Por Hugo Jara Goldenberg
Vivimos inmersos
en una sociedad gobernada de manera absoluta por los unos y ceros del mundo
digital. Para la gran mayoría de los ciudadanos del siglo XXI, la idea de
desconectarse, o siquiera imaginar una vida al margen de las tecnologías
informáticas modernas, resulta sencillamente inconcebible. Hemos llegado a un
nivel de dependencia tal, que el progreso parece medirse por nuestra capacidad
de digitalizarlo todo.
Se propone con
entusiasmo la eliminación total del dinero físico y la implementación de la
identidad digital, se pronostica el fin inminente de los textos impresos en
papel, y observamos, casi sin resistencia, la desaparición de actividades tan
esencialmente humanas como la lectura de libros físicos o la escritura a mano.
Esta transición
forzada hacia las pantallas olvida una verdad ineludible: nuestra naturaleza
humana es, y siempre será, fundamentalmente analógica. Nuestro cerebro no
procesa el mundo en estados binarios discretos de unos y ceros, al estilo de
las compuertas lógicas de un computador. Nosotros, los seres humanos,
experimentamos la realidad a través de un espectro continuo, rico en matices
físicos y sensoriales. El acto de escribir a mano o el simple hecho de leer un libro físico provocan la activación de redes neuronales con niveles de comprensión profundos, que la interacción mecánica en una interfaz
digital nunca podrá replicar.
Riesgos latentes
Pero a esta
desconexión profunda de nuestra esencia humana se suma un peligro aún mayor: la
extrema fragilidad de la infraestructura artificial que hemos construido. Toda
esta maravillosa red de información, que parece tan omnipresente e infalible,
en realidad está expuesta a múltiples riesgos.
En efecto, el
mundo digital está sujeto a vulnerabilidades físicas y sistémicas que solemos
ignorar. Entre los múltiples escenarios de riesgo, se destacan:
- Fenómenos astronómicos: Como, por ejemplo, una tormenta solar extrema, similar al
Evento Carrington de 1859. Aquel evento solar que en el siglo XIX causó
daños importantes en las líneas de telégrafo, hoy afectaría seriamente a
los satélites y provocaría daños catastróficos a las redes eléctricas de
todo el mundo.
- Vulnerabilidades físicas de la
red mundial: A pesar de todos los resguardos
que se puedan tomar, Internet no es inmune a la ocurrencia de terremotos
de gran magnitud que puedan destruir centros de datos críticos o los miles
de kilómetros de cables submarinos que conectan a los continentes. También
los conflictos bélicos o el actuar de grupos terroristas, que utilicen
ataques de pulso electromagnético (EMP) y ciberguerra a gran escala,
pueden dañar severamente a la red global.
- Fallas espaciales: Son innumerables los fenómenos espaciales que pueden provocar
la interrupción parcial o total de los servicios satelitales, esenciales
para el GPS, las comunicaciones navales y aéreas, y la sincronización
financiera.
Ante la mención
de estos peligros, el escepticismo suele ser la respuesta generalizada. La
inmensa mayoría de las personas dirá que la probabilidad de que ocurran estos
eventos en nuestra vida es demasiado baja como para preocuparse. Sin embargo,
al analizar la complejidad técnica de nuestros sistemas tecnológicos globales,
el sentido común y la historia nos señalan algo diferente: ante sistemas
hiperconectados, la pregunta correcta no es si alguna de estas
situaciones de riesgo ocurrirá algún día, sino cuándo sucederá.
Sectores más vulnerables
Los análisis de
los expertos señalan que los riesgos potenciales que acechan a las tecnologías
modernas no significan su eventual destrucción total, sino causar daños
importantes que provocarán la interrupción moderada o prolongada de los
servicios. Suspensiones, ya sean de 48 o 72 horas, tendrán consecuencias severas
para la población.
Al analizar los sectores industriales y de servicios, se observa que su grado de vulnerabilidad es distinto. Y en este análisis es importante considerar la capacidad que tienen estos sectores de responder en forma analógica ante una falla prolongada de los servicios digitales. Debemos recordar que “responder en forma analógica” significa volver a funcionar a la antigua, es decir, con lápiz y papel.
