Por Hugo Jara Goldenberg
La memoria es el
hilo con el que tejemos nuestra historia y nuestra identidad; probablemente, es
el principal elemento que nos define como personas. Por eso, cuando ese hilo
comienza a desvanecerse, como ocurre con la enfermedad de Alzheimer, el impacto
es demoledor. No solo para quien la padece —que en los inicios de la dolencia
es consciente de lo que le está sucediendo—, sino también para su familia y su
círculo social.
La enfermedad de
Alzheimer es un trastorno cerebral progresivo e irreversible. De forma gradual,
debido a la muerte de las neuronas, se destruye la memoria, la capacidad de
pensar y la habilidad de realizar tareas cotidianas. En la fase final de esta
enfermedad se producen también complicaciones de movilidad, terminando el
paciente postrado.
Actualmente,
afecta a nivel mundial a más de 40 millones de personas, y los casos aumentarán
en los próximos años debido al envejecimiento de la población. En nuestro país
la padecen doscientas mil personas, y se proyecta que para el año 2050 afectará
ya a medio millón de chilenos.
Es tan grave
esta enfermedad, la cual ya posee características de epidemia, que la
Alzheimer's Disease International (ADI), en conjunto con la OrganizaciónMundial de la Salud (OMS), determinó que el 21 de septiembre de cada año sea
reconocido como el Día Mundial del Alzheimer. El objetivo principal de esta
determinación fue crear una instancia para sensibilizar a la sociedad sobre
esta enfermedad, visibilizar el impacto que tiene en los pacientes, la familia
y sus cuidadores, y combatir el estigma social que la rodea. Debido a que un
solo día no era suficiente para abordar la complejidad de la enfermedad, en el
año 2012 se decidió extender la campaña a todo el mes de septiembre.
El Alzheimer es
una enfermedad que, por sus características, produce recelo y temor en la
mayoría de las personas. Sin embargo, quienes no la han vivido en carne propia
difícilmente pueden comprender a cabalidad, y ni siquiera imaginar, lo cruel y
terrible de esta dolencia, así como el profundo impacto emocional, físico y
psicológico que produce en el núcleo cercano del paciente.
Mi familia
conoció de cerca esta enfermedad, ya que por más de diez años la padeció
nuestra madre. Nunca la abandonamos y, durante sus últimos años de vida, ya
postrada y sin consciencia, la acompañamos y cuidamos en jornadas de 24/7. Nos
ocupamos de cada aspecto de su vida: desde la alimentación y medicación, hasta
su higiene y aseo personal. Fue una etapa muy dramática; es difícil explicar el
dolor y la angustia que produce observar cómo alguien tan importante como lo es
la madre, se va desvaneciendo lenta y gradualmente como persona. Es como ser
testigo de la muerte de un ser querido en cámara lenta, en un proceso que dura
años.
La necesidad
de prevenir
Frente a esta
enfermedad tan grave, la prevención activa es la mejor defensa. La ciencia
médica señala que mantener durante toda la vida una alimentación saludable,
poseer una buena disciplina de sueño y realizar rutinas de actividad física de
manera regular, son pilares fundamentales para, si no es posible evitarla, al
menos retrasar y aminorar los primeros síntomas de esta dolencia.
Sin embargo, y
dado que esta enfermedad ataca y destruye las neuronas, es fundamental cuidar
el cerebro y la mente. Y podemos hacerlo desafiando a nuestro intelecto con
tareas que nos obliguen a pensar y a estar permanentemente aprendiendo cosas
nuevas.
Hay muchas
actividades que se pueden realizar, tales como armar rompecabezas, puzles,
sudokus, sopas de letras, juegos de mesa o de cartas. Pero existe un juego que
desde siempre se ha asociado con la inteligencia y la estrategia: el ajedrez.
Este juego milenario posee muchas características que lo hacen ideal para
incluirlo dentro del abanico de posibilidades que tenemos disponibles para
hacer frente a esta cruel enfermedad.
Y es que la
práctica regular del ajedrez, sin importar el nivel de juego que se tenga,
exige un esfuerzo cognitivo que mantiene el cerebro encendido y creando nuevas
conexiones. Algunos de sus principales beneficios son:
- Mejora de la planificación y el
razonamiento: Nos obliga a proyectarnos hacia
el futuro del tablero, anticipando respuestas y calculando variantes.
- Mayor atención y concentración: Exige estar plenamente inmersos en el presente, bloqueando las
distracciones del entorno.
- Desarrollo de la memoria de
trabajo: Mantener en la mente las posiciones
previas y visualizar los movimientos futuros es un ejercicio de retención
puro.
- Reconocimiento de patrones: Con la práctica, el cerebro aprende a identificar estructuras,
debilidades y amenazas de un solo vistazo.
