Por
Hugo Jara Goldenberg
Es una verdad universalmente aceptada que el arte no
pertenece solo a quienes lo crean, sino también a quienes lo experimentan. En
el mundo de la música, por ejemplo, esta dualidad es evidente: millones de
personas son capaces de sentir la profunda melancolía de una sonata de
violonchelo, la tensión de un crescendo orquestal o la
brillantez de un solo de jazz, sin haber sostenido jamás un
instrumento en sus manos, ni saber leer una partitura. La música entra por los
sentidos, pero apela directamente al intelecto y a la emoción.
Curiosamente, el ajedrez comparte esta misma naturaleza
dual, y aunque a menudo se le clasifica de ciencia o deporte, es antes que nada
un arte. Y como tal, se puede disfrutar profundamente de su belleza y estética,
sin ser necesariamente un jugador experto, de la misma manera en que se
disfruta de una sinfonía sin ser un músico. Y una forma que tenemos los
ajedrecistas aficionados de disfrutar de este arte sublime, es reproduciendo
partidas de grandes jugadores de todos los tiempos.
El ajedrez tiene la particularidad que las partidas se
pueden anotar, y reproducir en el momento que se quiera, jugada a jugada. Existe
una abundante bibliografía ajedrecista con millones de partidas registradas,
disponibles gratis en diversos sitios de Internet. En mi biblioteca personal
tengo más de 100 libros de ajedrez, con gran parte de ellos dedicados al
estudio de partidas de grandes campeones y maestros del pasado.
Existe un sistema de notación conocido como algebraico que
permiten este registro. La siguiente es la primera partida anotada con las
reglas del ajedrez moderno, que fue jugada en la ciudad de Valencia, España el
año 1475, y está registrada en la ya mencionada notación algebraica.
Si se dispone de un
tablero, esta partida de 21 jugadas se puede reproducir sin ninguna dificultad,
incluso jugadores expertos la pueden seguir mentalmente, sin necesidad de un
tablero. Se puede ver la reproducción de esta partida en el siguiente link.
Los Instrumentos y la Armonía
En la música, cada instrumento tiene su propio timbre, su
rango y su propósito. Apelando a una interesante analogía podemos asumir que en
el ajedrez, las piezas son los instrumentos de una partida. Así, los Caballos,
con su movimiento asimétrico y saltarín, introducen el elemento de la sorpresa.
Los Alfiles barren el tablero en largas y melancólicas
diagonales, como instrumentos de cuerda de largo aliento. Las Torres
son la percusión pesada, los metales graves que sostienen la base en las
columnas abiertas, y la Dama es el violín solista, capaz de
dominar el escenario con su agilidad y potencia. los Peones, que
para muchos son el alma del ajedrez, acompañan a las demás piezas envolviendo
todo el tablero, como el bajo continuo de un concierto del
barroco. Y por último el Rey es el director de la orquesta, al
que todos obedecen.
Cuando un ajedrecista aficionado estudia una partida entre
dos Grandes Maestros, no necesita calcular muchas jugadas por adelantado para
percibir la armonía de la partida. Puede ver cómo las piezas se coordinan, cómo
se apoyan unas a otras creando una red invisible de protección y ataque. Esa
coordinación geométrica es el equivalente visual a un acorde perfectamente
afinado de una pieza musical.
Testigos del Proceso Creativo
Pero existe una dimensión fascinante en la apreciación del
ajedrez que lo separa de otras formas de arte clásicas, incluida la música.
Cuando contemplamos, por ejemplo, una obra pictórica en un museo, vemos el
resultado final; el esfuerzo, las pinceladas dudosas y las correcciones del
pintor han quedado ocultos bajo las capas de óleo. Lo mismo ocurre cuando
disfrutamos de una pieza musical, se trata de la obra ya concluida por su
autor.
Sin embargo, cuando reproducimos una partida de un gran
campeón del pasado, estamos abriendo una cápsula del tiempo. Nos introducimos
en su mente jugada a jugada. No vemos únicamente la victoria final o el mate,
sino que somos testigos presenciales de su proceso creativo en tiempo real.
