, o si se extienden a otros deportes. En realidad, los beneficios físicos y mentales de realizar actividad física son siempre beneficiosos, cualquiera que sea el deporte que se practique.

Pero, lo que distingue al running, es que permite disfrutar en solitario el estado mental del “Runners'High”. En la mayoría de los otros deportes, que se desarrollan en equipo o son de naturaleza competitiva, el deportista no tiene espacio para ocuparse de sus pensamientos. Toda su atención debe estar puesta en el trabajo en equipo, en cumplir las reglas del juego, seguir la estrategia del partido, o anotar goles o puntos.

Sin embargo, para experimentar plenamente el “Runners’High” no basta sólo con correr, el deportista debe buscar condiciones adecuadas: lugares tranquilos como parques, recintos deportivos o zonas rurales. Correr en entornos urbanos congestionados exige una atención constante al tráfico, peatones, ciclistas y semáforos, lo que dificulta la inmersión en los propios pensamientos.


Riesgos, precauciones y progresión.

Al conocer todos los beneficios que se obtienen al correr, muchas personas se pueden entusiasmar en practicar este deporte. Sin embargo, hay que tener en cuenta los riesgos y peligros para la salud que puede acarrear el comenzar a correr sin estar debidamente entrenado, y sin respetar la progresión necesaria. Si no se toman los resguardos adecuados, se pueden producir lesiones de tipo muscular-esquelético, y también surge el riesgo de problemas cardiovasculares.

Por ello, se recomienda que quienes deseen comenzar a correr se sometan previamente a un chequeo médico y respeten un plan de entrenamiento progresivo, responsable y personalizado.


Experiencia Personal

Aunque los beneficios del running están ampliamente respaldados por la ciencia médica, solo quienes lo practican de manera regular pueden dar fe de su verdadero alcance.

En mi caso, tras casi toda una vida disfrutando de este ejercicio, el “Runners’High” me ha ayudado no solo a mantener una buena salud física y mental, sino también a desempeñar mejor tareas cotidianas, como estudiar y resolver problemas de diversa naturaleza

Durante mis años universitarios, en las múltiples capacitaciones de mi vida profesional, e incluso durante el curso de piloto de avión, realizaba los repasos finales de cada materia mientras corría. En el estado de “Runners’High”, la mente parece separarse del cuerpo y entra en un nivel de claridad extraordinario, en el que los contenidos se ordenan y se vuelven sorprendentemente accesibles.

Mientras las piernas sostienen el ritmo de la carrera, la mente se libera y encuentra un espacio para pensar, estudiar, crear, decidir, planificar, meditar, o simplemente para evocar recuerdos, o echar a volar la imaginación sobre acontecimientos futuros.


El running como sostén en momentos críticos

El correr también fue un pilar fundamental en una situación dramática vivida por mi familia. Nuestra madre padeció durante más de diez años la enfermedad de Alzheimer. La cuidamos en casa, y en los últimos años estuvo postrada y ya sin conciencia.

Quienes no han vivido esta enfermedad en carne propia, difícilmente pueden comprender, ni siquiera imaginar, el profundo impacto emocional, físico y sicológico que produce en los cuidadores directos, y en todo el núcleo familiar.

En sus últimos años de vida, junto con mi hermano Eduardo - también corredor – asumimos su cuidado en jornadas de 24 horas, de lunes a domingo, ocupándonos de todos los aspectos de su vida diaria, desde la alimentación y medicación, hasta el aseo e higiene personal.

El personal médico que la visitaba regularmente nos advertía de los altos riegos que corríamos como cuidadores, principalmente en el plano emocional e incluso psiquiátrico. Sin embargo, logramos sobrellevar esta experiencia límite, y estoy convencido que el running fue un factor que nos ayudó.  La sensación profunda de bienestar mental que genera esta práctica deportiva nos permitió resistir el desgaste físico y la devastación emocional que esta cruel enfermedad produce en los cuidadores.

 

Reflexiones finales

Como conclusión puedo afirmar, por experiencia propia, que el running es algo más que un ejercicio físico: es una herramienta de bienestar integral, que ayuda a mejorar la salud, fortalecer la mente, liberar el estrés y encontrar equilibrio emocional.

Para muchos, correr se convierte en un hábito; para otros es una pasión; y para algunos es una forma de bienestar y resiliencia. Pero para todos, es un espacio de introspección, un sostén emocional y una vía privilegiada para armonizar cuerpo, mente y experiencia vital.



(*) Fotografía en donde aparezco en un running semanal de domingo (10 k), junto a mis compañeros caninos "Negrita" y "Cónan".