21 de septiembre de 2026

El ajedrez para derrotar al Alzhaimer


 

Por Hugo Jara Goldenberg

La memoria es el hilo con el que tejemos nuestra historia y nuestra identidad; probablemente, es el principal elemento que nos define como personas. Por eso, cuando ese hilo comienza a desvanecerse, como ocurre con la enfermedad de Alzheimer, el impacto es demoledor. No solo para quien la padece —que en los inicios de la dolencia es consciente de lo que le está sucediendo—, sino también para su familia y su círculo social.

La enfermedad de Alzheimer es un trastorno cerebral progresivo e irreversible. De forma gradual, debido a la muerte de las neuronas, se destruye la memoria, la capacidad de pensar y la habilidad de realizar tareas cotidianas. En la fase final de esta enfermedad se producen también complicaciones de movilidad, terminando el paciente postrado.

Actualmente, afecta a nivel mundial a más de 40 millones de personas, y los casos aumentarán en los próximos años debido al envejecimiento de la población. En nuestro país la padecen doscientas mil personas, y se proyecta que para el año 2050 afectará ya a medio millón de chilenos.

Es tan grave esta enfermedad, la cual ya posee características de epidemia, que la Alzheimer's Disease International (ADI), en conjunto con la OrganizaciónMundial de la Salud (OMS), determinó que el 21 de septiembre de cada año sea reconocido como el Día Mundial del Alzheimer. El objetivo principal de esta determinación fue crear una instancia para sensibilizar a la sociedad sobre esta enfermedad, visibilizar el impacto que tiene en los pacientes, la familia y sus cuidadores, y combatir el estigma social que la rodea. Debido a que un solo día no era suficiente para abordar la complejidad de la enfermedad, en el año 2012 se decidió extender la campaña a todo el mes de septiembre.

El Alzheimer es una enfermedad que, por sus características, produce recelo y temor en la mayoría de las personas. Sin embargo, quienes no la han vivido en carne propia difícilmente pueden comprender a cabalidad, y ni siquiera imaginar, lo cruel y terrible de esta dolencia, así como el profundo impacto emocional, físico y psicológico que produce en el núcleo cercano del paciente.

Mi familia conoció de cerca esta enfermedad, ya que por más de diez años la padeció nuestra madre. Nunca la abandonamos y, durante sus últimos años de vida, ya postrada y sin consciencia, la acompañamos y cuidamos en jornadas de 24/7. Nos ocupamos de cada aspecto de su vida: desde la alimentación y medicación, hasta su higiene y aseo personal. Fue una etapa muy dramática; es difícil explicar el dolor y la angustia que produce observar cómo alguien tan importante como lo es la madre, se va desvaneciendo lenta y gradualmente como persona. Es como ser testigo de la muerte de un ser querido en cámara lenta, en un proceso que dura años.

La necesidad de prevenir

Frente a esta enfermedad tan grave, la prevención activa es la mejor defensa. La ciencia médica señala que mantener durante toda la vida una alimentación saludable, poseer una buena disciplina de sueño y realizar rutinas de actividad física de manera regular, son pilares fundamentales para, si no es posible evitarla, al menos retrasar y aminorar los primeros síntomas de esta dolencia.

Sin embargo, y dado que esta enfermedad ataca y destruye las neuronas, es fundamental cuidar el cerebro y la mente. Y podemos hacerlo desafiando a nuestro intelecto con tareas que nos obliguen a pensar y a estar permanentemente aprendiendo cosas nuevas.

Hay muchas actividades que se pueden realizar, tales como armar rompecabezas, puzles, sudokus, sopas de letras, juegos de mesa o de cartas. Pero existe un juego que desde siempre se ha asociado con la inteligencia y la estrategia: el ajedrez. Este juego milenario posee muchas características que lo hacen ideal para incluirlo dentro del abanico de posibilidades que tenemos disponibles para hacer frente a esta cruel enfermedad.

Y es que la práctica regular del ajedrez, sin importar el nivel de juego que se tenga, exige un esfuerzo cognitivo que mantiene el cerebro encendido y creando nuevas conexiones. Algunos de sus principales beneficios son:

  • Mejora de la planificación y el razonamiento: Nos obliga a proyectarnos hacia el futuro del tablero, anticipando respuestas y calculando variantes.
  • Mayor atención y concentración: Exige estar plenamente inmersos en el presente, bloqueando las distracciones del entorno.
  • Desarrollo de la memoria de trabajo: Mantener en la mente las posiciones previas y visualizar los movimientos futuros es un ejercicio de retención puro.
  • Reconocimiento de patrones: Con la práctica, el cerebro aprende a identificar estructuras, debilidades y amenazas de un solo vistazo.
  • Pensamiento crítico y resolución de problemas: Cada partida es un enigma distinto que requiere evaluar los recursos disponibles y encontrar la salida más eficiente.
  • Paciencia y control de impulsos: Nos enseña a frenar la intuición rápida para no tomar la primera opción que parece buena, sino a buscar analíticamente la mejor.