Vemos el planteamiento estratégico del maestro, las dudas, los errores, las
celadas, los golpes tácticos y los momentos de inspiración. Es el equivalente
exacto a poder sentarse junto a un compositor y ver cómo prueba acordes,
descarta disonancias y, de repente, encuentra la melodía perfecta que pasará a
la historia.
La Orquesta de los Genios: Seis Estilos Musicales
Para entender mejor esta similitud estética entre el ajedrez
y la música, basta con observar a seis de los más grandes campeones "compositores"
de la historia del ajedrez, cada uno con una voz musical inconfundible que
fascina a cualquier ajedrecista. Los ejemplos que he elegido se basan en mis
gustos y preferencias tanto musicales, como de estilos de juego ajedrecísticos.
Otras personas podrían optar por otros ejemplos.
1. Morphy: El Virtuosismo Romántico. Paul Morphy
(1837-1884) jugador estadounidense, se le considera el mejor jugador de su
tiempo, aunque en ese entonces no existía el título de Campeón Mundial. Observar
una partida de Morphy es como escuchar a Niccolò Paganini en el
violín o a Franz Liszt al piano. Pertenece a la era romántica,
donde sus partidas son allegros trepidantes: un desarrollo rápido
y explosivo de las piezas que culmina en ataques abrumadores. Ofrece el
espectáculo puro del genio natural desatado.
2. Capablanca: La Melodía Pura. José Raúl Capablanca (1888-1942), ajedrecista
cubano, el tercer Campeón del Mundo, conocido como la "máquina de
ajedrez", su estilo diáfano carecía de esfuerzo aparente, su juego fluye
con la elegancia y la aparente sencillez de un Nocturno de Frédéric
Chopin. Sus partidas no exhibían violencia caótica; en cambio,
mostraban una armonía cristalina y perfecta, donde cada pieza estaba
exactamente en el lugar que le correspondía, tal como las notas de una Sinfonía
de Antonio Vivaldi.
3. Tal: El Genio de la Disonancia. Mikhail Tal
(1936-1992), conocido como el "Mago de Riga", era un ajedrecista
letón, el octavo Campeón del Mundo. Es el Igor Stravinsky del
ajedrez. Su estilo se basaba en la disonancia extrema: posiciones caóticas,
sacrificios de piezas que desafiaban la lógica, y ataques agudos e irrefutables.
Su juego era un espectáculo sobre el tablero, como los Reales Juegos de
Artificio de George Federic Haendel. Para el espectador, ver a Mikhail
Tal jugar, es asombrarse ante el genio descubriendo la belleza en
medio del caos absoluto.
4. Fischer: La Fuga Perfecta. Bobby Fischer (1943- 2008), jugador estadounidense, el décimo primer Campeón del Mundo. Fischer Buscaba implacablemente la "verdad" en el tablero, lo que lo asemeja a Johann Sebastian Bach, el gran músico alemán, que era conocido como “el músico de Dios”. Las partidas de Fischer son ejercicios de una precisión cristalina y un contrapunto inmaculado. No había trucos rebuscados en Fischer, sino una lógica matemática implacable, poderosa y universal. En sus partidas todo encajaba a la perfección, sus jugadas se suceden tal como fluyen las notas de una tocata y fuga del gran Bach.
5. Kasparov: El Drama Wagneriano. Garry Kasparov (1963)
es un jugador azerbaiyano, el decimotercer Campeón del Mundo. Si Mikhail Tal
era la disonancia impredecible, Kasparov era Richard Wagner:
óperas épicas de fuerza arrolladora. Sus partidas estaban cargadas de una
preparación profunda y una energía dinámica abrumadora. Para el espectador, ver
a Kasparov en su apogeo era como escuchar a una orquesta sinfónica completa,
tocando al máximo volumen, creando una tensión dramática que terminaba por
aplastar a sus rivales.
6. Carlsen: El "Mozart del Ajedrez". Magnus
Carlsen (1990) es un ajedrecista noruego, el decimosexto campeón del Mundo. Llamado
el “Mozart del ajedrez” desde su prodigiosa infancia, Carlsen
encarna el ideal mozartiano: una comprensión intuitiva y universal del juego
que parece casi sobrehumana. Sin embargo, su juego es del siglo XXI. Carlsen es
capaz de tomar una posición igualada y aparentemente "sin música"
(como un final de tablas), y como un genio del jazz que improvisa sobre una
progresión de acordes, es capaz de forzar la posición, hasta lograr la victoria
por pura insistencia y técnica impecable.
