Por Hugo
Jara Goldenberg
Es frecuente escuchar que al crecer, debemos madurar y
elegir un camino profesional, dejando atrás las fantasías y los sueños de la
infancia. En mi caso, siguiendo esta premisa, estudié en la Universidad de Concepción y me titulé de Ingeniero Informático.
Como Informático he disfrutado de una profesión maravillosa
que me ha permitido estar a la vanguardia como especialista de la principal tecnología
del mundo moderno. Sin embargo, nunca permití que el profesional que llegué a
ser, silenciara los sueños del niño que fui.
Ese niño tenía siempre la mirada fija en lo alto, y acariciaba
dos sueños que embriagaban su imaginación: volar como las aves y conocer el
secreto de las estrellas. Así, junto con los típicos juegos de niño, construía toscas
maquetas de aviones utilizando madera, papel y cartón, y leía con avidez toda
la literatura que tratara temas de astronomía y astronáutica.
Ya de adolescente, los sueños seguían ahí, y comencé con un hobby,
que aún mantengo: el modelismo aéreo. Y junto con un primo, construí un
rudimentario telescopio, con el cual podíamos disfrutar de los cielos y observar
con gran detalle la Luna y los planetas.
Sin embargo, cuando llegó el momento de ir a la Universidad,
me encontré con el problema que esos dos sueños, que se resistían a abandonarme,
no los podía estudiar como una carrera universitaria. Astronomía no se dictaba,
en ese entonces, en mi ciudad. Y la aviación no existía como un programa
académico que se pudiera estudiar fácilmente.
Decidí entonces estudiar Ingeniería, y opté por la
especialidad de informática. Elegí esta Carrera por su naturaleza ubicua, que intuía
me permitiría utilizarla de muchas formas y en áreas muy distintas.
Y no me equivoqué, durante muchos años de ejercicio
profesional, he trabajado en temas tan variados como la creación de código de
computador, el análisis y diseño de sistemas de información, la arquitectura de
software, el diseño y programación de Bases de Datos y también he incursionado
en la docencia en educación superior, formando a nuevas generaciones de
profesionales de la informática.
Pero ¿Y qué sucedió con la aviación y la astronomía, esos
dos sueños que me perseguían desde la más temprana infancia? Pues no los
olvidé.
Primer sueño
Al terminar mi Carrera me enteré de la existencia del Club Aéreo Universidad de Concepción, una institución que fomenta la aviación civil
deportiva dictando el curso de piloto privado, y que opera desde el Aeropuerto Carriel Sur.
Hice las averiguaciones respectivas y en poco tiempo ya
estaba iniciando mi formación como aviador. Después de terminar el curso
y haber aprobado los exámenes teóricos y prácticos ante la Dirección General de Aeronáutica Civil, obtuve la Licencia de Piloto Privado de Avión.
Durante más de veinte años volé intensamente, pero no solo en vuelos de paseo de fin de semana, como la mayoría de los pilotos civiles, sino que, además realizando misiones de apoyo para el combate aéreo de incendios forestales, como piloto del avión de control. También, realicé innumerables vuelos como piloto de un avión ambulancia para el traslado de personas heridas y enfermas desde localidades aisladas, principalmente la Isla Santa María e Isla Mocha. Y, además, cientos de vuelos de fotografía aérea para empresas forestales. Y muchas jornadas de vuelos populares en donde, como piloto, acompañé a personas, de todas las edades, en su bautismo aéreo.
Igualmente, colaboré como relator en la Escuela de Vuelo del Club Aéreo, dictando las asignaturas de Aerodinámica, Meteorología Aeronáutica y Navegación Aérea, ayudando así a formar a nuevos aviadores, algunos de los cuales actualmente vuelan como pilotos comandantes en líneas aéreas.
Segundo sueño
Con respecto a la astronomía, aproveché lo que aprendí en Matemáticas,
Física y Química mientras estudié la Carrera de Ingeniería, para profundizar,
en forma autodidacta, mis conocimientos en temas de astronomía y
astronáutica. Además, asistí a algunos
cursos de perfeccionamiento docente en astronomía escolar, que se dictaban en
la Escuela de Graduados de la Universidad de Concepción.
Después de muchos años de estudiar la astronomía de forma
teórica, decidí dar el siguiente paso, y levanté mi propio Observatorio
Astronómico. Durante el año 2004, aprovechando una remodelación mayor que
hicimos a nuestra casa, inicié la construcción del Observatorio Astronómico Amateur Antares.
Este Observatorio posee una cúpula metálica de 2 metros de
diámetro y aloja un moderno telescopio Catadióptrico, marca Celestron, Modelo
Celestar 8, de 20 cm de apertura, con un buscador de 9x50 y motorizado en
ascensión recta.
Durante años he realizado actividades de divulgación de astronomía
y astronáutica, destacando talleres en colegios y liceos, ciclos de charlas y
conferencias en diferentes lugares, publicación de artículos en periódicos y
revistas de divulgación científica. Y por supuesto observaciones guiadas en mi
Observatorio.
Reflexiones finales
Se suele decir que si no vivimos de nuestros sueños, hemos
fallado en cumplirlos. Pero creo que eso no siempre es verdad. A través mi experiencia,
he descubierto que la profesión puede dar el sustento diario, pero son las
pasiones y sueños los que dan la vida.
No necesité ser un piloto comercial de línea aérea para
sentir la emoción indescriptible de despegar y volar entre las nubes libre como
las aves, tal como lo imaginaba a los siete años cuando jugaba con aviones de
papel.
Del mismo modo, no hizo falta trabajar en un gran Observatorio
profesional, para explorar el cosmos. Mi pequeño Observatorio es mi ventana
personal al infinito. Como astrónomo amateur, he aprendido que observar la
danza de los planetas o la luz de una galaxia lejana no requiere de un grado
académico de doctor en astronomía, sino solo la misma curiosidad infantil que
me hacía preguntar "¿por qué?" cuando era pequeño y salía al patio de
la casa a observar, a ojo desnudo, una noche estrellada.
También es necesario destacar que la remuneración que se
recibe por realizar estas actividades no es en dinero. El pago es observar la
mirada de asombro y felicidad de un niño cuando ve por primera vez a través del ocular
del telescopio y observa las montañas y cráteres de la Luna, los anillos del
Planeta Saturno, los principales satélites de Júpiter o las zonas de formación
de estrellas en la Nebulosa de Orión. Tampoco la remuneración es en dinero cuando
vemos la emoción de personas, de cualquier edad, que observan por primera vez el paisaje desde el aire en los vuelos populares.
Relacionado con lo anterior, quiero destacar lo agradecido
que estoy de haber podido concretar mis dos sueños infantiles de manera no
remunerada. Esto porque cuando se vive de una profesión en un contexto laboral tradicional,
son inevitables los conflictos humanos que surgen por diferentes razones, pero
que inevitablemente repercuten en el cariño con que se realizan las tareas
cotidianas. En mi caso, al ser actividades
que realizo ad-honoren, están a salvo de todos los disgustos y sinsabores propios de los
ambientes de trabajo.
Como conclusión, puedo señalar que cumplir los sueños de la
infancia no necesariamente significa convertir tu pasión en tu trabajo. A
veces, si se dan las circunstancias, se puede tener la suerte que con la
carrera profesional se logran hacer realidad esos sueños que ya parecían
perdidos e inalcanzables. Como siempre digo cuando me presento: ”Soy Ingeniero
Civil Informático y Magister en Educación por profesión, pero Observador de las
estrellas y piloto aviador, por vocación”.