La siguiente tabla muestra un resumen de la
vulnerabilidad por sector:
Un caso real: El espejismo de la
seguridad en la salud
Tengo una
experiencia cercana en el tiempo con el sistema público de salud. Me
correspondió acompañar a mi mamá en la etapa final de su enfermedad y fui
testigo de la excelente atención médica que recibió durante su convalecencia:
preocupación permanente, visitas médicas a domicilio y una atención siempre
cordial y humanitaria. Sin embargo, hubo algo que me sorprendió y alarmó: la
dependencia total de la atención médica respecto de los sistemas informáticos,
sin disponer de sistemas de respaldo a la antigua, con fichas en papel
individuales por paciente.
En mi
experiencia como profesional informático, me correspondió en una ocasión
capacitar al personal técnico de un sistema de salud municipal. Al consultarles
sobre sus planes de contingencia y sistemas de respaldo, me aseguraron con
total confianza que contaban con mecanismos robustos y probados. Sin embargo,
al profundizar, quedó en evidencia la trampa: absolutamente todos sus respaldos
vivían dentro del mismo ecosistema digital.
Cabe preguntarse entonces qué ocurrirá el día en que una catástrofe mayor corte el suministro eléctrico y la conectividad por más de 72 horas, cuando las baterías de respaldo y los generadores se hayan agotado. Al ya no existir las antiguas fichas clínicas individuales en cartulina, los centros de salud quedarán literalmente a ciegas. Sin pantallas que encender, los médicos no tendrán cómo consultar el historial de un paciente, sus patologías crónicas, los medicamentos que consume ni sus alergias mortales. La paradoja es alarmante: en nombre de la eficiencia tecnológica, hemos desmantelado el único soporte —el papel— que permitiría seguir funcionando en medio de la oscuridad tecnológica total.
De la teoría a la alerta oficial: La
reacción internacional
Esta inquietud sobre
la fragilidad del mundo digital ya ha dejado de ser la advertencia aislada de
unos pocos especialistas para transformarse en una prioridad de seguridad
nacional a nivel global. Hace algún tiempo, la Unión Internacional deTelecomunicaciones (UIT), organismo dependiente de la ONU, alertó formalmente
sobre el peligro latente de una eventual “pandemia digital”: una falla en
cascada de las infraestructuras críticas en tierra, mar y espacio capaz de
paralizar simultáneamente las comunicaciones, la banca y los servicios de
emergencia en todo el planeta.
En esta misma
línea, el Gobierno del Reino Unido —sumándose a las directrices de defensa
civil de la Unión Europea y de países nórdicos como Suecia y Finlandia— ha
emitido recientemente advertencias directas a su población para que se prepare
ante eventuales cortes de energía eléctrica e internet que se prolonguen por
varios días. Resulta profundamente revelador que la recomendación oficial de
las grandes potencias tecnológicas para sobrevivir a las primeras 72 horas de
un apagón digital sea, precisamente, retornar a las herramientas analógicas más
elementales: disponer de una radio a pilas, resguardar copias impresas de
documentos críticos y anotar en papel los tratamientos médicos y dosis de
medicamentos esenciales. Incluso países que lideraban la transición hacia una
economía sin dinero físico han debido modificar sus leyes para obligar a
comercios esenciales y bancos a garantizar el uso del efectivo como respaldo
estratégico.
Consideraciones finales
Por último, es
importante señalar que no se trata de objetar los asombrosos avances
tecnológicos del mundo moderno, sino de cuestionar nuestra fe ciega y
dependencia absoluta hacia ellos. Por lo tanto, el tomar resguardos preventivos
se transforma en un imperativo de seguridad y supervivencia.
Acciones como
mantener dinero en efectivo, conservar registros médicos y financieros en
papel, cultivar la memoria, practicar el pensamiento analítico sin asistencia
electrónica y contar con sistemas analógicos de respaldo no constituyen un
retroceso hacia el pasado. Son, por el contrario, la póliza de seguro más
sensata que podemos adoptar para anticipar y mitigar escenarios que, aunque
parezcan poco probables, en caso de ocurrir tendrían efectos potencialmente devastadores
en la vida de las personas.