El Final: La Coda
Así como la Coda es el cierre de una obra
musical; en el ajedrez las partidas que llegan al final (el endgame) tienen
su propio escenario. Quedan pocas piezas. Es el equivalente a un cuarteto
de cuerdas o a un solo de piano. Aquí, la
estética radica en la precisión milimétrica. La belleza de un rey y un peón
bailando alrededor de la defensa rival es minimalista, prístina y profundamente
determinística; tal como las últimas notas de una pieza musical que se
desvanece en el silencio.
La
Estética y el arte de las Máquinas
Cuando
vemos a módulos de ajedrez informáticos como
Stockfish o Fritz,
que calculan millones de jugadas por segundo con profundidades
insondables de más de 100 jugadas por adelantado; y los comparamos con el ser humano que
se guía solo por la intuición, el reconocimiento de patrones (calculando apenas
5 o 6 jugadas de profundidad) y el pulso de la emoción. constatamos que estamos
ante dos formas de jugar totalmente diferentes. Surge entonces inevitablemente
la pregunta ¿Es el ajedrez de las maquinas también un arte, o solo un frío
cálculo matemático?
Si
volvemos a la comparación con la música, los módulos informáticos de ajedrez
son el equivalente a los sintetizadores más avanzados, a la música electrónica
generativa o a las asombrosas
composiciones para pianola de Conlon Nancarrow: obras de una complejidad
rítmica tan extrema que ningún humano podría interpretarlas físicamente, pero
que sin embargo igual nos conmueven y emocionan, como cualquier obra de arte.
Al principio, el cálculo de una máquina puede parecer desprovisto de alma. No hay sentimiento, no hay duda psicológica en el silicio. Sin embargo, sí hay arte, pero de una naturaleza distinta. Cuando una red neuronal especializada en ajedrez como Leela Chess Zero (LcO) sacrifica un peón a cambio de una ventaja posicional que solo se materializará 40 jugadas después, está creando una belleza sobrehumana. Nos revela verdades ocultas de la geometría del tablero que la mente humana jamás habría podido siquiera imaginar.
Si el arte
se define en parte por su capacidad de provocar asombro, expandir los límites
de lo posible y revelar la verdad, entonces la danza matemática de los
algoritmos que juegan ajedrez es indiscutiblemente también un arte: frío, sí,
pero de una perfección estética sobrecogedora.
Conclusión y epílogo personal
Ya sabemos que no es necesario saber pintar para
maravillarse ante un cuadro de un famoso pintor, ni ser un experto en armonía
para emocionarse con la música. Del mismo modo, el aficionado al ajedrez puede asomarse al abismo insondable
de las 64 casillas y ver no solo un juego, sino una partitura inagotable de
belleza estética. Y es que, ya sea a través del sudor humano o del silicio de
las máquinas, el ajedrez seguirá siendo una fuente rebosante de armonía, lógica,
geometría y arte.
En lo personal, esta intersección entre el tablero y la
partitura no es solo teórica; es una práctica constante que ocupa tres o cuatro
tardes de mi semana. En estos momentos, me encuentro inmerso en el libro “Mis
60 memorables partidas” de Bobby Fischer, estudiándolas a través de sus
propios comentarios.
Y como no podía ser de otra manera, estas jornadas de
estudio las realizo escuchando la obra de mi compositor favorito: Johann
Sebastian Bach. Estudiar una partida histórica de Fischer —esa encarnación
ajedrecística de la fuga perfecta— mientras suenan los acordes de los Conciertos
de Brandeburgo, en especial el luminoso y estructurado N° 2, es
verdaderamente estar en el paraíso. La sensación de paz, armonía y plenitud que
se logra en esos instantes es muy difícil de explicar con palabras. Es un golpe
de vitaminas para el espíritu; una inestimable jornada de gimnasia para la
mente y el alma. Allí, entre las notas de Bach y las geniales jugadas de
Fischer, el ajedrez y la música dejan de ser disciplinas separadas, para
convertirse en un refugio vital.
