- Pensamiento crítico y
resolución de problemas: Cada partida es un
enigma distinto que requiere evaluar los recursos disponibles y encontrar
la salida más eficiente.
- Paciencia y control de
impulsos: Nos enseña a frenar la intuición
rápida para no tomar la primera opción que parece buena, sino a buscar
analíticamente la mejor.
El tablero
contra el Alzheimer
En su libro Ajedrezy ciencia, pasiones mezcladas, el periodista Leontxo García expone una idea
fascinante: existe una fuerte correlación entre la práctica de este
deporte-ciencia y una menor incidencia del Alzheimer. Aunque la ciencia aún
sigue estudiando los mecanismos exactos y no hay demostraciones absolutas, las
ventajas de mantener el cerebro en constante resolución de problemas parecen
evidentes.
Lo más
interesante es que no se necesita ser un maestro ni competir en torneos para
obtener estas recompensas. El simple hecho de practicar el "ajedrez
solitario", repasar partidas históricas o intentar resolver problemas
tácticos —quizá con la serena compañía de la música de Johann Sebastian Bach de
fondo— funciona como una verdadera vitamina para el espíritu y una gimnasia
para las neuronas. En otra entrada de este blog explico la relación que hay
entre el ajedrez y la música [enlazar aquí].
Está claro que
el ajedrez, por sí solo, no es la cura definitiva, ni tampoco es la única
actividad preventiva posible; pero es una de las herramientas más hermosas y
estimulantes que tenemos a nuestra disposición para mantener la mente lúcida,
ágil y resistente al paso del tiempo. Frente a la incertidumbre del futuro,
sentarse frente al tablero es una forma de tomar el control y mantener viva
nuestra esencia, jugada a jugada.
La
importancia de la reserva cognitiva
La ciencia nos
enseña que actividades intelectualmente desafiantes como el ajedrez ayudan a
aumentar lo que se conoce como "reserva cognitiva", que es la
capacidad del cerebro para improvisar, buscar vías alternativas y seguir
funcionando correctamente a pesar de sufrir daños como los asociados al
Alzheimer.
Estudios médicos
recientes de la American Academy of Neurology han demostrado que un alto nivel
de estimulación intelectual constante a lo largo de la vida puede retrasar la
aparición de los síntomas del Alzheimer hasta en 5 años, y el deterioro
cognitivo leve hasta en 7 años. Incluso, en autopsias de personas que mantuvieron
una mente muy activa, se descubrió que sus cerebros tenían las lesiones físicas
del Alzheimer, pero nunca llegaron a mostrar los síntomas en vida porque su
reserva cognitiva compensaba el daño.
Experiencia
personal
Recuerdo que, en
los momentos más críticos de su enfermedad, el personal médico que visitaba
regularmente a mi mamá nos advertía a los cuidadores directos (mi hermano
Eduardo y yo) del alto riesgo médico al que nos exponíamos si no tomábamos los
resguardos necesarios. En mi caso personal, el refugio lo encontré en dos
actividades que he practicado desde la adolescencia.
Desde el punto
de vista físico: el running, deporte que no solo reporta amplios
beneficios en el plano físico, sino también en la salud mental y el bienestar
emocional. Esta experiencia la describo ampliamente en otra entrada de este
blog titulada La magia de correr [enlazar aquí].
Y desde el punto
de vista de la mente, mi refugio fue el ajedrez. Recuerdo que pasaba tardes
enteras cuidando y acompañando a mi mamá, sumergido en el apasionante mundo del tablero,
resolviendo problemas y estudios, o disfrutando de la belleza estética que se
produce en las partidas de los grandes maestros y campeones de todas las
épocas.
En la fotografía
de portada de este artículo, aparezco en una de aquellas tardes haciendo
compañía a mi madre. Ella sumergida ya en una realidad más allá de la nuestra,
y yo inmerso en el infinito universo del tablero de las 64 casillas, pero ambos
conectados, no solo por nuestra cercanía física, sino también por la música que
envolvía la habitación. La música de Johann Sebastian Bach, que en nuestro
hogar se escuchó desde siempre, fue lo último que mantuvo a mi madre conectada
con este mundo.
Cuando mi mamá
escuchaba los acordes de Bach, conocido como "el músico de Dios" sus ojos ya
consumidos por la enfermedad se encendían y sus manos se movían levemente.
Nosotros, que la acompañábamos a diario, nos dábamos cuenta de aquello.
Quise publicar
este artículo un día 21 de septiembre, que es celebrado como el Día Mundial del
Alzheimer, como un homenaje y recuerdo a mi madre, que ya nos dejó hace poco
más de un año, y también para que mi experiencia pueda servir a otras personas
que estén pasando por una situación familiar similar.


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