El tablero contra el Alzheimer

En su libro Ajedrezy ciencia, pasiones mezcladas, el periodista Leontxo García expone una idea fascinante: existe una fuerte correlación entre la práctica de este deporte-ciencia y una menor incidencia del Alzheimer. Aunque la ciencia aún sigue estudiando los mecanismos exactos y no hay demostraciones absolutas, las ventajas de mantener el cerebro en constante resolución de problemas parecen evidentes.

Lo más interesante es que no se necesita ser un maestro ni competir en torneos para obtener estas recompensas. El simple hecho de practicar el "ajedrez solitario", repasar partidas históricas o intentar resolver problemas tácticos —quizá con la serena compañía de la música de Johann Sebastian Bach de fondo— funciona como una verdadera vitamina para el espíritu y una gimnasia para las neuronas. En otra entrada de este blog explico la relación que hay entre el ajedrez y la música [enlazar aquí].

Está claro que el ajedrez, por sí solo, no es la cura definitiva, ni tampoco es la única actividad preventiva posible; pero es una de las herramientas más hermosas y estimulantes que tenemos a nuestra disposición para mantener la mente lúcida, ágil y resistente al paso del tiempo. Frente a la incertidumbre del futuro, sentarse frente al tablero es una forma de tomar el control y mantener viva nuestra esencia, jugada a jugada.

La importancia de la reserva cognitiva

La ciencia nos enseña que actividades intelectualmente desafiantes como el ajedrez ayudan a aumentar lo que se conoce como "reserva cognitiva", que es la capacidad del cerebro para improvisar, buscar vías alternativas y seguir funcionando correctamente a pesar de sufrir daños como los asociados al Alzheimer.

Estudios médicos recientes de la American Academy of Neurology han demostrado que un alto nivel de estimulación intelectual constante a lo largo de la vida puede retrasar la aparición de los síntomas del Alzheimer hasta en 5 años, y el deterioro cognitivo leve hasta en 7 años. Incluso, en autopsias de personas que mantuvieron una mente muy activa, se descubrió que sus cerebros tenían las lesiones físicas del Alzheimer, pero nunca llegaron a mostrar los síntomas en vida porque su reserva cognitiva compensaba el daño.

Experiencia personal

Recuerdo que, en los momentos más críticos de su enfermedad, el personal médico que visitaba regularmente a mi mamá nos advertía a los cuidadores directos (mi hermano Eduardo y yo) del alto riesgo médico al que nos exponíamos si no tomábamos los resguardos necesarios. En mi caso personal, el refugio lo encontré en dos actividades que he practicado desde la adolescencia.

Desde el punto de vista físico: el running, deporte que no solo reporta amplios beneficios en el plano físico, sino también en la salud mental y el bienestar emocional. Esta experiencia la describo ampliamente en otra entrada de este blog titulada La magia de correr [enlazar aquí].

Y desde el punto de vista de la mente, mi refugio fue el ajedrez. Recuerdo que pasaba tardes enteras cuidando y acompañando a mi mamá, sumergido en el apasionante mundo del tablero, resolviendo problemas y estudios, o disfrutando de la belleza estética que se produce en las partidas de los grandes maestros y campeones de todas las épocas.

En la fotografía de portada de este artículo, aparezco en una de aquellas tardes haciendo compañía a mi madre. Ella sumergida ya en una realidad más allá de la nuestra, y yo inmerso en el infinito universo del tablero de las 64 casillas, pero ambos conectados, no solo por nuestra cercanía física, sino también por la música que envolvía la habitación. La música de Johann Sebastian Bach, que en nuestro hogar se escuchó desde siempre, fue lo último que mantuvo a mi madre conectada con este mundo.

Cuando mi mamá escuchaba los acordes de Bach, conocido como "el músico de Dios" sus ojos ya consumidos por la enfermedad se encendían y sus manos se movían levemente. Nosotros, que la acompañábamos a diario, nos dábamos cuenta de aquello.

Quise publicar este artículo un día 21 de septiembre, que es celebrado como el Día Mundial del Alzheimer, como un homenaje y recuerdo a mi madre, que ya nos dejó hace poco más de un año, y también para que mi experiencia pueda servir a otras personas que estén pasando por una situación familiar similar.

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